Sevilla

De Abderramán a Clint Eastwood

  • Anguita fue en 1979 el único candidato del PCE en conseguir la Alcaldía de una capital, Córdoba l "Yo soy su alcalde, pero usted no es mi obispo", le dijo a monseñor Infantes Florido

Julio Anguita. Julio Anguita.

Julio Anguita.

LA democracia llegó a España de verdad cuando se celebraron las elecciones municipales de 1979. Julio Anguita se convirtió en el único alcalde comunista en una capital de provincia. En Córdoba nada menos, la ciudad que había sucedido a Damasco en el mundo árabe.

Con aires de un nuevo Abderramán, no sólo rompió un tabú político apenas dos años después de la legalización del Partido Comunista, sino que consiguió muchos apoyos de votantes tradicionales de la derecha. Porque Anguita gobernaba para todos, cosa que en política no todos llevan a la práctica.

Forma parte de una plétora de alcaldes que animaron la vida de las ciudades y los corrillos de la política: Enrique Tierno Galván, en Madrid; Paco Vázquez, en La Coruña; Luis Uruñuela, en Sevilla; Carlos Díaz, en Cádiz. Hay políticos brillantes que se van sin pena ni gloria. No fue el caso de Anguita.

Dejó para las hemerotecas una frase memorable. Creo que fue en una entrevista de Paco Rosell. En una polémica con el entonces arzobispo de Córdoba, monseñor Infantes Florido, el alcalde de la ciudad señaló las lindes de las competencias: "Monseñor, yo soy su alcalde, pero usted no es mi obispo". Antes de dar el salto a la política nacional, abandonó la Alcaldía por la probatura intermedia de la política autonómica.

De alcalde de Córdoba, siguió el curso de las aguas del Guadalquivir en un poema de Góngora para convertirse en vecino de Sevilla. Residió en la Alameda, todavía lo recuerdan los que los veían llegando a su casa de la calle Molino. Fue diputado autonómico. En esos tiempos, era asiduo de las tapas de Pilar en Casa Eulogio, un bar de la calle Lumbreras, y las noches de verano le gustaba disfrutar de la selecta nevería en el cine Ideal.

También acudía al Avenida de Pagés del Corro, en Triana, donde una noche coincidimos viendo Impacto súbito, una de las aventuras de Clint Eastwood como Harry el Sucio. En las autonómicas de 1986 concerté una jornada electoral con cada uno de los candidatos. Un día con Luis Uruñuela en el autobús de campaña, un día con Pepote Rodríguez de la Borbolla en el palacio de Monsalves, donde recibió la visita de Antonio Burgos.

Mi querida Concha Caballero, que llevaba la agenda de Anguita, me propuso una jornada llena de actos y mítines. Pero entonces yo estaba poseído por la fiebre de los Mundiales y elegimos un día que no hubiera partido. No tenía ningún acto, y como mentira piadosa le dije a Concha que mucho mejor, así tendríamos más tiempo para charlar. Esa pirueta me permitió ver cómo un árbitro español masacró a la selección soviética, que perdió 3-4 contra la de Bélgica tres días antes de los cuatro goles de Butragueño a Dinamarca en Querétaro.

El día con Anguita fue inolvidable. Como le gustaba conducir, él se puso al volante y el chófer parecía el candidato. Me habló de sus tiempos de Magisterio, de lo que le gustaba el teatro, de su afición a los cátaros. Recuerdo que hicimos una parada en Bollullos del Condado, cuyas calles estaban todavía llenas del romero esparcido para la fiesta del Corpus. El Corpus de un alcalde comunista, Diego Valderas, que después se convertiría en el primer y único comunista que ha presidido el Parlamento andaluz en tiempos de la legislatura de la pinza. Anguita dejó la Alameda, cruzó Despeñaperros casi al tiempo que cayó el Muro de Berlín y se fue a hacer política a la Corte.

Cuando el corazón empezó a darle sustos, le gustaba refugiarse con su amigo Antonio Romero en Humilladero, donde Málaga y Sevilla están tan próximas. Anguita nació en Fuengirola, la patria chica de Girón de Velasco y de Juan Gómez Juanito. Gente con mucha personalidad. No sé si él también vio la faena que le hicieron a la selección soviética, con Rinat Dassaev en la portería, que también cambió el Kremlin por Sevilla.

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