Cofradias

Dos efemérides y un mismo vergel

  • La Paz es una cofradía que se acude a ver en familia por el parque que desde hace 100 años disfruta Sevilla

EN 1914 la moda sufrió un cambio. Fue la década en la que se abandonó la estética decimonónica y se avanzó en aquello que muchos llamaron como estilo Belle Epoque. La Primera Guerra Mundial tuvo mucho que ver en esto. Se dejó a un lado el corsé y se optó por el sostén. Toda una revolución. Un siglo después el sostén no se esconde, sino que se muestra sin pudor alguno, especialmente, cuando el termómetro supera los 30 grados un Domingo de Ramos y es la cofradía de la Paz la que transita por el parque que cumple un centenario, el de María Luisa.

Hace cien años -se cumplirá el próximo Viernes Santo- este inmenso vergel se entregaba al disfrute de la ciudad, como había dispuesto en su testamento la duquesa de Montpensier, por la que el parque lleva su nombre. María Luisa Fernanda de Borbón nunca imaginaría que la que fuera zona de recreo de su palacio acabara convitiéndose -una vez al año- en uno de los escenarios más típicos y tópicos de la Semana Santa. Para muchos supone la estampa que sirve de arranque de esta celebración. Para otros constituye, todo haya que decirlo, el único espacio en el que dar rienda suelta a hijos, nietos, sobrinos y otros familiares que se pegan estos días como la miel al pestiño.

Salida de La Paz

Dos efemérides comparten espacio. Una cumple un siglo desde que la disfrutan los sevillanos. Otra, tres cuartos de siglo desde que los sevillanos la disfrutan el Domingo de Ramos. El Parque de María Luisa debe su diseño a Jean Claude Nicolas Forestier, un paisajista francés al que nunca se le pasaría por la cabeza que la configuración de este recinto cambiara por completo una vez al año. El diseño efímero que se reinventa en una mañana que invita a buscar la sombra de los árboles centenarios dentro de un espacio vestido -y nunca mejor dicho- de Domingo de Ramos. No se trata del blanco de los nazarenos de la cofradía del Porvenir, ni del manto de la Virgen de la Paz, sino de la tonalidad cromática elegida por la mayoría de los asistentes que se concentran en este punto donde el albero y el polen hacen vivir una auténtica penitencia a los alérgicos que, sin precaución, se concitan en él.

Para avanzar hay que sortear carros de niños. En este sendero se encuentran bancos ocupados por familias enteras. Abuelos, padres, hijos y nietos con el correspondiente avituallamiento: bocadillos (el jamón de york con la fina loncha de queso es el embutido estrella) y latas, muchas latas de cerveza (con y sin alcohol) y de refrescos. La subida del mercurio hace aflorar negocios que recuerdan una tarde de toros en el entorno del Maestranza. Neveras y carritos de la compra que hacen las veces de barra de bar. Gritos de vendedores similares a los de un domingo playero. Todo tiene un aire tan doméstico que hay quien se descalza mientras pasa el cortejo, sin que les importe enseñar las durezas de unos pies que hace tiempo que no conocen un podólogo.

Las altas temperaturas logran resurgir en este enclave un Domingo de Ramos que no se recordaba desde hace más de una década. La lluvia de los últimos años hizo olvidar la estética del día del estreno. El mediodía es una constante exaltación de la tiranta, los tonos pasteles, las combinaciones imposibles de chaquetas y corbatas y, por supuesto, de esas minifaldas en sus más variopintas versiones.

Hace un siglo la moda se abría paso entre el siglo XIX y el XX. Este parque fue testigo de dicho cambio estético cuando lo entregraron a los sevillanos. Ayer lo fue de un domingo en el que la ciudad se aferra la ilusión como pretexto para llenar -siempre en familia- un espacio que se viste del blanco propio del estreno. Empieza la Semana Santa y la Paz está en el parque. La realidad supera a cualquier tópico.

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