El cayado

¿A dónde iremos?

Los apóstoles también tuvieron dudas, y bastante serias. Como nosotros, alguna vez se pelearon a ver quién era el más importante. Lo mismo que tantos millones de personas en el mundo, ellos preguntaron al Señor: “¿a dónde iremos?” cuando afirmó: “donde yo voy, ya sabéis el camino”. Anduvimos pacientemente las tres primeras semanas de Cuaresma, acumulando ilusiones, disimulando los nervios que se iban acrecentando por las noticias que llegaban de todas partes del mundo. “Se hace camino al andar”, que repitió Machado, y en ese camino vivimos ya, esperando la Semana Santa de un 2021 cuya lejanía difícilmente podrá aliviar la celebración de cualquier procesión magna, de la que hablar ahora mismo debe suponer un alivio ante esta penitencia que se nos ha sobrevenido.

Se ha hecho realidad aquello que nos contaron los más mayores de las procesiones de 1933, suspendidas aquel año que nació el “Mudo de Santa Ana”. Ochenta años más tarde, no sólo hemos regresado a la zozobra. Con ella, se instalan entre nosotros la pregunta: ¿cómo saldremos de ésta? Mientras tanto, confinados en nuestros hogares, aplaudimos en el balcón a la hora a la que estaría saliendo la penúltima cofradía de cada jornada. La Semana Santa suspendida, la Feria aplazada, las romerías de Pascua pendientes de un hilo...y el mundo entero mirando a esta España indefensa, temida por todos, encerrada en sí misma como tantas otras veces. ¡Qué poco nos gusta ahora el ombliguismo al que nos obliga el COVID-19, que está dispuesto a derribar los cimientos de una sociedad en permanente disgusto con ella misma!

Yo estaba ya celebrando las tertulias en Casa González, frente al colegio, en los viernes de cuaresma. Yo había recuperado la ilusión por vivir en mis cofradías hermosos momentos, escondidas vivencias. Pero todo, absolutamente todo, tiene que esperar. Vivamos esta clausura, con la oración y el afecto de la familia por sostenes. ¿A dónde iremos? Eso sólo el Señor lo sabe.

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