Luz de ocaso

  • La recién nacida editorial El Olivo Azul recupera la más extensa novela del gran narrador Arthur Schnitzler

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Como la de otros ilustres escritores centroeuropeos, la obra del médico, narrador y dramaturgo vienés Arthur Schnitzler viene siendo objeto en los últimos años de un feliz rescate que ha propiciado la reedición de títulos como Relato soñado, La señorita Else, El regreso de Casanova o Apuesta al amanecer, todos ellos publicados por la benemérita editorial barcelonesa El Acantilado, que tiene en su catálogo obras de autores contemporáneos como Joseph Roth y Stefan Zweig, los cuales, junto a Hofmannsthal y Musil, conforman lo mejor de esa prodigiosa generación de escritores que cantaron el fulgor y la fragilidad previos o la desolación y la nostalgia posteriores a la desaparición del mundo de ayer, como lo llamó Zweig en sus memorias. El finis Austriae, primero presentido y luego dramáticamente confirmado, es uno de los temas recurrentes en la obra de estos integrantes de la burguesía vienesa que vivieron el esplendor de la capital de un imperio que parecía eterno y acabó derrumbándose, como el otro, de manera estrepitosa. Pero Schnitzler presenta una singularidad que hace aún más valiosa su aportación literaria. Colega, condiscípulo y amigo personal de Freud, el autor fue asimismo un pionero en la reivindicación del papel central que la sexualidad y el extravagante mundo de los sueños desempeñan a la hora de explicar las motivaciones ocultas del comportamiento humano, y suele decirse que sus novelas, muy osadas también en lo formal, son el perfecto correlato literario de las teorías freudianas.

Disponíamos de ediciones recientes de las nouvelles mencionadas o de los relatos recogidos en El destino del barón Von Leisenbohg, pero faltaba una traducción accesible de su novela más extensa y ambiciosa, Camino a campo abierto -que suele aparecer en las bibliografías como El camino de la libertad o Hacia la libertad-, y este vacío acaba de ser cubierto por la nueva editorial sevillana El Olivo Azul, cuya recién iniciada andadura no puede ser más prometedora. Concebida en principio como obra de teatro -su contundente título original era Los indignados-, la novela, luego de un largo proceso de redacción, apareció finalmente publicada en 1908, ofreciendo a un tiempo la aventura personal de su protagonista, el frívolo e indolente barón Georg von Wergenthin -que es, como afirma el prologuista de la edición, Salvador Gutiérrez Solís, un alter ego novelado del propio Schnitzler- y un formidable fresco de la vida vienesa de entresiglos. Porque la burguesía liberal aparece retratada en toda su decadente magnificencia a través de las peripecias de un grupo de representantes escogidos, miembros de esa clase acomodada donde predominaban las familias de ascendencia judía que se enfrentaban al llamado "dilema de la asimilación", y en este sentido Camino a campo abierto constituye -como la posterior El profesor Bernhardi, que sí conservó la forma teatral- una lúcida, conmovedora y tristemente premonitoria denuncia del antisemitismo latente en una sociedad que pocas décadas después convertiría en realidad las más atroces pesadillas.

En principio, Schnitzler presenta a su personaje principal como el protagonista de una novela de formación al clásico modo alemán, que es lo que al parecer se había propuesto, pero la complejidad de los caracteres, la tensión de fondo, la atmósfera fin de época, son las que dan a la novela una tonalidad absolutamente moderna. Impresiona la conciencia de la vulnerabilidad de un orden que se presumía tan sólido, el modo como se refleja la intuición de su próximo final, el certero diagnóstico acerca de la enfermedad moral que iba corroyendo los cimientos de una de las sociedades más cultas y civilizadas de Europa. No es Schnitzler quien habla, sino sus personajes, y bajo la superficie de lo que dicen o callan leemos todo eso, las ilusiones perdidas, el fracaso de todo un sistema de convivencia que primero colapsará y luego seguirá degenerando hasta alumbrar -por fortuna, el autor no vivió para verlo- un horror de magnitud inimaginable. A las alturas del siglo, el baile seguía, pero los más perspicaces ya sabían o adivinaban que el tiempo de la dicha era cosa del pasado.

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