En corto

Fijeza en el engaño

Pedro Sánchez Pedro Sánchez

Pedro Sánchez / M. G. (Madrid)

Dice el refrán que la mentira tiene las patas muy cortas. Falso. Nada más que hay que ver el tranco inferior de nuestro presidente del gobierno para caer en la cuenta que el refranero patrio miente. También sostiene nuestra antología de sentencias populares que se coge antes a un falaz (vulgo mentiroso) que a un discapacitado motriz (vulgo cojo). Otra trola, viendo la trayectoria del susodicho. Y es que Pedro Sánchez vive instalado en el discurso de la mentira; nada que ver con el ensayo del adusto Romero Murube, quien trataba en sus escritos de desenmascarar a la Sevilla irreal y por ello cateta, establecida por los viajeros románticos y sus tópicos. A la vista está que el escritor palaciego fracasó en el intento. Sánchez vive instalado en la mentira y ha hecho de ella su discurso político. El presidente no miente, elabora una realidad inversa, antagoniza la verdad hasta hacernos ver lo blanco, subsahariano (vulgo negro) y viceversa.

Hay quien duda hasta que se llame como el pescador de Galilea que negó tres veces a nuestro Señor. Es justo reconocerle a nuestro Pedro o Judas una eficiencia irreprochable en el arte de la doblez, se necesita tener una memoria muy ágil para recordar la última patraña y no incurrir en una contradicción involuntaria en la farsa que podría hacerle caer en la verdad. Para mentir con el aplomo y la solvencia con que lo hace el inquilino de la Moncloa se necesitan básicamente dos cosas: una faz similar en dureza a la aleación al cromo-vanadio y un auditorio complaciente -por tanto, cómplice- en el engaño.

Lo primero viene de serie en los políticos de los últimos decenios y lo segundo es fruto de un meticuloso trabajo de atontamiento y reducción intelectual de la población española. Que al españolito de a pie le gusta el timo es más verdad que todas las cosas. Tenemos alma de primos a quienes endiñar gato por liebre en asuntos de gestión pública. Como pueblo somos propensos a ese estado mental del individuo enamorado que necesita de la seducción permanente y sedosa de la mentira.

Somos una ganadería que embiste con nobleza al trapo de la treta y el truco. No hay artimaña que tenga buen color a la que no acudamos con toda la casta y fijeza que nos caracteriza. Un embeleco en boca de un político lenguaraz nos la pone -figuradamente- como la pata de un perro envenenado, hablando mal y pronto. Y aquí es donde surge la pregunta: ¿qué fue antes el huevo o la gallina? ¿No seremos nosotros los que exigimos que nos embauquen con utopías y quimeras dando pie al triunfo del farsante de turno? Lo que está claro es que al final nos pasa lo de siempre, que llega el Sánchez de turno y cual Tony Leblanc ideológico nos cambia votos por estampitas. Y se nos queda cara de discapacitado intelectual (vulgo tonto).