El viajero apasionado

El cauce que lleva a Mecina

  • El río Cádiar regala a su paso por los parajes más altos de la Alpujarra multitud de estampas naturales inconfundibles

Olivos, limoneros, cortijos con flores y abundante agua dulce serán los compañeros de esta extensa ruta alpujarreña que comienza en Órgiva y que finaliza en Mecina Fondales. El río Guadalfeo, que va cambiando de nombre a la vez que de paisaje y adopta los apelativos de Sucio, Chico o Seco, en los alrededores por donde se va a mover el viajero en esta ocasión se conoce como río Cádiar. La soledad será otra de las constantes del camino, puesto que se trata de uno de los lugares más tranquilos de la Alpujarra. Por último, será necesario llevar en la cantimplora una buena preparación física, ya que el recorrido -por su extensión y dificultad en algunos tramos- no es apto para principiantes.

La jornada comienza al este de Órgiva. Más arriba del Instituto de Enseñanzas Medias, parte el camino a Tíjola, que pertenece a la capital de la Alpujarra, y va cruzando el río Seco y el barranco Hondo, atravesando entre olivos numerosos cortijos con flores en sus porches y hermosas huertas. La carretera sigue asfaltada hasta el cortijo Granadino.

Una de las vistas más hermosas es la de Los Tablones, anejo que también forma parte del término municipal de Órgiva, en el que en esta época del año se puede observar una visión inmejorable del contraste de la nieve en las cimas con el blanco del pueblo y el verde luminoso que desprenden las montañas y que enmarcan por abajo los olivos.

La ruta sigue hasta pasar la cortijada de los Agustines. Allí se sube por un barranquillo de adelfas y granados bajo la sombra de eucaliptos (uno de los lugares recorridos hasta ahora con más encanto), se deja un pequeño carril a la izquierda que se introduce en un cortijo y continúa por la vereda que sube hasta la acequia de las Ventanas.

A continuación, se toma a la derecha un tramo lleno de vegetación, para cruzarla (una laja hace de puente) y continuar subiendo por una vereda hasta el cortijo Cuatro Vientos situado junto a la pista. Al mirar hacia atrás se ven árboles cargados de limones que recuerdan el título del libro de Chris Stewart, que describe su vida en esta zona.

Enseguida hay que tomar una pista convertida en un carril de tierra, pasar un cortijo, dejar el carril que sale a su derecha (éste baja cerca de la junta del río Cádiar con el Trevélez-Poqueira). En la siguiente curva se pasa un viso y el viajero se adentra en el valle, que algunos senderistas dicen que les recuerda a la cordillera del Atlas.

Una vez superado el cortijo de la Cenicera, hay que obviar un carril que sube a la izquierda y cuando se llega al cortijo El Duque ya se abandona definitivamente la pista para alcanzar el río. Se baja entre cañizos y se vuelve a cruzar, como el que no quiere la cosa, a la acequia Ventanas. Ésta es una manera de aproximarse al cauce y subir por él 200 metros para tomar un desvío a la derecha y llegar al río Trevélez-Poqueira.

Ochocientos metros más arriba se unen el río Poqueira y el río Trevélez, por eso a esta zona se le llama La Junta. Al cruzar el río por un curioso puente de madera, se pueden ver debajo las piedras de color marrón, que las ha tintado el agua ferruginosa que lleva su cauce.

Al seguir río abajo por una pista de acceso complicado, se llega al cortijo Valero. Tras superarlo sube serpenteante siguiendo aproximadamente el recorrido de lo que era un antiguo camino real.

Hay que recuperar fuerzas, puesto que toca ahora subir un fuerte desnivel entre gayumbas y retamas. También se asoma alguna higuera y parcelas de almendros todavía cultivadas. Se pueden ver entre ellos una base de cemento, que era la plataforma de un teleférico minero.

Cuando ya se alcanza cierta altura, aparecen a la izquierda las ruinas del cortijo Hoya Monte situado fuera de la pista junto al frescor de las encinas, allí donde suelen cobijarse las ovejas. Y encima el Algibillo Quebrado. A la derecha es todo un lujo vislumbrar los enebros con su especial porte, junto a la repoblación de pinos.

Esta zona, conocida como la loma de Campuzano, hasta hace poco estaba cultivada de almendros y viñas, pero con el tiempo estas últimas fueron abandonadas, entre otros motivos porque se las comían los jabalíes. Los lugareños recuerdan cómo esas uvas daban para 800 arrobas de vino. Ellos y los arrieros bebían del aljibe árabe que aparece tras una curva. Éste se alimentaba de una acequia que recogía las aguas de lluvia. Aquí la ruptura del paisaje es brutal. Enfrente, un mosaico de pueblos adorna la ladera de la gran montaña.

A la izquierda, fuera del camino, quedan las ruinas de un trasformador que sirvió para darle fuerza a los vagones aéreos que llevaban el mineral de hierro de las minas del Conjuro a la estación de Rules (al sur) y desde allí, ya cerca de Motril, lo bajaban en camión al puerto. Toda esta instalación, pese a su complejidad, tan sólo se aprovechó durante trece años y medio, desde el periodo que va desde julio de 1955 hasta finales de 1968, cuando ya se paralizó la extracción de mineral.

Tras la larga subida, se alcanza el punto más alto de la jornada, concretamente a 1.100 metros de altitud. Más adelante se abandona la pista que sin embargo continúa en sentido ascendente, para tomar a la izquierda otro carril que baja al Corral Forestal y al viejo Corral de Castilla. Desde este punto, una vereda empedrada conduce a los pueblos que se divisan justo enfrente. La bajada en zig zag (escarihuelas que se llaman en la comarca) se abre camino entre rocas cubiertas de vegetación.

El río Trevélez se cruza por un puente del que merece ver toda su base de piedra y un molino adosado en el que se descubren sus piedras de moler.

En la otra vertiente, el viajero continúa a la izquierda mientras que a la derecha deja unas rocas con una pequeña poza junto a los alisos.

Entre huertas, acequias, castaños, acacias y sauces, se alcanza el pueblo de Fondales que da la bienvenida al sediento caminante con una fuente. Desde aquí otro camino de herradura sube hacia el norte y por él se llega a Mecina donde se encuentran hoteles y restaurantes para el avituallamiento y finaliza el trayecto.

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