Entrevista

Olivencia: "Gran parte del pueblo de Sevilla era escéptico"

–Qué sentimiento le produce haber sido comisario?

–Me vi envuelto en una aventura diplomática que no estaba en mi oficio y fue una experiencia inesperada.   

–¿Y Sevilla?

–La ciudad no se lo creía. Estaba adversativa. Todas las frases empezaban con “pero”. Pero cómo se te ha ocurrido aceptar eso, pero eso se va a hacer... Era el escepticismo de gran parte del pueblo de Sevilla. Pero había empresas que veían unas perspectivas de negocio inéditas y extraordinarias, como el Club 92, grandes bancos, grandes industrias... Pero al alma de Sevilla hubo que ir contentándola y convenciéndola de que las penalidades de las obras eran para que Sevilla ganara. El legado de la Expo fue extraordinario; una decena nueva de puentes sobre el río Guadalquivir, carreteras de circunvalación...

–Y en esto aparece el ingeniero Jacinto Pellón . Y dicen que viene para hacer las obras.

–Es verdad que cuando Pellón llega empiezan las obras. Pero porque antes ha habido la redacción de los proyectos... En 1985, en menos de medio año, el plan general de la Expo estaba terminado. El Gobierno lo aprueba en febrero de 1986. Hasta los presupuestos del 87 no hay una consignación presupuestaria para las obras. Y al Gobierno se le olvida en el proyecto de presupuestos incluir las partidas para la Expo; hubo una enmienda del PSOE para subsanar el error. 

–Pellón llega en el 87.

–Ya se habían hecho el concurso internacional, los planes generales y los proyectos, la obra de los viveros, el plan director, el de infraestructuras de todo el subsuelo de la Cartuja con las conducciones de agua, electricidad y fibra óptica. Se había levantado el tapón de Chapina, se había explanado todo el terreno, cerramientos, accesos. Todas esas obras están hechas cuando llega Pellón. A tiempo de adjudicar las obras de infraestructura que nosotros teníamos ya convocadas. Yo tenía un equipo competentísimo: ingenieros y arquitectos como López Palanco, Agustín Argüelles, Aparicio, Benjumea, Aurelio Gómez Millán y José Luis Manzanares... Todo eso dio una madurez para que empezaron las obras.

–Se produce una colisión...

–A mí se me llama como un hombre de Estado, y cuando se vio que aquello podía ser un éxito se convirtió en un tema de partido. Eso llegó a tal extremo que en la investidura de Felipe González en 1989 uno de los motivos de discusión fue que el jefe de la oposición había visitado la Isla de la Cartuja y se había hecho fotos con el comisario. Comprendí que aquello ya no era un tema de Estado.

–Entonces se produce su primera dimisión.

–En el año 89. Le expliqué al presidente del Gobierno que no podía continuar. Ya se habían producido enfrentamientos; era la lucha por el poder. Aparecer como el artífice de la Expo me hacía peligroso, porque podía ser un líder para la derecha si me apuntaba el tanto de hacer una exposición importante. Y había que adjudicárselo a un hombre de partido que era Jacinto Pellón. Me quejé al presidente y no me aceptó la dimisión de ninguna manera.

–Hay una segunda dimisión...

–Ya fue por discrepancias concretas en los temas de auditorías de la Sociedad Estatal y la creación de sociedades periféricas.

–Y tampoco se la acepta.

–Me dijo: “¿Qué imagen daríamos al exterior?” Y la ruptura ocurre cuando yo me planto en el nombramiento del nuevo equipo que propone Pellón. Una de las facultades del comisario era dar el plácet a los altos cargos. Cuando me propone a Javier Baviano como director general de la Expo y no doy la aprobación, entonces él plantea la disyuntiva. Aquello era julio del 91 y quedan nueve meses para la exposición. Y en la última entrevista con el presidente me dice: “Me has presentado muchas veces tu dimisión, yo te he mantenido en el cargo, creo que ya es el momento de aceptártela”.

–¿Cual es su sentimiento hacia el presidente González?

–Felipe es un político hábil. De estos que hacen ese tipo de maniobras. Después de aquello  ya no he tenido más contacto con él.

–¿No se han visto?

–Habremos coincidido un par de veces. Siempre es amable conmigo, pero no he tenido un contacto más personal.

–Y ¿qué sentimiento le produce el recuerdo del desenlace?

–Que la política es muy ingrata. Que al participar en ella, se expone uno, aunque no sea hombre de partido. A mí se me llamó y se me convenció de que podía prestar un gran servicio a España y a la Corona. Tuve a mis compañeros de despacho sometidos a la incompatibilidad de trabajar en Sevilla: no se podía llevar nada ni a favor ni en contra de la Expo. Después de haber mantenido la lucha por la legalidad, diciendo que no era un inconveniente para la eficacia; que se podían hacer concursos perfectamente y que la excepción fuese la adjudicación directa. Después de eso, me llaman como imputado por el balance de cierre de la Expo, que yo no había hecho. 

 

–Lo imputa Garzón.

–Y cumplo la pena de escalerilla de la Audiencia Nacional. Fue el momento más agrio, después de una lucha por el Derecho, como yo tuve en la Expo... En fin, me dio motivo para explicarme y al primero al que le levanta la imputación Garzón es a mí. Yo además en el 97 presidía la Comisión especial para la redacción de los códigos éticos para las sociedades.

–El famoso código Olivencia.

–Olivencia se ve imputado por hechos de una sociedad, de la que no formaba parte, pero que estuvo bajo mi autoridad y control.  

–¿Felipe Gonzalez le dijo que no era nada personal?

–Me lo dijo: “Te he retenido muchas veces y ahora ya no puedo aguantar la presión de abajo”.  Creo que se refería geográficamente, no a la escala jerárquica del Gobierno. Que había que dejar a Pellón, que creía que era el dueño; se lo hicieron creer, ensalzándolo y protegiéndolo desde el partido. Y llegó a creer que yo era una rémora, que quería conocer las auditorías externas, me reservaba la aprobación de los altos cargos. Y él quería un poder sin límite. Decía que con el librillo del Derecho que yo tenía encima de la mesa no se hacía una Expo. Y ya llegó a plantear o este o yo de manera dramática.

–Y el presidente lo elige a él. 

–Y se disculpa.

–Y los corintios ¿contestaron a la petición de disculpas del presidente del Gobierno? 

–Me dijo que estaba muy agradecido. Que iba a salir la aceptación de mi dimisión en el siguiente Consejo de Ministros y yo le dije que no, que saliera el cese. Pero más allá de eso, no tengo nada pendiente con Felipe, le tengo afecto personal. Pero es un político. De la misma manera que consiguió embarcarme, se deshizo de mí cuando le convenía.

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