Sencillamente Cyrano

  • El actor vallisoletano José Pedro Carrión borda el papel protagonista de la emblemática obra de Edmond Rostand

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A veces ocurre que un personaje novelesco llevado al cine o al teatro pierde su fuerza si quien lo interpreta, esto es, el que lo lleva a la gran pantalla o se sube a un escenario, no logra transmitir todos sus rasgos, toda la personalidad salida de la pluma del autor y de su imaginación. Ahora bien, pasa a menudo que un personaje se potencia si quien lo encarna posee toda el nervio interpretativo, todos los ingredientes necesarios como para olvidarnos incluso de la novela o de la obra de teatro. Y fue eso, precisamente, lo que ocurrió el jueves en el Teatro Villamarta, con un José Pedro Carrión en el papel de Cyrano de Bergerac que, para bien o para mal de la función, se comió literalmente el escenario y a sus compañeros de reparto, dicho sea esto último con todos los respetos. Pero, vamos por partes.

El primer acierto del montaje es que, a medida que va entrando el público, los actores se mezclan con ellos en el patio de butacas ataviados con el excelente vestuario con el que empiezan la función. Desde una platea a un palco, dos mozalbetes charlan entre ellos soltando chanzas que cruzan el patio de butacas ante la sorpresa de una parte del respetable y la indiferencia de la otra. Pero está bien, repetimos, porque, además, sirve para involucrar al espectador incluso desde antes que comience el espectáculo. Después, con las luces ya apagadas, comienza la obra y es el propio Cyrano quien, desde el fondo del patio de la sala, inicia su admirable papel.

No sería justo de ninguna manera que olvidáramos el trabajo de Rosana (Begoña Maestre) o el de Cristián (Cristóbal Suárez), o el de De Guiche (Fidel Almansa), porque sin ellos la historia es imposible de contar, mas no hay más remedio que hincar la rodilla ante el oficio de José Pedro Carrión. No, no decimos la fuerza de Cyrano, mencionamos directamente al actor que eclipsó con su timbre de voz, su dicción y su templanza al resto del reparto. Es este Cyrano de Carrión más inteligente, independiente y, en ocasiones, más soberbio que ningún otro. Mandó a la sombra cualquier intervención de unos actores extraordinarios que, como ya se ha dicho, sucumbían de continuo ante la maestría del actor vallisoletano.

Magnífica puesta en escena con duelo a espada en el principio del primer acto. De película. Coreografía milimétricamente preparada en la lucha y vestuario eficaz y vistoso. No podemos decir lo mismo del decorado, a nuestro entender ciertamente desconcertante, con lugares que no eran o no parecían lo que querían representar, algo, de todas formas, secundario si nos atenemos al desarrollo de la obra con un texto precioso, cargado de ironía unas veces, de melancolía otras en esa búsqueda constante del amor imposible que trata de conquistarse por medio de epístolas amorosas.

El amor, Cyrano y su nariz, la poesía, la lealtad y la amistad, el cóctel de valores con unos ingredientes tan difíciles de encontrar hoy que el texto de Rostand, además de bien escrito, es una elegía a esas valías que ya en el siglo XIX, cuando se escribió la obra escaseaban. Por suerte, Cyrano de Bergerac nos lo recuerda y nos llena de una esperanza a veces perdida por las cosas que añoramos o que nos son imposibles de tener. Y no habla Rostand de las cosas materiales, frías y deshumanizadas, sino de los sentimientos y del corazón. Cosas que nos haría mejores si no las olvidáramos.

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