Don Quijote en el cerco de Leningrado

Vista con ojos cansados, El guía del Hermitage representa poco más que un nuevo ejemplar de teatro de repertorio puesto a disposición de cierta excelencia cultural y burguesa; un poco caldo de cultivo de formas complacientes para todos los públicos. Se trata de una obra transparente, limpia, sin secretos ni misterios, que expone todos sus principios y no se queda ningún as en la manga. Y aquí, en la sinceridad de su exposición, puede encontrarse su peor enemigo: como si la extinción de todo elemento críptico significara la reducción de la calidad artística a poco más que un entretenimiento. No sé, a estas alturas, si me explico: en realidad quiero decir que si dos espectadores van a ver la obra de Morote, uno podrá verla como un pasatiempo a modo de comedia de época, con episodios enternecedores, y el otro apreciará una reflexión rotunda sobre las contradicciones el ser humano. Entiendo que la crítica se cebará con la primera interpretación, quizá más evidente (aunque la segunda, insisto, no sea menos meridiana), pero aquí su servidor se inclina por aplaudir la segunda. Y cabe, ahora, traer a colación a Don Quijote, porque su novela también puede entenderse como una parodia o como un juego de laberintos que prefigura a esta criatura tan compleja venida del mono. Y es que El guía del Hermitage, precisamente, sitúa a Alonso Quijano en pleno cerco de Leningrado.

Poco antes de la representación de ayer, Federico Luppi alababa el contenido filosófico de la obra, aunque sus diálogos "disten de Erasmo y Schopenhauer". Pero es que no le hace falta. Pavel Filipovich es Don Quijote, y Velázquez y Rembrandt son sus molinos de viento, o sus gigantes. Él asegura ver las obras donde las paredes insisten en estar vacías. Sancho Panza, como encarnación de la conciencia, y aquí se encuentra uno de los grandes hallazgos de la pieza, se manifiesta repartido en los otros dos personajes: el vigilante del museo denuncia la locura del hidalgo y le pincha para que éste reconozca el ridículo en que cae una y otra vez; su mujer, por el contrario, le estimula y comprende que de la ilusión de su esposo, enfermo sin remedio y decadente, depende, en gran medida, su vida. Ambos le son fieles, sin embargo, y acceden a entrar en un paisaje de símbolos en el que la realidad, lo amado, lo perdido y lo soñado no sólo se confunden, sino que pesan igual en el corazón del guía. Si Don Quijote, verdadero continuador del pensamiento de Platón, advertía de la determinación que en la historia de cada uno tiene lo invisible, lo nunca alcanzado, lo imposible y lo ideal hasta conformar una realidad perceptible a través de sus consecuencias, El guía del Hermitage recoge el testigo y lo traslada a un ecosistema en el que de manera más intensa se ansía lo ficticio como huida de lo real: la guerra.

El montaje de Jorge Eines acierta, precisamente, al hacer escasa mención (estética y narrativa) al asedio nazi y dejar que la tragedia se filtre en la escena de manera casi imperceptible para el espectador. El fracaso que suponen las muertes y bombardeos es el responsable directo del delirio de Filipovich, pero, ante los ojos del respetable, la fábula es otra: sin disparos, incluso sin el extravío de los cuadros, la ilusión habría sido la misma. Esta paradoja se sostiene, principalmente, gracias al equilibrio con que funciona el reparto, con Luppi y Callau soberbios (su diálogo a costa del puro y el icono es revelador como lección recreadora de un texto teatral) y una Ana Labordeta solvente en su función (nada desmerecedora, entiéndase) de bisagra. A la escenografía y la iluminación quizá le convendría más valentía, una decisión más firme hacia la desnudez o los contrastes. Pero nada se lamenta en este canto al amor humano como único cielo posible.

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