Yo maté a Martínez Ares

Martínez Ares y sus recuerdos de "Requiebro", su primera comparsa

  • El autor se remonta a 1983 y cuenta cómo se forjó la agrupación con la que inició su carrera de autor.

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CORRÍA el año 1983 cuando mi padre intentó quitarme las ganas de salir en Carnaval utilizando lo que hoy se conoce como terapia de choque. Hacía poco tiempo que mi viejo me había comprado una guitarra con la que me fui a casa de mi primo Enrique, quien me juntaba los dedos para que saliera algún sonido decente. Un mes más tarde actué por primera vez en los concursos que a finales de verano celebraba la Peña de Paco Alba, en la que grupos de aficionados cantaban coplas de toda la vida, muchas de ellas enterradas en el olvido.

Nosotros ensayábamos en una habitación de un bar de la Avenida de Portugal y nos hacíamos llamar 'Los de Puerta Tierra', ole. En ese grupo estaban Nono, que luego sería la estatua central de 'Los Mohosos', El minuto, Javier Osuna y mi padre, entre otros. Meses después mi viejo, viendo que yo no me bajaba del burro, se reunió con El Piojo y otros cracks de la Peña Nuestra Andalucía. Ellos no tenían autor y yo no tenía nada que perder, así que me presenté en la peña con mi cara llena de barrillos, mi pelo con rayita al lado, mis gafas de pasta y mi guitarra. El primero que me saludó nada más llegar a la peña se llamaba Antonio Zulueta Ahumada, 'El Piru', y fue hasta el final de sus días como mi segundo padre. Me echó un vistazo y sentenció "¡Pero si es un niño" y El niño se me quedó para toda la vida, aunque a veces también me llamaba El poe, el poeta. Me invitó a un refresco e intentó controlar los nervios de un chaval que mirara donde mirara veía a sus ídolos. A una señal de Jesús Monzón nos metimos en la secretaría de la peña, una habitación pequeña, bastante pequeña, donde me invitaron a cantar ese pasodoble que yo guardaba con tanto esmero. Me senté en una silla y cuando quise darme cuenta estaba cantando rodeado de toda la comparsa que tanto había pregonado las coplas de Pedro Romero. Cuando acabé de cantar el primer pasodoble, que era un piropo a Cádiz, se me salía el corazón por la boca. Hubo un silencio y de pronto alguien dijo: "¿Puedes cantarlo otra vez?" Yo, para mis adentros me decía: "¡Esta no puede ser mala señal!" Me armé de valor y volví a cantarlo. Al término de la segunda cantata me miraron, se miraron y quedaron para ensayar días más tarde.

Yo me levanté, me tomé otro refresco y fue entonces cuando me di cuenta de que el único que no estaba contento era mi padre. A estas alturas de la liga sigo pensando que ese comparsista que salió algunos años con Paco Alba creía que me iban a dar calabazas y dejó allí a un niño concibiendo Requiebro. Días más tarde, en el escaparate de Benito del Moral estaba colocado el boceto de la comparsa con mi nombre y apellidos. Cómo echo de menos esa tradición de ver los tipos de las agrupaciones por los comercios gaditanos. La tarde siguiente a mi bautismo de fuego quedamos en casa de El Piru, que colindaba con la peña, en la calle María Arteaga, y allí me presentaron a los que serían mis compañeros de viaje: Ángel Zubiela, Manolo El Gitano, Antonio El Tarta, el Güili, Rafael, Félix y la columna vertebral de los romeristas: Monzón, Purri, Carlos Brihuega, Pepe el bombista, El Piojo, Carlos Peña, etcétera.

Los componentes tenían claro que la comparsa tenía que ser muy muy muy gaditana pero yo no tenía ni idea de cómo se hacía una comparsa. Menos mal que conté con la ayuda de un genio, de Manuel Rosales Agüillo hijo, que se encargó de hacer el ochenta por ciento de los cuplés y el estribillo.

El local de ensayo era un garaje inmenso ubicado, si no me falla la memoria, en la calle Belén, eso al principio, porque a falta de dos meses para actuar en el Falla nos trasladamos a los camerinos del Parque Genovés. El disfraz nos lo hizo Pepe Berenguer, el mismo sastre que confeccionó el disfraz de mi última agrupación. Todas las comparsas de Cádiz, por aquel entonces, tenían tres componentes que tocaban la guitarra; nosotros sólo dos. Yo tenía conocimientos muy primitivos de sonanta pero nunca dejé que el pánico que sentía se me notara.

Para colmo, los principios de las canciones tenían un punteao, básico, pero muy básico, que también hacía yo. ¿Qué más podía pasar?

Cuando me dieron el disfraz, una parte de la camisa era más larga que la otra y me faltaban botones, los leotardos me picaban y las sabrinas me quedaban para que me dieran dos patadas en la cara y me quitaran de golpe los barrillos. ¡Ah, bueno, eso sin contar lo del gorrito! Un sombrero calañé con un pañuelo blanco de seda, ¡ja! Era todo muy surrealista, porque yo debía representar a un bandolero y por más que me miraba al espejo veía a un tío muy feo con gafas de pasta y acné juvenil disfrazado de torero en tonos rojo y blanco y con un sombrero que parecía una teta gallega pintada de negro. Pues con todo y con eso fuimos al Falla. Recuerdo que el primer día que cantamos compré claveles rojos y blancos en la Plaza de las Flores para colocarlos entre los clavijeros de las guitarras, una monería, vamos; éramos unos pastelitos. Pues así y todo nos metimos en la final. Mi cara cuando nos nombraron en la radio era un poema. No me lo podía creer. El día de la final Jesús Monzón no estuvo con nosotros, asuntos laborales, era calderero de profesión, requerían su presencia en Galicia, así que El Purri se hizo cargo de la dirección de la comparsa esa noche, que fue la última en la que entraban seis grupos por modalidad (y se quejan ahora de que la final es larga, pobrecitos). La gran final la abrimos nosotros y acabó sobre las ocho de la mañana y cuando dieron los premios empecé a ser consciente de donde estaba y en lo que me había metido, tanto, que cuando dijeron: "¡Sexto premio, Requiebro!", yo dije: ¡Eso cómo va a ser!, ¡Nos han robao el premio, el primer premio! El virus del carnaval ya corría por mis venas. Qué lástima de mí.

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