Entrevista

Manuel Olivencia: "El Rey me hizo cambiar de opinión y aceptar el cargo"

  • El comisario de la Expo repasa su estancia en el cargo entre 1984 y 1991, su nombramiento, gestión diplomática y las razones de su cese.

Prestigioso catedrático de Derecho Mercantil, abogado al frente de uno de los primeros bufetes del ramo en España, Manuel Olivencia nació en Ronda en 1929, el año de la primera gran exposición sevillana del siglo XX. Y fue uno de los grandes protagonistas de la segunda, como comisario general de la Expo 92 entre 1984 y 1991.

–¿Cómo se enteró de que iba a ser comisario?

–Cuando se produce la decisión del Bureau Internacional de Exposiciones empiezan las propuestas de comisariables, a las que yo estaba ajeno. Y el presidente González me sorprende con una llamada para nombrarme comisario de la Expo. Le dije que no y él insistió en que fuera a verle.

–¿Eso cuándo fue?

–En octubre del 84. Nos vimos y mantuve mi negativa. Pero no se daba por vencido.

–Estaba empeñado.

–Su empeño era que éste era un tema de Estado que debía estar por encima de los partidos. Que yo no era un hombre de partido, pero gozaba del respeto de todos los partidos.

–Entre tanto habían circulado los nombres de Bofill, el duque de Alba...

–El duque de Alba, amigo mío del colegio mayor César Carlos, en donde había sido capellán, un día me llama: “En la mesa del presidente del Gobierno hay un papel que dice ‘comisario de la Expo 92, Luis Yáñez, Manuel Olivencia, Jesús Aguirre’. Luis Yáñez no puede serlo, y entre tú y yo, tienes una ventaja sobre mí, que no eres duque”.

–Eso se produce después de su primera visita al presidente.

–Sí, pero la habíamos mantenido secreta. Aguirre me propuso un pacto, para que el primero que tuviera noticia llamase al otro. Así que cuando acepté tras la segunda entrevista con el presidente, inmediatamente llamé al Palacio de Liria y me dicen en que los señores están regresando en tren desde París.

–Y no le pudo llamar al móvil porque no existían.

–Todavía no se había celebrado la Expo y no se habían presentado las móviles que fueron una de las atracciones del Pabellón de Telefónica.

–Y el duque le llamó.

–Me dijo: “Ya te dije que serías tú. Yo, esta Casa, sus archivos, todo el material relacionado con Colón, sus cartas y demás, están a tu disposición”. Estuvo muy amable.

–Pero nunca olvidó el desaire.

–Tuvimos otro enfrentamiento, porque ya que no había sido comisario, quiso presidir el comité de expertos, en donde personas de prestigio en los más diversos campos del conocimiento nos asesoraron. Y yo nombré a Severo Ochoa, porque me pareció que era el español más universal en el ámbito científico y podía dar la imagen de una exposición con un mensaje intelectual poderoso. Y además tenía capacidad de convocatoria ante los grandes cerebros del mundo, premios Nobel...

–¿Qué le hizo cambiar de opinión y aceptar el cargo?

–Entre las dos entrevistas con Felipe González hay una llamada del Rey. El contenido no puedo revelarlo pero se supo que se había producido, porque me llamó mientras estaba dando clase en la antigua Facultad de Derecho, en la Fábrica de Tabacos.

–Su nombramiento se produce en noviembre del 84. Pero antes usted le puso una serie de condiciones a González.

–Me las aceptó todas. Le dije que había que regular el cargo, mediante un real decreto. Y me dijo que redactara el borrador. También le pedí que la Exposición Universal dependiese directamente del presidente del Gobierno y no de la comisión del V Centenario. Que la sociedad estatal del V Centenario pasase a ser de la Expo 92, tuviese sede en Sevilla y estuviera bajo la autoridad y el control del comisario.

–¿Hubo más condiciones?

–Que el Estado se comprometiese a realizar las obras de infraestructura de su competencia. Y que el rango del comisario fuese de embajador de España y secretario de Estado.

–Esta última no se cumplió.

–Ahí surgió la primera piedra en el camino. Cuando Yáñez ve el proyecto de decreto, se entristece y dice que no puede aceptarlo, que la Expo es la estrella del V Centenario, que no puede dejarla y que no admite que el rango del comisario sea de secretario de Estado. 

 

–¿Qué hace el presidente?

–En lugar de decidir, nombra un mediador. Por cierto, el hermano de Luis Yáñez, Juan Antonio, diplomático, discípulo mío muy querido.

–¿Cómo termina el episodio?

–Yo digo que no hay nada que negociar, que he puesto unas condiciones, el presidente las ha aceptado y si no puede cumplirlas, que venga otro. A lo único que renuncié fue al rango de secretario de Estado, que pasó a subsecretario.

–Todo eso fue retrasando el programa.

–Esos tira y afloja duran hasta final de mayo del 85, cuando se publica el decreto. Habíamos perdido medio año. En mayo no tengo ni local, ni equipo, ni consignaciones presupuestarias.

–Empiezan por el plan general.

–Había que hacer el diseño de todo. El plan general es un documento voluminoso, muy importante. Allí estaba el planteamiento económico, el urbanístico, el mensaje cultural, el de funcionamiento y explotación de la Expo.

–Una idea de qué debía ser esa exposición universal.

–En una época de revolución de las comunicaciones. Las exposiciones universales habían surgido en el siglo XIX, pero ya había ordenadores, vídeo conferencias comunicando los puntos más lejanos del planeta. ¿Qué sentido tenía reunir a casi todos los países del mundo en una exposición universal?

 

–Le oí responder a esa pregunta en el Parlamento Europeo, en Estrasburgo.

–Lo resumí en una metáfora, convertir la Isla de la Cartuja en la plaza mayor de la aldea global. El mensaje, con motivo del descubrimiento de América hacía cinco siglos, no era rendir homenaje a aquel acto concreto, que desde el punto de vista geográfico fue de una importancia trascendental. Sino con ese motivo hacer un homenaje a la capacidad descubridora del hombre; a la mente humana como creadora de lo nuevo, como descubridora de lo oculto.

–Y después del plan general, estaba la participación.

–Que empezaba por la casa, por la participación de todas las comunidades autónomas. No fue fácil. Hubo reticencias y fracasó algún acto importante. Yo dije que las comunidades autónomas no eran invitados, sino parte del anfitrión que es España, por lo tanto no se les podía invitar como a Portugal o Francia.

–¿Qué acto fracasó?

–Propuse un acto colectivo presidido por el Rey. Y se me dijo desde el Gobierno que era un acto muy arriesgado, pero que si conseguía la conformidad de Cataluña y el País Vasco se podría hacer. Jordi Pujol lo aceptó de inmediato y me lo reconoció, porque me concedió la Creu de Sant Jordi. Ardanza lo consultó con su Gobierno y me contestó afirmativamente por escrito.

–¿En qué iba a consistir?

–Una reunión de todos los presidentes de las comunidades autónomas en el Alcázar de Sevilla, presidida por el Rey. Pujol la volvió por pasiva. Aceptaba una reunión en Sevilla, bajo la presidencia del Rey; pero si era en Madrid presidida por Felipe González, no aceptaba. Y cuando ya  tenía a todos, desde el Gobierno se decidió no hacerla.   

–Otro desafío era la participación de todos los países iberoamericanos.

–Y vinieron todos. Eso fue un asunto muy delicado. Hubo que empezar por México, que es donde más reticencias existían. Incluso con la famosa polémica de si descubrimiento, descubridores, descubiertos... Yo decía que Colón levantó el velo a nuestra ignorancia de algo que existía y no había ningún sentido peyorativo a lo de descubridores.

–¿Hubo condiciones a su campaña diplomática?

–Dos. Felipe González me dijo que a Portugal le entregaba él la invitación y que el primer país que yo debía visitar era México. Lo cumplí en parte, porque lo de Portugal no resultó bien. A Felipe no le aceptaron la invitación...

–Ah ¿no?

–En una cumbre Cavaco Silva le dijo que Portugal tenía la conmemoración del quinto centenario de los descubrimientos portugueses, en plural: las rutas del Atlántico, la circunnavegación de África, Bartolomé Díaz, la ruta de levante para llegar a Asia. Y no tenía sentido participar aquí.

–Y usted entró al rebote.

–Felipe me llamó y me dijo que fuera a Portugal y explicara lo que íbamos a hacer. Me entrevisté con el presidente de la comisión de los descubrimientos portugueses. Le expliqué que nuestro lema de la era de los descubrimientos no era en absoluto nacionalista y que queríamos que cada participante expusiese lo que él había contribuido.

–¿Y los convenció?

–Insistí en que reconocía la superioridad de la navegación atlántica por los portugueses, porque habían terminado antes la reconquista y se pudieron dedicar a la apertura a la mar. Aquello ya lo había dicho en una conferencia en el Club Siglo XXI y los convenció.

–En México, ¿qué pasó?

–Encontré reticencias también. El embajador organizó un almuerzo al que asistió el subsecretario de Asuntos Exteriores. Amablemente me dijo “qué vamos a hacer allí, nos quieren llevar de conejillos de Indias; ¡pero si nosotros somos los descubiertos!”. Le dije que la presencia de México era clave.  Y aquello derivó en bromas y chistes.

–¿Chistes en la diplomacia?

–Le conté el del gallego que se muere y va al cielo. Le abre San Pedro y dice “¡San Pablo!” y le contesta, “no hijo yo soy San Pedro”, “yo quiero hablar con San Pablo”, “San Pablo está en la corte celestial, cuando entres ya lo encontrarás”, “no, no, yo quiero hablar con San Pablo, llevo toda la vida pensando en hablar con San Pablo”. San Pedro le avisa y le dice “hay un gallego muy pesado que no quiere más que verte a ti”, y cuando llega, el gallego le dice “San Pablo, los corintios ¿contestaron?”

–Supongo que tenía moraleja.

–Yo le dije “subsecretario, yo he venido a invitar y cuando llegue a España me van a preguntar ‘los mexicanos ¿contestaron?”. Tuvo tal efecto que esa tarde se plantó en la cancillería con la carta de aceptación, al grito de “¡los corintios contestaron!”. Y México allanó muchos caminos.

 

–América completa y Europa, también.

–Casi entera. Albania no vino. Nos pidió que le costeáramos su presencia y no había fondos. Teníamos compromisos con países africanos... En medio de la organización de la Expo se produce la caída del telón de acero, la unificación de las Alemanias, la división de Checoslovaquia, el desmoronamiento de la URSS, la guerra del Golfo y las reticencias de los países árabes. Cultivamos las relaciones con Marruecos, por su influencia sobre el mundo árabe.

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