Calle Rioja

Una pinacoteca en plena calle

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GUARDA los botes en la bolsa de deportes. Parece un tenista sin raqueta. Las apariencias engañan. Miguel Sarif Chacoff Sepúlveda es un arquitecto chileno que se gana la vida como grafitero. Hubo quien se escandalizó cuando se eligió como cartel de la Bienal de Flamenco un juego de grafitis. Cambiarían la opinión si conocieran la obra de este artista singular al que las exigencias de su afición pusieron literalmente de patitas en la calle.

Porque la calle es su medio de trabajo. "Jesús del Gran Poder la he pintado entera. Toda menos el Jimmy Hendrix de Logan, el grafitero al que más respeto". Miguel tiene 27 años, nació en Santiago de Chile, hijo de un camionero que un día se puso furioso porque alguien le había pintado el camión. Con apenas un año de vida, se fueron a residir a Washington. "Allí conocí la cultura hip hop, vivíamos en un barrio afro-latino donde el grafiti era una manera de comunicarse".

Chacoff vino a Sevilla en 2005 a terminar la carrera de Arquitectura. Los botes de pintura le ganaron la partida a los planos. "La arquitectura me gusta un montón, tengo que volver a Chile para el proyecto de fin de carrera, pero lo que me da de comer es el grafiti. Prefiero estar pintando en la calle a pasarme las horas sentado delante de un ordenador. El grafiti es una cultura muy social".

Con lo que ganó por el primer trabajo, encargo de un restaurante del Polígono Pisa, se fue de viaje por media Europa: Londres, Munich, Florencia, Milán. En su tarjeta profesional, un homenaje a la humildad intelectual, contrapunto de la soberbia que acompaña a algunos colegas, la Arquitectura figura como tercer enunciado de sus dedicaciones, detrás de la Decoración y el Diseño. Pero no reniega de su oficio, que hermana con los botes. El estudio de los arquitectos Román & Canivell le ha encargado que pinte una de las fachadas y le han pedido que se inspire en la obra de Pollock. Firma sus trabajos como CN6.

"No me gustan las reproducciones", dice para justificar la adaptación muy libre que hizo cuando un cliente, para el cierre de su garaje, le entregó una copia del dibujo de Enrique Orce que aparece en la calle Tetuán como reclamo de los coches Studebaker, con la imagen de El Pensador de Rodin.

Ayer estaba manos a la obra en los bajos del puente del Alamillo. "El gran Silk, el clásico de los grafiteros de Sevilla, me pidió que completara esta línea de dibujos". Tiene que pelearse con el viento que cimbreaba las aguas del río y el baile de los patos. El grafiti es el windsurf de las artes plásticas. En su agenda, tiene un otoño repleto de proyectos: el borrador que va a presentar para cerrar el escaparate de La Campana, palabras mayores, inspirado en el modernismo francés, y un encargo para viviendas de protección oficial (VPO) en el Polígono Aeropuerto: pintar 28 fachadas de siete y nueve plantas en patios interiores que llevan luz natural a las cocinas. "He tenido que hacer cursillos de prevención de riesgos laborales y de pintura en altura".

De todas las artes plásticas, por ser un arte callejero, pariente de las pintadas y el garabatismo impune y espontáneo, es el que goza de menor aceptación académica y de mayor prestigio underground. "El grafiti no es sólo vandalismo, hay una variante vandálica, pero ya hay galerías de arte que sólo trabajan con grafitis". El otro lado del puente tiene la rúbrica de artistas de Montana Shop and Gallery, única tienda especializada.

Jesús del Gran Poder es una pinacoteca al aire libre de Miguel Chacoff: la administración de loterías -un dibujo de la calle que parece el fotograma de una película de Orson Welles-, el garaje, las dos chapas para La Azotea, la tienda y el restaurante. En Santa Ángela de la Cruz también hay obra suya, incluida una hermosa vista nocturna de la torre del Oro. Con el también arquitecto y grafitero Israel Moreno va a poner en marcha el Museo del Grafiti en el Parque Miraflores.

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