La bestia domesticada

En su segundo asalto a Hollywood tras Perdita Durango, esta vez vía Inglaterra, Álex de la Iglesia se deja por el camino buena parte de la identidad esperpéntico-posmoderna que había forjado hasta ahora lo mejor de su carrera (El día de la bestia, Muertos de risa, La comunidad), señas de identidad que se condensaban en una iconoclasta actualización de cierta tradición deformante hispana trenzada con los mimbres y las formas del cine de género norteamericano.

A partir de la novela de Guillermo Martínez, Los crímenes de Oxford pareciera querer borrar a su autor a toda costa, en una demostración de artesanado, transparencia y eficacia narrativa que pudiera servir tal vez como carta de presentación para futuros proyectos en el mercado internacional. La operación de reciclaje se salda, empero, con la película menos lograda de De la Iglesia, un cluedo ambientado en los años 90 (¿vuelta a empezar, tal vez?) que dibuja un paisaje genérico a mitad de camino entre la novela criminal de Agatha Christie y las intrigas hitchcokianas que buscan al culpable a lo largo de todo el filme entre sucesivas revelaciones y golpes de efecto.

De la Iglesia renuncia aquí a sus habituales salidas de tono en favor de una puesta en escena muy poco perfilada (al margen, claro está, de ese plano-secuencia central que se convierte en un alarde sin más prolongación) que sigue al pie de la letra los excesos de un guión farragoso y veborreico que se empeña en hacer avanzar la acción a golpe de palabras y más palabras, tantas que el espectador termina agotado y confuso. Palabras, todo sea dicho, que evidencian su puerilidad y poca sustancia bajo una aparente trascendencia filosófico-matemática.

El descalabro se cierra, o se abre, según se mire, con un improbable reparto internacional en el que Elijah Wood no da nunca la talla como galán en prácticas, mientras que Leonor Watling, generosa como siempre, apenas trasciende el papel de mujer-florero (con delantal) estratégicamente colocada por los guionistas como elemento decorativo y funcional antes que como personaje con entidad. Y como ella, el resto. Tan sólo el bueno y arrugado de John Hurt, viejo zorro curtido en una y mil batallas de trámite como ésta, mantiene el tipo con cierta entereza en este enredo frío e imperdonablemente aburrido.

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