El Palquillo

La muerte sin calendario

  • Se mueren los ancianos en las residencias y se muere en el hospital un ilustre baratillero, Antonio Pardo, en el martes sin la Buena Muerte. La gente se felicita la Semana Santa como si fuera Navidad

Un balcón del Cerro del Águila en el día de ayer Un  balcón del Cerro del Águila en el día de ayer

Un balcón del Cerro del Águila en el día de ayer / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

QUÉ lento pasa el tiempo, despacio como una cofradía de barrio de filas pobladas, parsimonioso como el saludo de un paso de palio ante el templo de otra hermandad. Esta Semana Santa es de parón gordo que deja las piernas en jaque. Las túnicas de los monaguillos se han quedado en el armario y los canastos en el altillo con la escolta de las pequeñas medallas, testigos fieles que serán siempre de las infancias. En las puertas de los templos dejan fotografías, velas encendidas y mensajes de ánimo, como si se hubiera muerto alguien. La cultura de las velitas encendidas está muy ligada a la muerte espectacularizada.

La gente se desea feliz Martes Santo como si fuera la Navidad. La verdad es que ya nos desearon feliz cuaresma el Miércoles de Ceniza. Es en parte lo que nos ha pasado. Somos la sociedad del disfrute, enfocamos todo a pasarlo bien, a la jarana y la juerga, que poco tienen que ver con el gozo. Pues mire usted, las cuaresmas no tienen que ser felices como las misas no tienen por qué ser divertidas. Cada cosa a su tiempo y las cofradías en Semana Santa, no en septiembre. ¿Qué se le responde a alguien que te felicita la Semana Santa “pese a todo”? De siempre se ha deseado una buena estación de penitencia, pero el lenguaje de hoy también refleja, cómo no, hasta qué punto se ha ido todo de madre. ¡A disfrutar, a disfrutar como si fuera un cotillón! Y, por supuesto, a contarlo en las redes sociales como si se tratara de un viaje a Petra.

Pues no. Si no estamos para felicitaciones en ninguna Semana Santa porque nunca hay pavo trufado ni cava en la mesa de estas fechas, menos aún lo estamos en la actual en que se mueren nuestros mayores en la capital y en la provincia. Ni siquiera estamos para lamentos por los pasos perdidos. Ya saldrán en 2021. Quemen incienso estos días, prueben una torrija si tienen la oportunidad de hacerlo. Revivan años anteriores. Y sean como los nazarenos que siempre miran al frente en clara expresión de futuro. Sí, las calles están muy tristes. Dan hasta cierto miedo. No vuelven por ellas nazarenos de ruan de los que andan siempre deprisa.

Por los Jardines de Murillo no se mezclaron ayer los blancos nazarenos candelarios con los negros de la Universidad. Imponen unas calles tan vacías, e imponen mucho más cuando el sol se despide. Y entonces es el segundo peor momento del día, porque el primero es cuando las autoridades dan el parte de guerra, los caídos por el coronavirus, la cifra a la que nos hemos acostumbrado como cuando los lunes había atentado de ETA.

En la mayoría de las casas ni se han planchado las túnicas. No nos dieron la oportunidad ni de meternos en faena. Las túnicas desplegadas son el anuncio del gozo que nos han robado, el mejor cartel de la Semana Santa, donde se funden los nazarenos de distintas edades y donde hasta pueden sobrevivir los muertos en la medalla o el escudo heredados. No hemos tenido siquiera ese cartel. Nos ha quedado el silencio de una ciudad abatida, escondida en su madriguera de vídeos, informativos y horas de salón. Un silencio que cada cuál sobrelleva como puede, que saca lo mejor y lo peor de las personas, según los expertos de las cabezas. Es Martes Santo, pero no están los monaguillos con su algarabía y su trajín cantándole la mejor nana al Señor dormido de la Buena Muerte.

En la lonja no igualan los costaleros, Francis Segura no se prepara para acompañar a su Cristo de las Almas y el puente se ha quedado esperando, siempre lo espera, al Señor de Pascual González. Fueron cayendo las horas sin lirios morados y nada hacía imaginar que era Martes Santo. Todo lo que nos llevamos son platos fríos para saciar el día de mañana la memoria. Hoy no salimos a la calle. La calle de la pandemia está en el teléfono.

Morante de la Puebla y Antonio Pardo el Miércoles Santo de 2019 Morante de la Puebla y Antonio Pardo el Miércoles Santo de 2019

Morante de la Puebla y Antonio Pardo el Miércoles Santo de 2019 / M. G. (Sevilla)

Ni ganas de una cerveza, menos aún cuando nos llega el anuncio de la muerte de Antonio Pardo Segovia a lo 88 años de edad, un veterano del Baratillo, miembro de la junta consultiva, el retrato puro de la bondad, no sin el necesario genio trabajador, que se ha ido al cielo del Arenal a la hora en que debían llegar las flores frescas para su Piedad y su Caridad. Pardo, uno de los grandes priostes de la historia contemporánea de la hermandad, participó este año en el almuerzo de hermandad con toda normalidad. Le ha ocurrido como a la Semana Santa. La esperábamos como siempre y se nos fue como nunca. Saludamos a don Antonio como siempre y a los pocos días nos dicen que ya no está. Como si teniendo la certeza de que no salía su Baratillo hubiera aplicado el ya estoy yo en la Casa del Padre. Deja viuda, tres hijos y seis nietos.

Es la hora de rezar por los sanitarios, los enfermos y los difuntos. Y pidan que el reloj avance a paso de mudá, que pase este cáliz de calles tristes donde habita el vacío, por donde no pasan nazarenos fatigados de retorno a casa.

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