Cofradias

La vulgarización de la elegancia

  • El mercado chino también se adueña de un día muy señero Bien entrada la noche se produjo el reencuentro con lo mejor de esta jornada

La vulgarización  de la elegancia 

El mercado chino también se adueña de un día muy señero  Bien entrada la noche se produjo el reencuentro con lo mejor de esta jornada

ALGÚN economista aseguró hace años que cuando China despertara temblaría el mundo. Temblar, lo que se dice temblar, tiembla el puente de Triana -valga el tópico- cada Viernes Santo a la hora en la que el bullicio espera la llegada del Crucificado en ese punto exacto donde lo soñó Aquilino Duque en versos endecasílabos. El sueño del día más romántico (otro tópico repetido hasta la saciedad) se ha convertido en pesadilla por obra y gracia del mercado amarillo. El gigante asiático vio el filón del negocio en la Semana Santa y ha hecho temblar los pilares de una jornada que hasta ahora se había librado de la cornada de la vulgaridad que impera en la celebración. Sillitas también para unas horas que hace pocos años parecían sólo pensadas -como dijo el poeta de Moguer- para la inmensa minoría.

El Viernes Santo era el día de la A-49 y de la AP-4. La Madrugada suponía el punto final para muchos que cogían carretera y manta (esto último para los años de frío) buscando el descanso playero. Los años y la crisis han ido destrozando el tópico. Quedarse a ver pasos resulta más barato que ir a remojarse los pies en el agua salada. Con una sillita, un paquete de pipas (muchas pipas), un bocadillo de fina y escueta charcutería (bula para la vigilia), una lata de cerveza (refrescos para los de la abstinencia alcohólica) y una cofradía de fondo no hay que flagelar en demasía los maltrechos bolsillos domésticos. Partiendo de este modelo de ahorro se ha llegado a una Semana Santa low cost, en la que el coste reducido se aplica en todos los ámbitos posibles: en la educación, el gusto y el respeto.

Los chinos, como se dijo antes, vieron un filón en la celebración. El Viernes Santo no ha quedado impune. La tarde hecha para contemplar cofradías con la tranquilidad de antaño se ha convertido también en una suerte de gymkhana (o yincana, a gusto del lector) en la que el premio lo obtiene quien logra atravesar hasta cinco hileras de sillitas en calles como Castilla, Reyes Católicos o el mismo puente de Triana cuando el Cachorro y la O se suceden sin solución de continuidad. Gesta que se consigue no sin antes encararse con quien se adueña del metro cuadrado de vía pública y contesta que por allí no se pasa frunciendo el ceño con aviso de descabello verbal.

Quizá también la lluvia empañó estos tres últimos años una realidad haciendo creer que el fenómeno de esta carrera paraoficial doméstica se había superado. Este año el sol ha traído una semana plena. No ha habido otra igual desde 2009, cuando el mercado chino desembarcó en la Semana Santa con sus asientos plegables. Esta jornada, tan castigada por el agua, se pensaba salvada del aguijón de las sillitas. Nada más lejos de la realidad. Otro tópico que tuerce el buen tiempo, como torció -y mucho- los cirios de los nazarenos, pese a que el mercurio anduvo más cauto que el jueves. La lluvia del último trienio quizá también haya enmascarado un aspecto que han de plantearse las cofradías a partir de ahora: la calidad de la cera. En cortejos como la O, San Isidoro o Montserrat, que salieron con un sol lánguido, hubo muchos cirios doblados. Con más de 30 grados resulta lógico, con ni siquiera 25, parece cuestionable.

El Viernes Santo, no obstante, tiene una fina línea que lo divide en dos tiempos. Una primera parte de luz (cuando la hay) con bullicio de ropa cómoda. Una segunda, cuando la noche presenta sus credenciales, de corbata enlutada y con un público amante de los pequeños símbolos que regala el día. Es el momento -en el que la ciudad se sumerge entre dos luces- del regreso de la perfección carretera por su barrio, de esperar a la Mortaja girando en San Juan de la Palma, en esa esquina donde la nostalgia acecha cuando tras la ojiva un paso de palio nos recuerda los brillos -ya lejanos- de aquel domingo de palmas.

La elegancia de un día que aún perdura en el transitar cadencioso y con equilibrada parsimonia de estos nazarenos de capa negra, túnica morada y cíngulo amarillo, en la combinación del azahar y la rosa del paso de la Virgen de Loreto (palacio oriental hilvanado en oro), en el acertado atavío recuperado por José Antonio Grande de León para la Soledad de San Buenaventura, puro XIX en un puñado de alfileres.

En las últimas horas del viernes la fiesta se reencuentra con lo mejor de sí misma. El Cachorro da lecciones de cómo mueren los hombres sobre el puente. Las calles del Arenal estrenan túnicas de raso morado. La Mortaja se refleja en la cal de Bustos Tavera, porque hay calles que saben a cofradía todo el año. Igual que Caballerizas evoca en cualquier momento el roce sonoro de las bambalinas de Gracia y Esperanza con ecos de Rodríguez Buzón, Bustos Tavera trae a la memoria -ya sea en un gélido enero o en un soporífero agosto- la liturgia de 18 ciriales y la leyenda de quienes acudieron al entierro de Cristo. La noche se retuerce en la belleza. Se rinde al tópico decimonónico. La Sevilla de los Montpensier sale a escena. Montserrat y Tejera se conjugan en Molviedro para recordar que otra Semana Santa es posible. Ésa en la que la elegancia rehúsa de la sillita de la vulgaridad. ¿Sueño o realidad?

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