calle rioja

La ciudad de Pepe Gotera y Otilio

  • Emergencia. Entre la necesidad y la chapuza, dos meses después vuelven a levantar la misma zona de Calatrava para desviar el tráfico, incluidos buses, por carril de Emergencias

Un bus turístico pasa junto a uno de los balcones de la calle Calatrava.

Un bus turístico pasa junto a uno de los balcones de la calle Calatrava. / fotos. juan carlos muñoz

El mismo corte y en la misma zona. Desde pasada la Capillita del Carmen hasta la antesala de la Norte Andaluza. En agosto ya cerraron la calle desviando el tráfico por el carril de Emergencias, que reduce a la mínima expresión la zona peatonal, ya visiblemente limitada por la coexistencia con bicicletas y patinetes. En lugar de acometer entonces los cambios que fueran necesarios, se reanudó la circulación por la vía convencional y a mediados de octubre nuevamente volvieron a repetir la operación. Señal de prohibido, conos disuasorios y otra vez el tráfico por el carril de emergencias.

Por la zona pasan dos líneas de autobuses de Tussam, el 13 y el 14, procedentes de Pino Montano y el Polígono Norte y destino en la plaza del Duque, y las dos empresas de buses turísticos, los rojos y los verdes, los dos colores balompédicos de la ciudad.

En la Alameda sin cines empezará el 5 de noviembre la nueva edición del Festival

Pasan tan cerca que desde los balcones podían establecerse zonas de avituallamiento para los turistas, que se encuentran con el regalo de esta primavera anticipada, o suministradores de recuerdos. Los turistas pasan tan a la mano que podrían participar en una edición posmoderna de Conozca usted a sus vecinos. El pie de obra está ahora muy cerca de las estatuas de Manolo Caracol, Pastora Pavón la Niña de los Peines y el torero Chicuelo. Las tres mellizas, como los llama el vulgo desde que se inauguró la trilogía, podio asimétrico, con Monteseirín como alcalde y Torrijos como socio preferente.

Dicen que la nueva obra es para ubicar un nuevo sistema de contenedores subterráneos en una zona saturada de jaleos: el anclaje de las bicicletas de Sevici, las motos de alquiler, las furgonetas de la eterna obra de un solar en el que apareció el rótulo vinícola de Marqués de Mérito.

La Alameda se prepara para una nueva edición del festival de Cine, el certamen que con diferentes equipos políticos en el Ayuntamiento sigue dirigiendo José Luis Cienfuegos. Para el 5 de noviembre, fecha de comienzo del festival, estará normalizada la circulación. Las obras municipales, este desbarajuste keynesiano de abrir una calle para volver a cerrarla, coincide con las labores de limpieza de la discoteca Carambolo. El local lo inauguró el propio Juan Espadas recién llegado a la Alcaldía que tarde o temprano va a abandonar para dedicarse a menesteres más inciertos. Una cuadrilla de hombres de blanco le daba un riguroso escamondeo a la fachada de un local que permanecía cerrado desde que empezó la pandemia. Incluso taparon el rótulo de la calle Tomillo, que en realidad es el antiguo nombre de la calle Estrellita Castro, sevillana de 1908, un año antes que Caracol.

Baja el tráfico desde la denominada Puerta Barqueta, nombre genérico del nuevo conjunto de viviendas y locales frente a la salida de emergencia del monasterio de San Clemente. Los turistas cambian el espacio de la Cartuja, con empresas pero sin viviendas, por el caserío de la Alameda, esa fallida estación de Metro que quedó en tanque de tormentas. El estanco de la Alameda sigue apostando por el mismo número para la lotería de Navidad: 06293. Moby Dick tiene ruedas en la laguna que desecó el conde de Barajas. El sol de otoño nimba los cabellos de las valkirias que descubren Sevilla por la escotilla de los buses turísticos. Está cerrado al tráfico el carril por el que Sevilla echó de menos este año a los maratonianos y su animada parroquia.

Caracol y la Niña de los Peines aclaran las voces para hacerle los cantes a Antonio Ruiz Soler en su centenario. Un sevillano tan universal como Adriano, Velázquez o Bécquer. Antonio el Bailarín descubrió el mundo entero mucho antes de que el mundo viniera a descubrir Sevilla.

Una escuela de idiomas espontánea entre la terraza del bus turístico y el vecindario. La Alameda recuperó su condición de pulmón antropológico de la ciudad. Los niños juegan a la reina con las columnas de la Alameda norte como porterías. Las de la Alameda sur se quedaron huérfanas de cines. Ni una de romanos con el Alameda Multicines cerrado y el Cervantes en tenguerengue con el cartel de Parásitos en el escaparate de los estrenos. Cinta premonitoria y un poco malaje.

Li y Mao ven desde su tienda la barriga de esos paquidermos con ruedas justo antes de tomar la curva en la parte más procelosa del circuito. Recuperan la normalidad a la altura de la Comisaría que hace esquina con la calle Lumbreras, que aguarda expectante la reaparición de la torre de don Fadrique.

La Alameda es la eterna inconclusa. Anuncio y servidumbre de los cambios de la ciudad, tentación del turista para bajarse en la próxima estación, como Marsillach, y perderse entre dos Sevillas tan próximas y tan distintas: la de la calle Feria y la de San Vicente. La quincalla y el convento. O asistir al último estreno, fuera de concurso del festival: Pepe Gotera y Otilio, turistas a domicilio.

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