Sevilla

Para los hijos de la pobreza y de la inquietud

  • Medio milenio. Pérez-Mallaína y Romero Tallafigo abordan aspectos del viaje de Elcano y Magallanes en unas jornadas que hoy cierran en los Pinelo los catedráticos Serrera y Bernal

Pablo Pérez-Mallaína, a la derecha, ayer en la Casa de los Pinelo en su intervención. Pablo Pérez-Mallaína, a la derecha, ayer en la Casa de los Pinelo en su intervención.

Pablo Pérez-Mallaína, a la derecha, ayer en la Casa de los Pinelo en su intervención. / Belén Vargas

LA expectación por la hazaña va en aumento. Pese a la tarde desapacible, hubo que habilitar sillas y una pantalla en el patio de la Casa de los Pinelo, sede de la Academia de Buenas Letras. La respuesta de público a las jornadas sobre la Vuelta al Mundo desbordó todas las previsiones. Hoy terminan con una doble sesión a cargo de Ramón María Serrera y Antonio Miguel Bernal.

Vida y muerte en el mar: navíos y tripulación. El enunciado de la intervención de Pablo Emilio Pérez-Mallaína resumía el contenido de la doble sesión de la segunda jornada. Manuel Romero Tallafigo lleva cuatro años estudiando el testamento de Juan Sebastián Elcano, el que regresó a Sevilla con otros 17 marineros. Su sueldo era de 104.000 maravedíes, aunque quintuplicó sus ganancias con la quintalada, el peso en quintales (46 kilos) de las especias. Lo que en realidad buscaban, que no era en realidad dar la vuelta al mundo.

El nombre de la flor del clavel, cuenta Romero Tallafigo, viene del fuerte olor a clavo que tenía esta flor de los enamorados. Este historiador, pero también archivero, paleógrafo y estudioso de papeles diplomáticos, se remitió a un curioso documento para glosar las dimensiones de la proeza. Un libro que Emilio Castelar, uno de los cuatro presidentes de la Primera República –que duró tres veces menos que aquel viaje– publicó en 1883 y en el que destaca el atrevimiento de Magallanes y Elcano, estas “figuras de ida y vuelta”, como las llama en su ponencia.

Hoy es 25 de abril y en cierto modo aquello fue una revolución portuguesa con bandera española. Castelar decía que “si Alemania fue la reveladora de la conciencia, Italia del Arte, España y Portugal lo fueron de la naturaleza”, con lo que considera absurda cualquier polémica entre los dos suscriptores del Tratado de Tordesillas en cuya medianera se encontraba la isla de las especias.

¿Qué empujaba a aquellos hombres a embarcarse?, se pregunta Pérez-Mallaína, autor de Los hombres del océano, que alcanzó las tres ediciones. Un trabajo en el que “morir no era difícil”. Acuden a su llamada “los hijos de la pobreza y de la inquietud”. También los hijos de esos hijos, huérfanos del Arenal a los que retrata Murillo y sus padres apuntaban como aprendices de un calafate o un contramaestre para que aprendieran el oficio.

Llega un momento en el que los océanos “dejan de ser una barrera y se convierten en un camino”. Las llanuras del mar, dice citando a Braudel, “no tienen montañas”. Esos viajes, con sus resultados, certifican el paso de la Edad Media a la Edad Moderna. El otoño de Huizinga era la primavera del mar, el octubre primaveral en el que divisan el cabo de las Once Mil Vírgenes, un error de transcripción, según Romero Tallafigo, pues “sólo eran once”.

Aquellos pobres hicieron una revolución que se adelantó a Marx y Engels. “Son asalariados libres”, dice Pérez-Mallaína, “trabajan en lugar cerrado, con máquinas sofisticadas, turnos de guardia. Esos barcos son precedentes de las fábricas modernas”. Las que parodia Chaplin. Hubo quien teorizó sobre la independencia de los Estados Unidos inspirándose en el motín de los marineros de Boston, “strike en inglés es huelga y bajar las velas”.

Viajar a Indias era una forma de emigración ilegal, “en América se desertaba”. A los marineros que se embarcan les dan cuatro pagas por adelantado. El valor del clavo se multiplicará por setenta cuando regresen a Sevilla con las alforjas llenas y el pasaje casi vacío por las enfermedades, batallas y penalidades. Las autoridades quieren que juegen al ajedrez, pero prefieren las cartas y los dados. Pérez-Mallaína cuenta que hay a bordo pilotos analfabetos. De la marinería que lee, el best-seller sería el Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto.

Enriqueta Vila, que compartió la primera jornada con Salvador Bernabéu, presentó a los ponentes. Hay un valor de aquel viaje más allá de las especias, “quedan muchos horizontes por descubrir, muchos mapas por dibujar”, dice Pérez-Mallaína ayudándose del imaginario astrolabio.

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