A pie de calle con... Marcelino Manzano

Cofrade antes que cura

  • Párroco de San Vicente y delegado diocesano de Medios Hermano de San Roque, San Benito y los Servitas, la vocación le llegó en la cofradía de la Calzada.

ES uno de esos sacerdotes que practica a la perfección el octavo sacramento, como lo ha definido el papa Francisco: el de la cercanía. Marcelino Manzano fue cofrade antes que cura. De hecho, la vocación, cimentada en la fe que le transmitieron sus padres, se forjó en las hermandades. En concreto, en la de San Benito, que además le pagó los años de seminario. Presume de ser pilatero y lo acredita enseñando la medalla del Señor de la Presentación que lleva en su pecho.

Es hermano de San Roque, San Benito, los Servitas y Valvanera. A la primera llegó por sus raíces familiares de la Puerta Osario: "Mis padres vivían en la calle Guadalupe. Ahí nacieron mis hermanas mayores. Me hizo hermano Rafael Durán cuando vivíamos en la Huerta de Santa Teresa. A San Roque íbamos a misa todos los domingos". En San Benito empezó sus catequesis de confirmación. Allí fue donde conoció a Cristo: "Con Pepe Salgado, el párroco de entonces. Me hice hermano". Lo de los Servitas fue puro enamoramiento: "Un Sábado Santo de vuelta por Sales y Ferré. Sentí un flechazo devocional y cofradiero. Luego descubrí que aquello es una gran familia".

Las hermandades se han convertido actualmente en un gran vivero de vocaciones. Así le ocurrió a él. "Muchos seminaristas actuales proceden de las hermandades. Son un gran camino de fe. En mi caso el germen estaba, pero las hermandades han sido una maduración de la fe y el descubrimiento de poder vivirla a través de la fraternidad".

Allá por donde ha estado de párroco ha dejado huella. Siempre ha encontrado personas comprometidas con la Iglesia y sólo tiene palabras de agradecimiento: "Siempre he recibido colaboración y afecto personal. En las hermandades lo que tengo son amigos. Es algo que te llena mucho el corazón.

Conocedor de las interioridades de las cofradías asegura que hay que mejorar en varios aspectos. En la participación de los sacramentos, sobre todo en el de la penitencia, en la participación en la misa dominical y en la formación, sobre todo de los más jóvenes. Él lo sabe bien y por ello, siguiendo el dictado del Papa, está siempre junto a los hermanos para orientarlos y acompañarlos. No dudó en improvisar una charla formativa en las Penas mientras limpiaban plata: "Les hablé de cómo vivir la cuaresma y la Semana Santa y un par de seminaristas que estaban con nosotros ofrecieron sus testimonios". También acompaña a los costaleros durante los ensayos. Les habla, les explica el sentido de lo que están haciendo: "He ido a las igualás y les he hablado de la dimensión cristiana de ser costalero y cofrade. Me he ofrecido como sacerdote a ellos. Hemos rezado antes de la igualá. Tener una iglesia llena es algo que un sacerdote no puede desaprovechar. Voy a algunos ensayos también. Es bueno que vean que el director espiritual está allí con ellos".

En su Semana Santa hay un antes y un después antes de ser sacerdote. Antes pasaba muchas horas en la calle tratando de ver todas las cofradías, "gastaba los zapatos, como se dice". Advierte un cambio en la manera en la que los jóvenes ven las procesiones: "Ahora hay muchos con sillitas. No se callejea como antes para buscar los pasos, o los rincones por donde nos gusta ver la cofradía". Desde que es sacerdote ve mucha menos Semana Santa: "No he vivido el cambio con nostalgia. Descubrí la profundidad de vivir la Semana Santa como sacerdote. El Jueves Santo es un día precioso. Aunque también sí echa en falta, por ejemplo, ver las cofradías del Jueves Santo: "Es un día perfecto y redondo. Este año lo sustituiré por mi oración ante Cristo vivo. Rezaré por los enfermos, los sacerdotes, las familias, el Papa, el arzobispo... Quiero vivirlo en la intimidad de Jesús Sacramentado". También tiene un recuerdo muy especial y emotivo para sus padres: "Ellos me transmitieron la fe y el amor a la Semana Santa. Me siento alegre porque sé que están en el cielo mirando el rostro verdadero de Cristo".

Además de devoto de sus hermandades, Marcelino Manzano se confiesa muy del Señor del Gran Poder y de Pasión. "Soy muy, muy macareno. Muy devoto de la Virgen de la Esperanza". También guarda devoción al Cristo de la Salud, de San Bernardo, al Señor de las Tres Caídas de San Isidoro y a la Virgen de Loreto.

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