XXX Carrera Nocturna del Guadalquivir La ronda de noche

  • La Clasiquísima de las carreras populares termina una nueva edición marcada por el fuerte calor que hizo en los primeros kilómetros y el ambiente festivo de siempre

Carrera Nocturna de Sevilla Carrera Nocturna de Sevilla

Carrera Nocturna de Sevilla / Juan Carlos Muñoz

Se presenta el dorsal 18.203 de la XXX Carrera Nocturna del Guadalquivir, que ha recibido junto con su dorsal una botella de leche de almendras, un vale para el estudio de la pisada, un ejemplar de un periódico de la competencia, una medalla (¿no deberían haber esperado a que terminara la carrera para entregarla?) y una camiseta de color naranja chillón.

Le corresponde la salida desde el cajón número 4, que resulta que está bastante lejos del arco. El corredor cruza el Parque de María Luisa, atestado de camisetas naranjas, y busca las señales. Cajón 2 y 3 a la derecha. Cajón 4 siga adelante. Así llega a la plaza de América, sin palomas y con las mesas de una de las terrazas atestada de corredores. Algunos beben cervezas antes de empezar. 

Por fin cruza la verja. Sólo se permite el acceso al Paseo de las Delicias a los corredores. De fondo se oye al DJ contratado por la organización que anima la espera. La mayoría de los participantes graban vídeos con sus móviles, pero es imposible enviarlos. La red está saturada. Así que toca esperar para subirlos a Instagram, Facebook, Twitter y demás.

Participantes en la Nocturna de Sevilla.

Suena la música. "Yo ya no quiero ná, yo ya no quiero ná". El dorsal 18.203 oye por segunda vez en menos de 72 horas la misma machacona canción. La primera ocasión en que lo hizo fue en la inauguración del Primark del centro comercial Torre Sevilla, donde la marea no era naranja sino azul y de asistentes andaba más o menos parejo con la Nocturna.

Hace mucho calor en mitad de la bulla. El termómetro del Paseo de las Delicias marca 27 grados, pero no corre nada de aire. La sensación térmica es mucho mayor. Mala pinta cuando empiece la carrera. El speaker avisa de que quedan cinco minutos. Y el vídeo grabado para la web del periódico sigue sin enviarse. El WhatsApp sigue con su relojito dando vueltas.

Pistoletazo de salida. En la pantalla grande se ve al alcalde, Juan Espadas, y al concejal del PP Ignacio Flores, que choca palmas con los corredores. Pasan varios minutos hasta que los del cajón 4 cruzan el arco. Primero andan a paso lento, poco a poco, como en una bulla de Semana Santa, pero todo muy bien organizado. No hay empujones ni nadie pide paso. Se oyen bromas, risas y hay quien canta.

Pasan siete minutos de la hora en que se inició la carrera. El primer corredor debe ir ya por la Macarena cuando el dorsal 18.203 cruza por fin la salida y activa su cronómetro. Y, sorprendentemente (hacía años que no corría esta carrera y antes no era así), se puede correr desde el principio. 

La carrera avanza a buen ritmo (bueno para el que escribe, claro), pero hay mucho público en los laterales y se genera un efecto tapón. El escaso aire que podría entrar no entra. Los corredores empiezan a sudar pronto y hay quien se para ya. "Venga, Cristina, vamos, que no queda nada", le da ánimos un chico a su novia. Pero Cristina no puede. Está roja, suda y trata de respirar. 

La pareja se queda atrás. El dorsal 18.203 llega más o menos sin problemas hasta el kilómetro 3, en la calle Torneo. Antes se ha entusiasmado con un olor a friturilla que le ha entrado por la calle Adriano, un contraste con el aroma que empiezan a expeler las camisetas de los corredores. La mezcla de poliéster y sudor no es precisamente un privilegio para el olfato.

El momento más espectacular de la carrera es, sin duda, el paso subterráneo de Arjona. El corredor que va bajando observa a la marea humana que le precede. "Lolololo, lolololo", es el cántico que acompaña a la escena. Ya nadie le incluye el estribillo de "somos campeones de Europa", que a día de hoy sólo pueden cantar los portugueses. Bueno, y los madridistas.

En el kilómetro 3 aparecen los problemas de respiración. Empieza a doler el costado. "Si llevo así tres kilómetros, ¿cómo voy a estar cuando llegue al 8?". Es como si un samurai llegara con una katana y le pegara un tajo debajo del pulmón. Pero uno se conoce y sabe que hay que bajar el ritmo, que no era nada alto, por otra parte. Lo bueno de esta carrera es que corren muchos aficionados desentrenados y que se para mucha gente. No hay lugar para la vergüenza.

Se termina Torneo y en la Resolana entra por primera vez una ráfaga de aire en la carrera. Pero sigue haciendo mucho calor y se han recorrido cuatro kilómetros sin agua. "¿Pero dónde está el agua?", se preguntan los corredores. Algunos voluntarios responden que pronto beberán. Pasa la Basílica y unos metros adelante llega el avituallamiento. 

Los atletas cogen dos botellas, una para beber y otra para verter el contenido sobre su cabeza. Así se recupera cualquiera. La carrera se estira y empieza a haber espacios. Ahora comienza a ser un placer correr. Pero, claro, son ya casi cinco los kilómetros recorridos y aparecen las molestias clásicas de una persona que lleva al menos tres meses sin entrenar. Dolor en la planta del pie.

Otro parón. Entre el público hay muchos niños pequeños que extienden la mano para que los corredores las choquen. Y es un ejercicio verdaderamente entretenido. Algunos, los más pequeños, miran a los prototipos de atletas como si fueran extraterrestres. Con una palmada se conforman. Con qué poco son felices.

Entre los corredores hay disfraces, pero menos que otros años. Al dorsal 18.203 lo adelantan unos tipos vestidos de futbolistas americanos, con casco y camiseta con hombreras. Menudo calor. Unos turistas japoneses cruzan la Ronda a la carrera. Uno se acuerda de Haruki Murakami y su ¿De qué hablo cuando hablo de correr?, un libro en el que reflexiona sobre la soledad del corredor. 

"Cuando hace calor, pienso en el calor", dice Murakami. Pues hoy le hubiera hervido la cabeza. En el kilómetro 7 la carrera se va haciendo cuesta arriba. No llega la pájara porque uno es previsor y se ha comido unas cuantas galletas antes de salir. Pero empieza a poder la desmotivación y la pregunta de siempre (¿Qué hago yo aquí?" empieza a rondar por la mente.

Le salva un grupo de lo más animado. Son varios corredores liderados por un hombre que empuja el carro de su hijo, que viene equipado con unos altavoces, unas luces y una bandera pirata. Los corredores dan palmadas al ritmo de la música y el público se anima también. Así se llega al Prado.

"Ya estamos ahí", dice un corredor con el que choca el dorsal 18.203. No es como en una carrera de 1.500. Aquí se guardan los codos y se sonríe. No hay adversarios. Todo es una fiesta. "Hombre, ahí, ahí...". Cuando llega a la meta el reloj oficial marca una hora y diez minutos y el concejal de Deportes, David Guevara, está dando ya los premios. En el reloj particular son siete minutos menos. Una hora y tres minutos. Un desastre de marca en cualquier caso.

No queda ni cerveza. Sólo agua, aunque fresca, eso sí. Uno no sabe lo larga que es la Ronda Histórica hasta que corre la Nocturna. La Ronda de noche en Sevilla no es un cuadro de Rembrandt, sino una enorme avenida circular por la que corren miles de tipos vestidos de naranjas, de todas las edades, algunos enloquecidos, otros desfallecidos, pero todos contentos.

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