En cada lágrima

Dulce memoria

  • La jornada del Viernes Santo es la del silencio. ¡Qué actual y encarnado este año!

La Hermandad de la Sagrada Mortaja saliendo del exconvento de la Paz. La Hermandad de la Sagrada Mortaja saliendo del exconvento de la Paz.

La Hermandad de la Sagrada Mortaja saliendo del exconvento de la Paz. / Víctor Rodríguez

EN esta Semana Santa de certezas y vacíos compartidos, acertaba El Fiscal en estas mismas páginas acompañando soledades de un inédito Domingo de Ramos. Afirmaba sobre ese nudo de amor que suponen las hermandades en nuestro paisaje sentimental, que las queremos por encima de todo aunque no las veamos. Cuando pasa la cofradía, tenemos la vida –nuestra vida– ante sí. Nuestra memoria abrazada con nuestro presente. No nos hemos sentido especialmente tristes por la orfandad de cofradías este año, sino porque no hemos tenido cofradías ante una emergencia sanitaria dramática que nos ha conmovido profundamente en nuestra humanidad. Por eso, y sigo la tesis del mencionado artículo, es esta la Semana Santa de honrar a los que nos enseñaron a amarla. En estas largas tardes para la reflexión, para la oración, para el recuerdo de tantas otras tardes abrigadas por su cálida y dulce memoria. La hora de honrar, en ese hondón del alma, poniendo “flores en el altar de los recuerdos”.

Este Viernes Santo no tendremos ese singular cansancio, agotados aunque plenos por haber contemplado con nuestros propios ojos el rompimiento de Esperanza en sus barrios, derrotada toda oscuridad. No tendremos ese singular cuerpo “cortado” con el frío último de la madrugada, en ese azul oscurecido –ya clareando– con el que la plaza de San Lorenzo espera de vuelta a su Señor. No uniremos esa única secuencia con la quietud de soledad sonora de las primeras horas de la tarde del Viernes y el ejercicio personal y casi espiritual a medida que el negro y el frío de la noche acompaña todas sus cofradías, antiguas y espléndidas.

La jornada del Viernes es la del silencio. ¡Qué actual y encarnado este año! Es la hora de abrazar el madero de la cruz en otras cruces que conmueven nuestra humanidad y han ido conmoviendo a nuestras hermandades como islas de misericordia estos días. Hemos valorado –bien es verdad: de otra forma inédita y muy distinta– el estar unidos a nuestros hermanos de corporación. La fuerza de la oración en común. La mirada serena e íntima a la fe.

Y regresamos en esta noche del Viernes Santo a nuestra casa interior, como si fuéramos especialmente este año aquel chaval que pudo quedarse con sus padres hasta la última hora de recogerse algunas cofradías. Y nos dejamos coger de la mano de nuestra dulce memoria que nos devuelve en blanco y negro las vidas que nunca se perdieron. De sus vecinos asomados a los balcones de la calle Castilla para su Cachorro. Y la gracia de los madroños en su personalísimo palio, tantas veces relatado por mi padre. La elegancia rotunda del misterio de la Carretería que inundó nuestra mirada niña, incapaz de dibujarlo todo. Las figuras del misterio, los cardos, los personalísimos candelabros, las garras de los zancos. El grabado decimonónico de la cofradía de Montserrat en la calle. La primera vez que me explicaron el significado de sus figuras alegóricas –la Fe y la Verónica– y el pétalo vencido de su Magdalena ante la rotundidad del Cristo de la Conversión. Entre dos vencidos. Entre dos cruces. “Hoy estarás conmigo...” La mirada abismada en la contemplación de la Virgen de Montserrat, serena y callada ascua de esperanza en la última hora de la noche. La mansedumbre levemente vencida del Dulcísimo Nazareno de La O, que nos vino por el hilo de luz de aquella tarde. Cuántos tramos de vida crecidos al compás de tu memoria, mi Semana, nuestra Semana Santa. Atender la explicación de mi padre o mi madre del misterio de la Piedad. La comunidad de discípulos envuelve el cuerpo descendido del Hijo. Lo besa arrodillado. Lo acoge en su regazo. Como una nueva anunciación. Una escala perfecta y mística. Un monte santo.

Y regreso como aquel chaval de vuelta de sus primeras recogidas de cofradías tardías, por la soledad de Bustos Tavera y me pregunto como Pedro en la noche de la Pascua: “Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?” Daría mi vida por ti. Y me sentí profundamente acompañado y abrazado.

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