Cruz Alzada

El Cristo que a todos se parece

UN buen día, José Luis de Vicente, cura cercano y de corazón tan grande como noble, me soltó una de esas frases lapidarias que sólo se llegan a entender con el paso de los años. En la intimidad de la capilla universitaria, contemplando la portentosa figura del Dios inerte, me aseguró que sólo al sufrir el fallecimiento de un ser muy cercano puedes llegar a comprender en toda su extensión el significado de su Buena Muerte, que sólo al recibir el bautismo de ese doliente zarpazo, al padecer en nuestras carnes el vacío y ese dolor cruento y despiadado, tus ojos son capaces de abrirse y contemplar, por encima de la divina plasticidad de la imagen tallada, el lado del hombre que por nosotros se entrega.

En ese momento, cuando por primera vez doblegamos la rodilla ante la vida, nos hacemos conscientes de nuestras propias limitaciones, nos sentimos tan vulnerables, limitados y débiles como realmente somos, y al buscar a Dios en nuestra soledad y desamparo vemos que el perfil de la deidad enmudece para dejarnos paso a la visión de ese hombre que en la cruz pende, que con nuestro dolor padece sólo para que lo sintamos en el sufrimiento cercano.

Sólo en ese momento dejas de rebelarte y de dirigirte a él pidiéndole explicaciones por las muertes que nos rodean, dejas de cuestionarle el sentido de tanto tormento, pues en la humildad de tu debilidad llegas por fin a comprender que no es Dios, sino la misma vida, quien nos limita y va arrebatándonos a las personas que tenemos a nuestro lado, que Dios no los llama, que no nos exige pasar por este sacrificio, pues Él es siempre fuente y dador de vida, nunca de pena ni de muerte.

Cae para siempre el velo que nubla nuestra mirada y en su rostro desaparecen aquellas facciones que creíamos tan sabidas y aprendidas. Ya nunca lo vemos ni lo veremos igual. La mitad Dios de la faz que tallara Juan de Mesa permanece inalterada, pero la otra mitad se ensombrece para que cada uno de nosotros vayamos completándola como en el caligrama pictórico suareziano, para que su rostro vayamos dibujando con el nombre de quienes faltan porque un día se fueron a soñar con él su Buena Muerte.

Quizás por ello, cuando lo miramos, cada uno evoca recuerdos y nombres distintos, su semblante a nadie nos parece igual pues en él somos capaces de adivinar el parecido con alguien diferente. Es el mismo rostro, el mismo Dios y nadie lo ve igual, pues a todos los ausentes se nos parece.

Hoy, cuando los cielos se vuelvan a vestir del color azul contratación, miles de miradas se clavarán de nuevo sobre su cuerpo desnudo. Se hará a su paso ese silencio que no es de respeto, sino fruto del aliento contenido de esas almas enmudecidas a la que se le ahoga la palabra al evadirse del lugar y del momento. Miles de miradas se preguntarán al pasar si sigue dormido en su sueño eterno aquel familiar, aquel amigo, aquel hermano que un día se les fue de su lado.

Y su cuerpo, de cedro madurado, volverá a hacerse carne en el recuerdo de todos aquellos que con la mirada le siguen. Carne hiriente pero salvada de Luis Olivencia, que con tanta dignidad y entereza supo asumir la crueldad de su enfermedad hasta que le llegó el momento de subirse a la cruz, sabiendo que en ella por fin encontraría descanso. Carne viva y un día resucitada de Eduardo Ybarra y de Javier Molina, que tantas tardes de Martes Santo le siguieron tras el antifaz con la mirada, esa misma mirada con la que sus mujeres e hijos los buscarán hoy sobre los lirios en ese cuerpo inerte. Carne hecha de la emoción y del recuerdo de todos los corazones que con la mirada lo apresan, carne de Jesús Resa, de Carlos Rosell, de miles de corazones que con el lápiz de la fe en el crepúsculo de la tarde dibujarán la mitad de la cara de aquel a quien no olvidan.

Hoy volverá a desnudarse la madera, hoy nadie será capaz de ver al Dios que viene esculpido en ella, sólo a ese Cristo que lleva prendido en su dulce sueño a todos los ausentes, ese Cristo de rostro tan humano que a todos los que hoy falta se parece.

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