Sevilla

"Aquí son calentitos y en Madrid churros"

  • Antonio Paz trabaja en la calentería de la Alfalfa desde hace cuatro décadas, cuando falleció su madre

Una rueda de calentitos en la Alfalfa

"En el cartel pone churros por los turistas, porque realmente son calentitos". Antonio Paz Tejada resume así la convivencia lingüística de dos términos que aluden al mismo producto. "Aquí son calentitos y se hacen a gusto del cliente y en Madrid churros y se comen fríos”, explica a una clienta sonriente. "Estamos perdiendo hasta el nombre".

Una afirmación que esconde una triste realidad para el sector de las calenterías en Sevilla. "Estamos en decadencia porque los calentitos han quedado como un antojo", argumenta. "Y en mi caso, desde que quitaron el mercadillo de animales de los domingos, ha ido a peor". Él trabaja desde hace cuatro décadas en la calentería de la Alfalfa, que se encuentra en un callejón de la misma plaza camino de la calle Pérez Galdós. "Esto lo montó una señora hace 82 años, se puso ella de dependiente y mi padre era el calentero", recuerda Antonio, que comenzó a los 16 años a aprender el oficio por la muerte de su madre a los 49 años. "Éramos nueve hermanos y tuve que empezar a trabajar", rememora. Su padre también fue su maestro y guarda de él numerosos recuerdos en el local. "Este cartel tiene todas los formas de llamar a los calentitos, incluida la de tejeringo, que es como él los llamaba de puertas para dentro".

Antonio tejiendo una rueda de calentitos. Antonio tejiendo una rueda de calentitos.

Antonio tejiendo una rueda de calentitos. / Víctor Rodríguez

Antonio, que considera su trabajo como una forma de vida, explica el porqué de los tejeringos: "Viene de la jeringa con la que se echa la masa y del verbo tejer, ya que hacer ruedas de calentitos es una forma de tejer". También cuenta que la licencia de apertura del negocio no figura la palabra calentería. Ni, por supuesto, churrería. "Esto era un despacho de masa frita", expone sonriente. De la señora que lo montó paso a su padre y de su padre, que falleció hace un par de años, a él.

Y con él sigue, además de la receta de harina, agua caliente, aceite, sal y bicarbonato, un azulejo que preside el interior del local. Un retablo cerámico de mucho valor sentimental para ambos. "Este Señor de Pasión era de cuerpo entero y lo tenía una camarera de la hermandad en su casa. Luego pasó a un bar que había aquí y cuando lo demolieron sólo pudimos salvar la parte de arriba con una rotaflex", transmite Antonio lamentándose por la belleza que tenía aquella obra de la popular imagen de Juan Martínez Montañés.

Cuando Antonio entró en la calentería la plaza de la Alfalfa era del General Mola y estos establecimientos abundaban en el centro de la ciudad. "En la calle Alhóndiga, Barcelona, en el Postigo, en San Pedro,... había muchas", enumera Antonio, que ahora puede contar con los dedos de una mano las que aún sobreviven. La suya es una de ellas pero es realista: "A esto le veo el final cerca y sé que no tiene futuro".

Antonio comenzando a hacer una rueda. Antonio comenzando a hacer una rueda.

Antonio comenzando a hacer una rueda. / Víctor Rodríguez

El turismo, que según él no llegaba hasta la Alfalfa hasta hace siete u ocho años, podría ser uno de los factores beneficiosos, pero Antonio no lo percibe como algo positivo. "Cada vez hay menos vecinos en esta zona y más turistas, que desgraciadamente vienen a deshora o sólo buscan cafeterías con veladores", relata. Aún así, comenta que "al turista le gusta cuando lo prueba y se sorprende porque están calientes".

Otro elemento que ha afectado a este calentería es el cierre de un bar cercano. "El Bar Manolo dejaba que la gente fuera con mis calentitos, pero ahora cierra por las mañanas y me ha venido fatal", explica. Y más recientemente perdió otra oportunidad de mejorar sus ingresos: "La Policía Local, que por cierto se portó muy bien conmigo, me dijo que tenía que cerrar el local durante la Madrugada, así que esa noche también la perdí con todo preparado".

La difícil subsistencia de los calentitos le ha hecho ofrecer pollos asados por encargo, pero comenta que "no compensa tampoco mucho". A su hijo, al que han enseñado a rodar, o hacer ruedas de calentitos, no le recomienda este trabajo. Él, con 54 años, se ve como un futbolista: "Estoy escuchando ofertas por si alguien quiere ficharme", sentencia entre risas mientras teje otra rueda.

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