En corto

¡No asarán!

Pablo Iglesias Pablo Iglesias

Pablo Iglesias / M. G. (Madrid)

UNO que ya tiene una edad para peinar más cuero que canas, recuerda afectuosamente a aquellos tipos que vendían cualquier cosa por la calle mediante la técnica de la verborrea infinita. Los llamaban charlatanes y tenían esa rara habilidad para embaucar al personal que hoy se estudia en las escuelas de negocio y comunicación. Les ayudaba por entonces el acento allende Despeñaperros, que es algo que a los andaluces de entonces -y también a los de ahora- infundía un marchamo de credibilidad irreprochable. Particularmente recuerdo a uno que en plena calle Sierpes pregonaba una especie de cilindro helicoidal que introducido en una naranja servía para llenar fácilmente un vaso de zumo.

En estos días tenemos a otros vendedores de motos y burras que bajo el signo inefable de lo social nos colocan toda su chatarrería ideológica a cambio de algunos votos con los que llevarse a la boca un nivel de vida impensable mediante otras aptitudes.

La última chorrada (a la hora de escribir estas líneas) es la de prohibir, de momento sugerentemente, el consumo de carne los lunes por mor del magreado camelo del cambio climático. Si acaso solo las vacas sostienen tal tesis, pero ellos, necesitados de munición ideológica, lanzan estas gansadas para alivio de duelo de sus fieles mesnadas.

Repasando someramente el catálogo de patochadas, podría decirse que el próximo círculo de Podemos podría llevar el nombre de Torquemada o al menos el del Cardenal Segura, habida cuenta de su afán por la castidad, el decoro y las buenas costumbres en materia afectivo-sexual, que es como se llama ahora a la jodienda de toda la vida. Y es que el cuartel general del pensamiento del partido de Iglesias, Pablo que no Julio, debe ser algo así como una casa de retiro espiritual maoísta y un poco punk con aires de copla española donde los pensadores de la pureza social aprenden a aguantar la risa en cada ocurrencia que ofrecen al populacho. Uno se confiesa públicamente desde estas líneas incapaz de mofarse de los votantes podemitas, compradores electorales de toda esta cacharrería, porque aquella vez años atrás, en la calle de las Sierpes se llevó a casa, feliz y convencido, dos tubos extractores de zumo que solo sirvieron para exprimir 50 pesetas de aquel pobre bolsillo adolescente.