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Desde el corazón de Sevilla: así se vive el confinamiento en la ciudad y en el campo

  • Mostramos el día a día del encierro por la pandemia del coronavirus en el mundo rural y en el urbano

Coronavirus en Sevilla: Así se vive confinado en el mundo rural Coronavirus en Sevilla: Así se vive confinado en el mundo rural

Coronavirus en Sevilla: Así se vive confinado en el mundo rural / Antonio Pizarro

Son las 8:30. Suena la alarma del teletrabajo en un piso de Sevilla. A varios kilómetros, en medio del campo, también se levantan de la cama. El ruido del único autobús que recorre la calle acompaña al desayuno en un lugar y los pájaros hacen lo mismo en el otro. Dos realidades para un mismo confinamiento. Diferencias y similitudes que la pandemia del coronavirus provoca en la provincia.

La amplitud del medio rural parece dar ventaja en estos días frente a los hogares de la ciudad, más pequeños pero cerca de todo. Del supermercado, que en el medio rural puede ser un huerto o un establo, o del trabajo, habiendo en el campo faena de sobra a diario. Muchos propietarios de terrenos rurales aprovechan el confinamiento para mimarlos. La jardinería y el bricolaje, a veces últimos en la lista de prioridades, toman protagonismo. Y en la ciudad, toca hacer limpieza y reorganización. Altillos y trasteros abren sus puertas para sufrir el siempre complicado filtro: ¿qué tiro y qué sigo guardando?

El almuerzo une a campo y ciudad en torno a la mesa. Ya sea junto a la piscina o el balcón, una ventana a mundo desierto. El mantel, los vasos o los platos dan normalidad a las horas centrales del día, ejes de la rutina. Momento para que la televisión haga recuento de fallecidos y contagiados. Aunque el móvil ya sea una fuente constante de malas noticias y buenos consejos para afrontar el encierro decretado por el Gobierno. Recibir, leer y reenviar es uno de los procesos más repetidos frente a la pantallita, que hará horas extra hasta no sabe cuándo.

Hasta que llegue la hora de los aplausos, ovación en el caso de los urbanos, toca emplear la tarde en intentar vivir como siempre. El joven que está acostumbrado a jugar con la videoconsola cuando acaba los deberes, ahora virtuales, es feliz. Igual que quien esté ávido de más capítulos de su serie favorita. Internet une bajo su amplio manto, bordado con aplicaciones de todo tipo, a toda la familia. Tanto, que los aplausos irrumpen sin que se den cuenta muchos, que salen al balcón motivados y sonríen al vecino. En el campo, hay que estar más pendiente del reloj y aplaudir a un cielo que luego será estrellado.

El discurso del Rey, que juntó a más de 14 millones de confinados frente a la televisión, tuvo forma de móvil, tablet o televisor. En el campo, en la ciudad y en la radio de los camioneros que van de una a otra estuvieron pendientes de Felipe VI. El pegamento con que el confinamiento une a las familias es casi tan fuerte como el de la Navidad, la tradicional época del discurso. Probablemente hacer algo de deporte antes de dormir sea buena idea si la ruta dormitorio-cocina-salón es la más habitual. Si el día ha consistido en limpiar la piscina del campo o cortar metros y metros de césped, quizá sólo entren ganas de mirar a ese cielo salpicado de luceros.

El silencio sí es común en ambos lugares. La tranquilidad habitual del campo parece trasladada a la ciudad, que sólo la interrumpen vecinos con ganas de pasar el rato con música. O de pasear al perro, que estos días no envidian a sus compañeros camperos de las muchas veces que están pisando la calle. Y seguro que se dan cuenta de que algo pasa. De que la ciudad parece un campo en el que sólo florece la primavera.

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