Los Invisibles | Norberto León Ríos

“Me pidieron un aval para el piso y les ofrecí mis manos de trabajador”

  • Criado en la Colombia más cafetera, echó raíces en Triana con una escala en Santiago de Compostela. Su taller de grabado y pintura está en la calle Alfarería

Norberto León, junto a una de las máquinas de grabado de su taller de Alfarería. Norberto León, junto a una de las máquinas de grabado de su taller de Alfarería.

Norberto León, junto a una de las máquinas de grabado de su taller de Alfarería. / Víctor Rodríguez

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SE enamoró de Sevilla en el barrio de Santa Cruz, pero el flechazo surgió en Triana. Norberto León (La Tulia, Colombia, 1963) hizo el camino de Santiago al revés.

–¿Cuál es su oficio?

–Pinto, pero no soy pintor. Yo soy grabador.

–¿Dónde nace?

–En una finca de mi abuelo que se llamaba Montecristo, en un pueblito alejado del mundo. A mi madre la ayudó un partero.

–¿Cómo llega a Sevilla?

–Fui en 1998 a Santiago de Compostela para trabajar de pintor callejero con un artista colombiano, Juan Carlos Zamora Tamayo, con el que trabajé en una actividad para niños en la Feria de Cali, que coincide con la Navidad.

–De Santiago a Triana, como el padre de los Machado...

–Santiago no acababa de ser la ciudad que buscaba, el contraste con Cali era muy grande. Cali tiene cuatro millones de habitantes y Santiago es muy pequeñito. Las mismas caras en el cine, en el centro comercial. Pasé por Sevilla de turismo, me deslumbró la luz de la ciudad, su gente amable, su arquitectura fascinante. Me enamoré de inmediato. Mi amigo me dijo: Te he perdido.

–¿Sevilla se enamoró de usted?

–No me lo puso fácil. Vine una primera vez y me volví. Los pisos en Triana eran muy caros. Encontré uno pequeñito en la calle Castilla, el propietario me pidió un aval y le mostré mis manos de trabajador. Me traje a mi esposa y a mis dos hijos.

–¿En qué momento llega?

–El 28 de septiembre de 2001, dos semanas después del 11-S.

–El mundo tuvo que reinventarse y usted también...

–Nada más llegar me fui a una exposición que tenía en Japón.

–¿Cuál fue su primer destino?

–Estuve nueve años vendiendo mis pinturas en la calle Tetuán, frente al banco Sabadell. Me conocían empleados y el gerente.

–¿Dónde se hizo artista?

–En el Instituto Popular de Cultura de Cali. Instituciones que hay en las cuatro ciudades más importantes de Colombia para estudiar de noche gente que trabaja.

–¿En qué trabajaba usted?

–Desde los trece años me dedicaba a avisos publicitarios. Me enseñó el oficio mi tío Gabriel, el mismo que me puso Norler. Hacíamos rótulos de panaderías, logotipos de camiones, con un aerógrafo, antes del láser.

–¿Cómo celebró el Nobel de García Márquez en 1982?

–Tenía 19 años, estaba en Bellas Artes. Aquello fue muy grande. Los de mi generación vivíamos unas reivindicaciones en un momento político complejo. Todavía no se habían exteriorizado los daños dle narcotráfico, la lucha entre el cártel de Cali y el de Medellín. Fue una alegría enorme. Había fervor por el cambio.

–¿Leyó ‘Cien años de soledad’?

–No del todo.Me gustan más los cuentos. La triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada es brutal.

–¿Ha vivido ‘empresas y tribulaciones’ como el Gaviero de su compatriota Álvaro Mutis?

–He sido un buscador, un atrevido. Eso me lo dejó mi padre, que no pasó de tercero de Primaria y se crió en el campo, como sus 21 hermanos. Allí nadie estudiaba, pero quiso ir a Cali para aprender mecánica. Le salió mal dos veces y a la tercera lo logró. Yo me crié en el campo. Me daba miedo el ruido de los carros de la ciudad, porque estaba habituado al ganado, al café y la caña de azúcar.

–¿Qué está haciendo ahora?

–Estoy en el momento que venía buscando. Me vine a España por una necesidad artística, no económica. Económicamente vivía mejor en Colombia que aquí. Tenía mi trabajo de profesor de Grabado y seguía con la publicidad. Pero no encontraba mi sitio. Quería buscar un lenguaje expresivo para decir lo que pienso y lo que siento. Lo que hago aparte de las pinturas de monumentos y cosas costumbristas.

–Tiene el taller en la calle Alfarería, junto a los nietos de los ceramistas que hicieron la plaza de España y la Expo del 29.

–Mi vecino Antonio Campos participó en muchas restauraciones.

–¿La materia tiene alma?

–Estoy explotando las posibilidades de un lenguaje particular con las placas matrices y elementos escultóricos. El resultado se llama Teatro Humano, así titulé la exposición que fue a Salzburgo.

–La tierra de Mozart...

–Me gusta el blues y la salsa.

–¿Su familia se adaptó?

–Ana Sofía, mi esposa, hasta intentó bailar sevillanas. Sin ella no estaría haciendo lo que hago. Dejó su oficio de acupuntora para dedicarse al taller, se echó encima toda la burocracia que implica un negocio. Formamos un equipo tremendo.

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