Letras hoy

La aventura de la vida

  • Walt Disney Pictures ha puesto en el mercado una edición especial de la película 'El libro de la selva' l Ninguno de los filmes hacen justicia al título en que se basa, 'El libro de las tierras vírgenes'

Hace unos meses, la Walt Disney Pictures puso en el mercado una edición especial de la película El libro de la selva (1967) con motivo del cuarenta aniversario de su realización. La película es importante por varias razones: se trata de la última producción supervisada personalmente por Walt Disney antes de morir, además de una adaptación tan libre como brillante, y mejor que el resto, del libro de Rudyard Kipling, Premio Nobel de Literatura en 1907, en éste se han cumplido cien años. Estas líneas surgen de estas coordenadas y como invitación: tanto o más recomendable que aquella magnífica película -inspirada en realidad en unos pocos episodios suyos, los más benévolos- es la matriz literaria, El libro de las tierras vírgenes (publicada originalmente en 1894); si los filmes han podido hacerle sombra, la verdad sea dicha: ninguno le ha hecho justicia.

El libro de las tierras vírgenes se cimienta en algunos puntos cruciales del género de aventuras. Por un lado, propone un relato de aprendizaje; por otro, un encuentro con la alteridad. El protagonista de los primeros ocho relatos es Mowgli, un niño salvado por unos lobos de las garras de Shere Khan, un peligrosísimo tigre cojo que no duda en matar por placer -una actitud que contraviene las más elementales leyes de la selva-. Mowgli es adoptado por la manada y puesto bajo la tutela de un oso, Baloo -un personaje casi anecdótico-, y una pantera, Bagheera, que estuvo cautiva en la ciudad de los hombres. El niño, como todo niño, se mete en problemas porque con lo poco que sabe, está convencido de poder interpretar el mundo; en una ocasión, se deja capturar por una tribu de simios y Bagheera y Baloo sólo lo librarán recurriendo a Kaa, una serpiente pitón de nueve metros y más vieja que muchos árboles de la selva, que, antes de darse un festín a costa de los raptores, advierte a Mowgli: "Cuida, hombrecito, de que algún día, allá a la hora del crepúsculo, al acabar de cambiar yo la piel, no me equivoque y te tome por un mono". La aventura siempre es el peligro.

No estoy seguro de que El libro de las tierras vírgenes se adecue a los parámetros de cuanto hoy entendemos por "literatura juvenil", pero no importa. El hecho es que Rudyard Kipling no escamotea al joven lector los aspectos más duros de sus historias. La aventura es el encuentro con la vida y Kipling sostiene que si en la vida jamás escasean el miedo, la violencia, la perversidad o la superstición, todo ello debe estar, y no en pequeñas dosis, en sus páginas. Hay algún relato inquietante por su extrema crueldad, como el titulado Los perros jaros, en el que Mowgli y sus amigos se enfrentan a una jauría de perros salvajes; de ellos se dice que siembran la destrucción allá por donde pasan, pero el escritor, más que su ferocidad, muestra el cálculo y la saña con que serán exterminados. Mowgli tiene poco que ver con el candor impoluto de Peter Pan u otros personajes adolescentes; es un niño crecido en una circunstancia extrema, en la que se caza o se es cazado, y no es raro sorprenderlo con las manos manchadas de sangre. Además madurará y no dudará en dejar atrás la fantasía cruda de la niñez en la jungla. Kipling nos dice de él que al hacerse hombre, se casó. "Y desde entonces su historia es ya para personas mayores", añade.

Otros cinco relatos del libro están también ambientados en la India y los protagonizan una mangosta enfrentada a un matrimonio de cobras (Rikki-Tikki-Tavi), los animales de carga del ejército inglés (Los servidores de Su majestad), un cocodrilo, un chacal y una grulla (Los enterradores), un santón que salva una aldea de un desastre (El milagro de Purun Bhagat) o un chico con un don especial para comunicar con los elefantes (Toomai el de los elefantes). Dos cuentos más, Quíquern y La foca blanca, nos transportan a una geografía muy visitada antaño por el género: los confines del Círculo Polar Ártico, unas tierras tan vírgenes como las densas junglas indias.

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