En corto

La cola de los carajos

La cola en el establecimiento de la calle Cuna La cola en el establecimiento de la calle Cuna

La cola en el establecimiento de la calle Cuna / M. G. (Sevilla)

Vivimos en una era difícil. No es que sean tiempos peores, peores han sido otras épocas hasta hace poco de guerras y atrocidades varias. Dicho esto, es posible que ningún tiempo pasado fuera mejor; todo puede ser. La ausencia de cualquier rasgo de épica en nuestra sociedad es palpable y solo hay que encender la televisión o echarse a la cara la prensa política para ver que la victoria de la impudicia y la ignominia sobre la nobleza de espíritu es absoluta y sin paliativos. Y Sevilla no se iba a quedar atrás en esta loca carrera hacia el oprobio. El sevillano actual es partidario de cualquier novedad por indigna que sea y mas aun si viene precedida de una cola donde hacer paciente espera. Ha tenido que ser innecesariamente en los otrora días grandes de la primavera hispalense cuando se ha inaugurado un negocio ciertamente curioso: un obrador de carajos dulces. Vaya por delante que no tenemos el menor inconveniente en lo que cada cual tenga a bien llevarse a la boca para sofocar cualquiera de las hambres que acucian a la debilidad del ser humano y menos aún contra el emprendedor que, en estos días inciertos, se atreve a promover cualquier negocio que cree ocupación; es más, hasta nos parece un acierto acudir a satisfacer la demanda de esa masa amorfa, ávida de experiencias bizarras. Estamos hablando de un reciente local que ofrece al publico pasteles llamados gofres con forma de cipote o falo humano.

Ni que decir tiene que la villanía local se ha lanzado en masa a formar la cola de rigor para alcanzar la gloria de ser de los primeros en saborear el artículo confitero de hechura peneana. Esta otra Sevilla en los labios, mas que descrita por Romero Murube, hubiera merecido la firma sarcástica de don Camilo José Cela. Resulta difícil describir el espectáculo sin entrar en valoraciones, y más en una ciudad con amplia historial de población golosa. Es el signo de los tiempos: antiguamente estas cosas se llevaban con cierta discreción y no menos dignidad. Sobre todo porque en la época de los teléfonos con cámara cualquiera puede inmortalizarnos paseando por la calle en glotona deglución de un nabo con todos sus avíos. Porque aquí casi todos nos conocemos y más o menos sabemos de qué pie cojea el vecino sin tener que presenciar tamaño espectáculo de canibalismo pastelero genital. Uno en su antigüedad prefiere quedarse con aquellos sugerentes palos de nata que producían derrames lacrimales en mas de un sevillano sensible de la llamada delicadamente acera de enfrente. Para no suscitar discriminaciones de igualdad y ahondar por ello en la llamada brecha de género, valga la redundancia, el negocio en cuestión expende también dulces con forma de vagina, imaginamos que con cierto parecido al tradicional pestiño.

Todo un delicado detalle como pueden ver. No nos cabe ni la menor -duda- que el negocio prosperará al furor uterino de las despedidas de soltera y soltero que han acaparado el centro de Sevilla. Tantos años luchando para llamar cola de toro a lo que por ahí llaman rabo para que ahora esta otra cola de comedores de carajos lo eche todo a perder, ay señor, señor… ¿qué más nos queda por probar?