Sevilla

La primera generación del 27

Misa por el cuarto centenario del Gran Poder. Misa por el cuarto centenario del Gran Poder.

Misa por el cuarto centenario del Gran Poder. / Juan Carlos Muñoz

Tienen los guarismos un alma de letras. En las alas de un mismo año, 1627, viajamos desde el Palacio de los Mañara y Vicentelo hasta la basílica del Gran Poder. En 1627 muere Juan de Mesa y nace Miguel Mañara. Un relevo maravilloso entre el cordobés que modeló al Señor de Sevilla y el sevillano de ascendencia noble que se humilló para hacer de los pobres sus Amos y Señores, como dice la placa de la casa-palacio donde nació.

Las manos de Sevilla. Las que esculpieron al nazareno con su cruz a cuestas y las que dieron hasta lo que no tenía a los desheredados de una época en la que serlo era casi una costumbre en una Sevilla donde empezaban a romperse las costuras del Siglo de Oro. Se cumplen este año los 400 años de la entrega de la imagen del Señor del Gran Poder por parte de Juan de Mesa, que también acabó el mismo año de 1620 las imágenes de la Buena Muerte y del Cristo de Montserrat.

Con motivo de este cuarto centenario, el Gran Poder iba a ir de misión a los barrios más pobres, aquellos donde sigue habitando el alma de Mañara, pero la pandemia lo impidió. No importa. Los pobres van a seguir ahí, como le decía Jesús a Judas en casa de Lázaro cuando el apóstol traidor le recrimina que se gaste el dinero en caros perfumes.

La plaza de San Lorenzo encarnó a los barrios de Sevilla, esos que en tiempos de normalidad llenaban autobuses para traer a sus vecinos hasta la Basílica que construyeron Balbontín y Delgado-Roig. Año 1627. Relevo en la cumbre de la generosidad. Misericordia quiere y no sacrificios. Cervantes ha muerto once años antes. Murillo tiene diez años, la edad de tantos niños de Murillo como aparecen en sus cuadros. Velázquez y Zurbarán ya son dos pintores consagrados.

Juan de Mesa era el discípulo más aventajado de Martínez Montañés, que da nombre a una de las calles que desemboca en la plaza de San Lorenzo. Otra se llama Cardenal Spínola, párroco de San Lorenzo y último pastor andaluz de la diócesis hasta su muerte en 1906. El actual titular, Juan José Asenjo, testigo de este tetracentenario casi a puerta cerrada y a alma abierta, cumple 75 años el 15 de octubre. Su teórica jubilación, aunque ésta sólo se hará efectiva cuando la decrete el papa Francisco, muy vinculado también a este santo de la plaza, aunque sea por el conducto más prosaico de su condición de hincha del San Lorenzo de Almagro.

En su etapa de arzobispo de Buenos Aires gobernó una iglesia bendecida por el Cristo de los futbolistas que esculpió Luis Álvarez Duarte y se llevaron de Sevilla a Argentina los futbolistas Scotta y Bertoni. El mismo Álvarez Duarte que hizo de cirujano de urgencia para restaurarle las manos al Señor del Gran Poder después de aquella tarde del 20 de julio de 2010 en la que un tipo fuera de sus casillas le arrancara el brazo. Siempre hay Cirineos en Sevilla para llevarle la cruz al nazareno de San Lorenzo. Mañara cambió su palacio, que fue colegio donde estudió Alfonso Guerra, por el hospital de la Caridad donde está enterrado. En 1627 murió Juan de Mesa y también su paisano Luis de Góngora y Argote, el poeta a quien en el tercer centenario de su muerte homenajearon los poetas de la generación del 27 convocados en Sevilla por el torero Ignacio Sánchez Mejías, el grupo que medio siglo después recibió el Nobel de Literatura en la persona de Vicente Aleixandre.

La primera generación del 27 data de tres siglos antes, 1627, el año que se dan la mano en la cronología Juan de Mesa y Miguel Mañara, dos formas de entender la pobreza como la única inversión razonable para sacarnos de las miserias, las de antaño y las de ahora. La Fe vuela en hojas de Esperanza hasta la Caridad, donde la estela de Mañara la velan los cuadros de Valdés Leal, sevillano de 1622. Juan de Mesa está enterrado en la iglesia de San Martín de Tours, viajó hasta Mañara en un barco de madera que era Fe y la Esperanza lo desembarcó en la Caridad, esa palabra que los soberbios consideran afluente de la Justicia siendo como es océano de los justos.

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