Política

Javier Arenas, la obsesión andaluza de Cospedal

  • La ex secretaria general del PP intentó durante diez años laminar el arenismo

Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, en un acto público Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, en un acto público

Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, en un acto público / (Sevilla)

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Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, en un acto público Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, en un acto público

Javier Arenas y María Dolores de Cospedal, en un acto público / (Sevilla)

EN Valencia se acabó. A partir de entonces, a raíz de aquel congreso donde Rajoy salvó el tipo, el teatro de la política fue más teatro si cabe. María Dolores de Cospedal se convirtió en secretaria general del partido en aquella cita levantina. Comenzó un período de diez años en el cargo principal de gobierno interno. De 2008 a 2018. De Valencia a Madrid. Del Crecemos juntos al lema de El futuro de España.

Diez años en los que Cospedal no ha podido laminar a Javier Arenas, el padre del centro-derecha andaluz. Cospedal se embriagó de poder en los altos despachos de Génova, no soportó nunca que Arenas gozara de la máxima confianza de Aznar (lo hizo secretario general, varias veces ministro y vicepresidente del Gobierno) y no digirió que Rajoy le debiera la vida en el congreso de Valencia, donde el andaluz se movió para salvar al gallego de la amenaza de Aguirre. Cospedal no tardó en exhibir su particular obsesión andaluza. No soportó nunca que, en el fondo, el PP andaluz no hubiera dejado nunca de ser una creación de Arenas. Lo sigue siendo.

Cuando ella cogió las riendas del partido se acabaron los disimulos y las apariencias de buenas relaciones. Sólo faltaba esperar la oportunidad para acabar con Javié, el andaluz que se ganó la simpatía de Ana Botella, que logró que Aznar aceptara ser su compadre y al que Rajoy –aunque nunca lo hizo ministro– mantuvo a su lado en los maitines.

Ese momento tantas veces deseado por la dama de Albacete llegó en la cuaresma de 2012, cuando Arenas se quedó a cinco diputados de la mayoría absoluta en las elecciones andaluzas. Entonces la aviesa Cospedal, por fin, creyó llegada la hora de ver pasar el cadáver político de su obsesión. Arenas pasó, efectivamente, unos meses malos. De perfil bajo. Se retiró de los actos públicos en Sevilla, harto de recibir los pésames hipócritas de la falsa Sevilla doliente. Y Cospedal comenzó entonces a pilotar el pos-arenismo. Lo hizo por control remoto desde Madrid. Reclutó, ¡cuánta maldad!, a los ahijados políticos de Arenas: Juan Ignacio Zoido, José Luis Sanz, Ricardo Tarno...

Todos estaban a la búsqueda de un nuevo padrino, todos renegaban de quien habían aprendido y a quien debían toda su carrera política. En primera instancia colocó a Zoido como presidente del PP andaluz. La experiencia resultó un desastre de dos años, porque el magistrado era visto en todas las provincias como lo que era: el alcalde de Sevilla. Y además se le notaba escocido con un cargo que le obligaba a enfrentarse a Susana Díaz en el Parlamento y a apagar fuegos en las provincias. Ni Zoido ni ahora Moreno han tenido garantizada la paz en las sedes de las ocho provincias andaluzas.

A Cospedal sólo se le cruzó Soraya Sáenz de Santamaría en su plan para exterminar el arenismo. La vicepresidenta logró colocar a Moreno Bonilla como nuevo presidente del PP andaluz, cuando Cospedal apostaba por José Luis Sanz, senador y alcalde de Tomares. Arenas se recompuso con el tiempo, ganó el decisivo congreso provincial de Sevilla, disputado a cara de perro, y ayer presenció un capítulo más de la agonía política de su gran enemiga interna. De momento, Villarejo no ha metido la grabadora en Becerrita, el restaurante preferido de Javié. El lince sigue vivo. Y los cospedalistas, sin madrina. Arenas es un especialista en ocupar los vacíos. No lo olviden.

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