Semana Santa

El tiempo que nos sobra

  • La lluvia le sienta a esta Semana Santa como los tañidos a duelo a un funeral. Se trata de matar las horas que pasan lentas: unos con una celebración en diferido y otros con paseos imaginarios

La soledad de las calles Tetuán y Rioja en las horas del lluvioso Lunes Santo La soledad de las calles Tetuán y Rioja en las horas del lluvioso Lunes Santo

La soledad de las calles Tetuán y Rioja en las horas del lluvioso Lunes Santo / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

SEVILLA es una ciudad que gana belleza con la lluvia, complemento perfecto para estos días desangelados, extraños e inhóspitos que nos toca vivir. Nunca el estado de ánimo ha estado mejor acompañado. Armonía pura en la desdicha, que es la que se vive en los hospitales. La lluvia de la Semana Santa de 2020 le sienta a la ciudad como los tañidos a duelo a un funeral. El Lunes Santo siempre ha tenido el encanto de la primera jornada laborable. Con el lunes nacía una Semana Santa distinta que terminaba el miércoles por la tarde, cuando el personal comenzaba a romper en bullicio al saberse amparado por el festivo jueves. Ahora todos los días se parecen a un domingo cualquiera por la tarde. Cuesta trabajo imaginar que era Domingo de Ramos o que ayer fue Lunes Santo. Casi es mejor no imaginar nada.

Un taxista se empeña en oír la retransmisión de la salida del Cautivo... de 2019. No sé, tengo mis dudas de que eso sea lo más conveniente. El hombre tampoco hace daño a nadie. Quizás simplemente mata las horas de soledad al volante. Las levantás en diferido sientan peor que el pescao frito sobrante de la cena probado por la mañana. El streaming y los vídeos son a esta Semana Santa lo que el vino rosado espumoso para un buen enólogo. El consumismo ofrece la ventaja de que el diferido lo aguanta todo. Y la simple aceptación de los hechos tiene el enorme beneficio de no necesitar nada extraordinario. Incluso te permite disfrutar de la belleza de la lluvia por unas calles por las que no fluyó esta vez el mar de devotas del Cautivo.

Mirabas al fondo y no aparecía la cruz de guía con el nazareno de la bocina que siempre te pegaba el discreto cabezazo. Las cofradías son las imágenes y las personas. Con la ausencia de cofradías se han quedado sin visitar el centro miles de sevillanos que sólo acuden a esta zona en estos días santos. No se ha celebrado la fenomenal toma del centro por los barrios. Son los daños colaterales que habrá que apuntar con la tiza en la barra de los recuerdos hurtados.

Flores y estampas a las puertas de la parroquia del Tardón Flores y estampas a las puertas de la parroquia del Tardón

Flores y estampas a las puertas de la parroquia del Tardón / Juan Carlos Muñoz (Sevilla)

Te colocas en la esquina de Rioja con Tetuán, miras hacia Triana y tampoco viene nadie a la búsqueda de la sombra de San Pablo. Solo hay un cielo gris en una encrucijada de calles que resulta gélida. La gente debe estar en sus casas, refugiada más que confinada. Hay un cofrade que confiesa que tampoco se está tan mal. Sin Semana Santa hay menos jaleo, menos tensiones, menos problemas. Es probable que este parón sirva para recuperar cierta mesura o simplemente para alcanzar una valoración exacta de algunas cosas. Estábamos debatiendo la enésima solución de la Madrugada cuando resulta que era Lunes Santo y en la calle no había nadie. In ictu oculi. Todo se esfumó.

De los chinos llegaron las sillitas que contaminaron la Semana Santa, colesterol de las calles, y de China el virus que nos ha dejado sin Semana Santa.

La gente se entretiene en las redes sociales con un autobús que se mueve al compás de una marcha, o con un patrullero que hace no sé que gracieta. Hay una realidad en la calle, donde algunos dejan flores a las puertas de un templo, y otra en los teléfonos, donde se ríe, se polemiza, se banaliza y se despelleja. Esta Semana Santa todas las calles son sin cofradías y no hay cofrade sin su teléfono, catapulta para enviar un surtido variado de contenidos con el que hacer como el taxista: matar el tiempo que nos sobra y que la lluvia adorna a ratos.

A José Luis Garrido Bustamante, que sabe mucho del Lunes Santo, cabría preguntarle si recuerda uno parecido al de 2020. No están Juan Carrero ni don Eugenio Hernández Bastos para contarnos los suyos. Ni el coronavirus ni la lluvia impiden que esta Semana Santa siga siendo la oportunidad para acudir al torno de la memoria (“Ave María Purísima”) y pedir esos dulces recuerdos que son como yemas de las agustinas. Nada ni nadie puede impedir el reencuentro con quienes amaron la Semana Santa y a sus cofradías.

La del Tiro de Línea ya salió para el taxista. Pero la Policía no corta el tráfico por la Pasarela porque sencillamente no hay cofradía, solo dos o tres incautos a los que los agentes escrutan. La lonja de la Universidad no se mancha de cera este año. El olivo de la Redención sigue en el campo. Y las miniaturas marianas de la orfebrería de la Virgen de las Aguas se quedan sin despertar la curiosidad de los fieles. Un agente mira al cronista. Parece que amaga con preguntar qué hago, pero me deja seguir el camino, y cambia impresiones con el compañero. La respuesta no podía haber sido otra: “Estoy con la crónica del Lunes Santo”. Me hubieran puesto la camisa de fuerza. Con razón.

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