Calle Rioja

Un siglo sin decimales

  • Historia. En vísperas de la lotería del Niño, la administración de la calle Sagasta prepara los actos del centenario, fundada en 1919 en pleno corazón comercial y turístico de Sevilla

Luis Jiménez Porto, gerente de la centenaria administración de lotería Sagasta Luis Jiménez Porto, gerente de la centenaria administración de lotería Sagasta

Luis Jiménez Porto, gerente de la centenaria administración de lotería Sagasta / Juan Carlos Vázquez

EL primer cuarto del siglo XX fue pródigo en novedades en esta esquina de Sierpes con Jovellanos. De 1910 es el edificio situado frente a lo que fue Casa Calvillo (1932-1982); en 1912 fue catalogado como monumento ese tesoro barroco conocido como la capilla de San José. Y en 1919 abre sus puertas la administración de Lotería de la calle Sagasta. Al feliz año nuevo de estas fechas se le añade un feliz siglo nuevo. Luis Jiménez Porto (Burgos, 1970, “llegué a Sevilla con veinte días”) es gerente y nieto de Isabel Cifrián Casado, una recia castellana que en 1956 tomó las riendas de la administración.

“Lo del Apolo de los millones se lo puso la gente”, dice el gerente, que ahora trabaja con el nuevo encargado, Ricardo Ruiz, para seguir dándole lustre a una casa tan centenaria como la floristería adyacente. 1919. Ese año también eran vísperas de Juegos Olímpicos –los de Amberes y su contraseña: A mí, Sabino, que los arrollo– y hubo nuevo presidente en Brasil (Epitácio Pessoa). Dio el Gordo de Navidad en 1961, el año de la riada del Tamarguillo, el del Niño en 1966 y 1968.

Reza como la administración de Lotería número 16 y aunque el Gordo de Navidad pasó de largo por aquí, la proximidad de la Lotería del Niño incrementa el interés por conseguir un décimo. Antiguamente fue la calle Gallegos –y también Ataúdes– y en 1903, el mismo año que muere Práxedes Mateo Sagasta, pasa a llevar el apellido del ingeniero de caminos que en siete ocasiones presidió el Consejo de Ministros en alternancia con Cánovas hasta que el político malagueño fue asesinado en un balneario de Mondragón en agosto de 1897.

Sagasta murió la víspera de Reyes de 1903. Ya existía la Lotería del Niño, que se celebró por primera vez en 1879. 140 años de invocar los hados de la fortuna. El gerente se encuentra todos los días casos prácticos de sus dos especialidades académicas, la Psicología y Empresariales.

1919.La administración de Sagasta es coetánea de la Ley Seca, el Tratado de Versalles, la Sociedad de Naciones, la Bauhaus y el Manifiesto Ultraísta de la revista Grecia. El mismo año que Marcel Proust ganaba el Goncourt por A la sombra de las muchachas en flor, las estadísticas reflejaban que en España sólo una de cada 33 personas moría de viejo. Hace un siglo, la gripe se llevó a 250.000 personas en un país que se había librado de participar en una Primera Guerra Mundial que acabó un año antes. España, que un siglo después invirtió las tornas, era el país europeo con menor esperanza de vida: 39 años los hombres, 43 las mujeres. Sagasta fue una excepción en su longevidad política y biológica. “La administración pesó mucho para que la calle siguiera llamándose Sagasta”, dice Luis Jiménez Porto. Un compendio de Tradición, Historia y Seriedad, palabras que aparecen como velas en su tarta de cumpleaños.

En el tramo final de la Navidad, Sagasta está en pleno siglo de las luces. Cien años después, han cambiado muchas cosas, pero la ilusión es la misma. Del 22 de diciembre al 6 de enero, del nacimiento del Niño a los Reyes Magos que lo agasajan, un puente de tiempo entre dos años. La vida se mueve en cifras. Entre Sierpes y el Salvador, mucha gente se pasa por la administración de Sagasta, vecina de los mantones y mantillas de Juan Foronda, las camisas de Galán, la decana floristería y la residencia San Juan de Dios. En 1919 nacieron Evita, el Sha de Persia, Gila y Salinger. El nueve es el número favorito del gerente. Número del delantero centro y del sobresaliente académico.

Todos buscan unas terminaciones que les suenen bien, la mejor sintonía de esta casa son sus principios. Un siglo después, la esperanza de vida se ha duplicado. La ilusión sigue incólume.

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