Arte

Borrasca en la mirada

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Resulta admirable cómo Chema Cobo sigue persiguiendo con nuevas obras, herramientas y recursos un objetivo que parece presidir su largo quehacer. Nos referimos al intento por mostrar la tensión que se produce entre la representación plástica de un lado y, por otro, su recepción, la creación de interpretaciones y significados o, por el contrario, la imposibilidad de la construcción de éstos, es decir, la incomprensión, indefinición e incertidumbre que pueden llegar a nacer tras entender que la imagen y su sentido no han de corresponder forzosamente con la cosa que representa. Es una puesta en cuarentena de la representación pictórica como verdad, ya que nos muestra desde el propio signo pictórico su carácter ficticio. Al fin y al cabo, la pintura no deja de ser un doble, una simulación o un reflejo de la realidad, en algunos casos pura parodia, puesto que los reflejos, como en esa atracción de feria repleta de espejos que desvirtúan, no siempre son fidedignos. Cobo realiza en su pintura una suerte de juego de ocultación y complejidad que, en esta exposición y a diferencia de anteriores, se sirve de referentes aparentemente sencillos y reconocibles, pero que, sin embargo, arrojan un significado en tránsito y construcción (cuánto de este juego de ocultación y desciframiento influyó en jóvenes artistas ya consolidados como Guerrero, Leal, Zurita, Zabell o Miranda). Cobo, al convertir en imprecisas e indefinidas las imágenes a pesar de su perfecto reconocimiento, reflexiona sobre los frágiles cimientos de la lógica cognitiva e interpretativa y desvela los medios por los que construimos los significados.

Para ello, realiza una especie de operación en la que participa el referente (el motivo representado), la factura (cómo se plasma plásticamente) y el título, que, en este caso, adquiere una capital importancia puesto que suministra un irónico y paradójico espacio de confrontación sobre el que construir o destruir el sentido del cuadro -es una pista como las que dejaba en sus lienzos décadas atrás-. El título ancla e incita a desvelar algún sentido inadvertido de la pieza, con lo que la imagen, ambigua merced a esta operación, pasa a multiplicar sus significados, fluctúa desde la superficialidad a la trascendencia y viceversa, así como esconde una serie de lecturas por realizar.

El proyecto descansa, cómo no, en la factura de las imágenes: imprecisas en algunas partes, borrosas, desdoblándose puntualmente, monocromas y cercanas a grisallas, de modo que resulten tan directas y gélidas como enigmáticas. La sensación naciente se aproxima a la inexactitud y al desconcierto propio del recuerdo e incluso del sueño, con imágenes que parecen aflorar tanto como desaparecer en ese, tan anhelado por Cobo, estado incierto e inestable que impide saber si tanto la imagen como el significado están en construcción o de-construcción. Subyace un sentido de elaboración del símbolo visual, de la metáfora que aluda al propio hecho pictórico. Cobo encuentra un repertorio de imágenes -muchas de ellas propiamente barrocas como las pompas de jabón o el espejo- que ilustran el carácter efímero, fútil, especular, ficticio o transitorio de la propia representación pictórica y su significación. Otras, como los diamantes, los ángeles o las escaleras -menos barrocos-, insistirían en la desvirtuación de lo reflejado, la falsedad, lo impreciso y transitorio de su naturaleza. En definitiva la fragilidad de la identidad misma de las imágenes, su complejidad y nuestra dificultad para comprenderlas. Nube en el ojo, borrasca en la mirada.

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