Sevilla

Claveles rojos para tres niños huérfanos

  • Después de matar a Alberto y Ascen, sus asesinos brindaron con sidra

  • Enero terminaba como todos los eneros: con Fitur, el concurso del Carnaval, los Goya

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Brindaron con una cena especial y con sidra. Mikel Azurmendi Peñagaricano y José Luis Barrios Martín se repartieron el trabajo. El primero dispararía por la espalda a Alberto Jiménez-Becerril; el segundo se encargaría de su esposa, Ascensión García Ortiz, para que sus gritos de horror no despertaran al vecindario. Fue a la una y media de la mañana del 30 de enero de 1998. Alberto y Ascen venían de tomar una copa en el bar Antigüedades, en Argote de Molina. La madre llevaba tres claveles rojos en la mano para sus hijos: Ascen, de 8 años; Alberto, de 7; y Clara, de 4; cuando amaneciera, celebrarían en el colegio el día Mundial de la Paz. El día que los etarras asesinaron a sus padres se cumplían cincuenta años del asesinato de Mahatma Gandhi. Los disparos alertaron al conserje del hotel Doña María. Llegó Luis Miguel Martín Rubio, delegado de la Policía Local, y sólo vio a una anciana asomada al balcón con toquilla negra: la madre de Alejandro Rojas-Marcos.

Alberto tenía 37 años. Casi un tercio de su corta vida lo pasó como concejal del Ayuntamiento de Sevilla, donde se estrenó con 26 años en 1987, en el segundo mandato de Manuel del Valle, el que preparó a Sevilla para la Expo 92 y conoció la caída del Muro de Berlín. Entró el año de las candidaturas de Rojas-Marcos y Soledad Becerril, sus dos alcaldes.

Era un enero como todos los eneros. Se celebraba Fitur. La noche del viernes 30 de enero empezaba en el teatro Falla el concurso de Agrupaciones Carnavalescas. Un día después se celebraba en Madrid la gala de los Goya. El presidente de la Academia, José Luis Borau, mostró sus manos pintadas de blanco para denunciar el asesinato del matrimonio.

Teresa Jiménez-Becerril vivía entonces en Turín. La noticia del asesinato de su hermano dio un vuelco a su vida. Ahora es eurodiputada en la Cámara cuyo presidente, Antonio Tajani, recibirá el lunes el premio de la Fundación Alberto Jiménez-Becerril. Recurrió en la Audiencia Nacional la iniciativa del alcalde de Bildu en Villaba de poner el nombre de un hijo de la localidad, José Luis Barrios, el asesino de Ascensión, a una carrera popular y una gymkhana infantil. "Una paz que no nazca de la justicia y la verdad no será una paz verdadera", dice Teresa, que lamenta que la banda terrorista no haya entregado las armas. "Hablan de su disolución, como si fuera un azucarillo".

Azurmendi y Barrios formaban parte del Comando Andalucía y habían recibido la orden de José Javier Arizkuren, Kantauri, de atentar en Sevilla. Ya se habían manchado las manos de sangre en Andalucía. La Audiencia condenó a Azurmendi y a su pareja, Maite Pedrosa, como responsable del atentado que el 20 de mayo de 1996 le costó la vida al sargento Miguel Ángel Ayllón, de 27 años, cuando esperaba un autobús que le llevara a Cerro Muriano, donde precisamente Alberto Jiménez-Becerril había hecho el servicio militar. El 10 de febrero de 1997, el mismo día que ETA asesina en Madrid al magistrado Rafael Martínez Emperador, tío del ex presidente de la Junta José Antono Griñán, José Luis Barrios asesinó a Domingo Puente Marín, peluquero de la base aérea de Armilla, en Granada.

Alberto Jiménez-Becerril era el primer concejal del PP al que ETA mataba fuera del País Vasco. Los meses anteriores habían sido frenéticos. El 12 de julio asesinó a Miguel Ángel Blanco. Dos semanas después, el propio Alberto Jiménez-Becerril recibió a Carlos Totorika en el aeropuerto de San Pablo y se encargó de organizar en Sevilla la manifestación contra el asesinato del concejal de Ermua. "Nadie imaginaba", dice Teresa, "que seis meses después le tocaría a él. Cualquiera puede ser víctima del terrorismo". El 11 de diciembre de 1997 asesinaron a José Luis Caso, concejal de Rentería, y el 9 de enero de 1998 a José Ignacio Iruretagoyena, de Zarauz.

El entonces príncipe Felipe cumplía 30 años el 30 de enero de 1998. Recién llegado de un viaje oficial a Honduras, lo celebró la víspera porque sus padres, los reyes Juan Carlos y Sofía, viajaban ese día a Holanda después de manifestar su alegría por el embarazo de la infanta Elena. Los duques de Lugo volvieron a la Catedral en la que se habían casado casi tres años antes para presidir el funeral por el matrimonio asesinado. Teresa Jiménez-Becerril tuvo que digerir el amparo del Tribunal Constitucional para que Azurmendi y Pedrosa tuvieran un vis a vis, un acercamiento sentimental desde sus respectivas prisiones de Alcalá de Henares y Carabanchel. Son padres de una niña a la que la terrorista, acusada del delito de conspiración en el asesinato de Alberto y Ascen, pudo criar en un módulo especial de la cárcel granadina de Albolote. Unas medidas de comprensión que también tuvieron para el acercamiento a sus parejas Javier García Gaztelu e Igor Solana, que participaron en los respectivos asesinatos de Migel Ángel Blanco y el doctor Muñoz Cariñanos. Los terroristas no tuvieron esa consideración con aquellos tres niños de 8, 7 y 4 años. El escritor Fernando Iwasaki era muy amigo del matrimonio y su testimonio aparece en el libro Vidas Rotas. "Más de una vez, mientras nuestros hijos jugaban, les conté cómo era mi vida en Lima durante los peores años del terrorismo senderista, sin suponer que algún día el terrorismo de ETA acabaría con las suyas en el portal donde retozaban los niños".

El asesinato tuvo lugar junto a uno de los laterales del Palacio Arzobispal. El actual arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, era obispo auxiliar de Toledo. Representantes de la Iglesia invitaban por aquellos días al obispo de Bilbao, el actual secretario de la Conferencia Episcopal Española Ricardo Blázquez, a que no cumpliera la recomendación del Consejo Presbiteral de su diócesis de no acudir a los funerales por las víctimas del terrorismo. Una sugerencia más propia del sacerdote al que Fernando Aramburu retrata en su novela Patria.

Alberto fue precoz en casi todo. También en formar parte de la directiva del Sevilla cuando lo presidía su tío, el empresario y ganadero Gabriel Rojas. Su equipo estaba en Segunda y el domingo anterior perdía en Jaén. El Betis vencía al Celta. Los béticos convocados por Clemente conocieron la noticia del crimen al volver de París de un amistoso con Francia (1-0, gol de Zidane).

28, 27 y 24 años. Son las edades que actualmente tienen los hijos de Alberto y Ascen. Su padre era más joven que los dos mayores cuando entró de concejal. "Iban a por él, lo mataron porque era teniente de alcalde", dice su hermana. La mayor les regaló cuatro nietos que algún día sabrán lo bien que la ciudad conserva el legado de sus abuelos y la honda pena que todavía paraliza sus entrañas. De la ciudad de Cernuda y Aleixandre, en el centenario de la generación del 98, a Alberto -y a Ascen- los mataron como a Federico García Lorca.

Azurmendi y Barrios fueron detenidos en el piso de su macabra celebración el 21 de marzo de 1998. Fue crucial la captura en Alcalá de Guadaíra de dos terroristas franceses que habían quedado en una gasolinera para entregar al comando Andalucía 240 kilos de explosivos. Azurmendi cumple condena en Valencia, Barrios en Albolote (Granada).

La madrugada del último viernes era fría en Don Remondo esquina con Cardenal Sanz y Forés. "Los únicos disparos son los de la cámara", dice el fotógrafo Juan Carlos Muñoz. Se oyen risas, toses, pasos. La ciudad no los olvida. Su quinta la llevan una canción de Loquillo, una película de Isabel Coixet con Antonio Banderas y Hugh Grant, un traje de Agatha Ruiz de la Prada, un gol de Maradona, una novela de Almudena Grandes, un poema de Felipe Benítez Reyes. Todos nacidos el mismo 1960 que Alberto.

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