Homenaje a Boadella en calle Chicuelo Boadella y el legado de Bonaplata

  • El dramaturgo catalán recibe La Caseta de Oro l Se la dio Beatriz Valdenebro, promotora del premio

Por su defensa de España y de la libertad. Son los méritos que Albert Boadella ha contraído para llevarse la Caseta de Oro, una construcción ferial en miniatura con 22 quilates de oro puro. Dio el pregón taurino en la Maestranza, ha visto las procesiones de la Semana Santa, pero nunca había puesto los pies en el albero del real. Llegó con Dolors Caminal, su esposa, tan catalana y española como él, la misma que le afeó al nuevo arzobispo de Tarragona, Joan Planelles, que colocara una estelada en la torre del campanario de su pueblo discriminando a los católicos que no profesen el credo secesionista.

Boadella entró en la caseta de la calle Chicuelo a los sones del pasodoble El gato montés, interpretado por cinco músicos de la Banda Tejera que todos los años vienen a esta caseta de la que es propietaria Beatriz Valdenebro, marquesa de las Torres de la Presa. Aristócrata y currante, durante 22 años trabajó en el gabinete de seis alcaldes de Sevilla. Quizás por eso la primera edición de la Caseta de Oro del siglo XXI se le entregó en la Feria del año 2001 “al pueblo de Sevilla”.

“Nunca he obedecido a nadie”. Fueron las primeras palabras de Boadella después de la presentación que del dramaturgo catalán hizo Enrique Moreno de la Cova. Con 19 años creó Els Joglars. Fue en 1962, el mismo año que nacen Carles Puigdemont y Quim Torra, los presidentes de la Generalitat que convirtieron a Boadella en un desterrado; aventajados discípulos del Santo Oficio que prohibieron en Cataluña, su génesis artística, todas sus obras.

Boadella aceptó la Caseta de Oro y a cambio le escribió una carta al vasco y al catalán que fundaron la Feria de Abril en 1847, José María de Ybarra y Narciso Bonaplata, respectivamente. Como Magallanes y Elcano, los hombres del año y del medio milenio, aquellos visionarios no pensaban en que su obra, su proyecto mercantil de compraventa de ganado y manufacturas, iba a convertirse en “esta apoteosis de la belleza y la buena vida”. A priori, dijo Boadella, esta Feria, tal como se concibió, se podía haber pensando para hacerla “en Éibar, en Reus o incluso en Burgos”. Al final sus promotores, con esa musicalidad de Narciso y Goldmundo de la novela de Herman Hesse, sucumbieron ante los encantos de la ciudad de Sevilla. Procedente el vasco de una cultura de veneración del roble, el catalán de un referente como la sardana, baile cuya complejidad de movimiento dio lugar a la leyenda de que “los catalanes hasta para bailar contamos”.

El fundador de Els Joglars bailó un pasodoble con su esposa y sevillanas con la marquesa anfitriona ante el delirio del personal que no daba crédito en la calle Chicuelo. Acudieron algunos de los anteriores premiados: el arquitecto Rafael Manzano o Ignacio Medina, duque de Segorbe, y representantes de quienes lo obtuvieron, como Carlos Fitz-James Stuart, hijo de la duquesa de Alba, que lo recibió la Feria de 2014 meses antes de morir, los actuales titulares de la Real Maestranza de Caballería, Santiago León Domecq, o de la Fuerza Terrestre. En 2007 lo recibió el capitán general Pedro Pitarch y el actual mando, Juan Gómez de Salazar, le dio a Albert Boadella una tarjeta para invitarle a conocer Capitanía.

Siguieron otros pasodobles: Nerva, Churumbelería, Ayamonte, a cargo del quinteto de músicos que tocan en esta caseta desde hace veinte Ferias: Antonio Moya (trompeta), Servando Morales (trombón), Francisco Álvarez, padre (fliscornio), Francisco Álvarez, hijo (caja) y José Carlos Olmo (tuba). De la caseta, los músicos de Tejera se fueron a los toros. Apareció el cantante José Manuel Soto, representante de Tabarnia en Sevilla. “Hombre, mi presidente”, le dijo a Boadella. Estaba en la caseta Ana María Vidal, la más joven, la única superviviente de las cinco componentes de la obra Azabache, espectáculo de la Expo 92 que dirigió Gerardo Vera. María Vidal fue compañera de reparto de Imperio Argentina, Juanita Reina, Rocío Jurado y Nati Mistral. Año en el que coincidieron la Exposición de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Hoy sería impensable. La Caseta de Oro para Boadella es como un desagravio. Los programadores teatrales de la Expo de Sevilla no incluyeron su obra Yo tengo un tío en América. Ahora da gusto verlo agasajado por los militares y por la aristocracia a quien fue martillo de todos los poderes y lo sigue siendo. “Nunca he obedecido a nadie”, fueron sus primeras palabras. Celebraba la derrota del Barça en Liverpool, los almogávares del independentismo, como les llama. “Nos viene bien que pierda”.

La Fundación José Manuel Lara, Carlos Amigo Vallejo, Fernando Almansa. el embajador de Francia en España, Bruno Delaye, la duquesa de Segorbe, las Fundaciones Konecta e Ybarra, los ganaderos Eduardo y Antonio Miura y los periodistas Antonio Burgos y Carlos Herrera son otros de los galardonados con la Caseta de Oro.

Por la calle lo saludaban, lo vitoreaban. El homenaje en la caseta fue como una de sus obras: música de pasodobles, sevillanas improvisadas, un buen diálogo y un guión magnífico. De la sardana a las sevillanas. Beltrán Pérez, candidato a la alcaldía de Sevilla en la campaña que empieza en unas horas, se fotografió con el dramaturgo. Al acto Esperanza Aguirre, amiga de Boadella, que en su etapa de ministra de Cultura provocó con sus declaraciones el cese de Javier Clemente al frente de la selección tras la derrota de España ante Chipre. De Bonaplata a Boadella, estela sevillana de catalanes sin estelada.

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