Fila siete

El infierno de la violencia

Ninguna sorpresa en el regreso de uno de los veteranos action hero del cine norteamericano. En este caso el popular Rambo (1982), que tantas secuelas y remedos ha tenido. Era de esperar tras la experiencia taquillera de Rocky Balboa (2006), que vimos el año pasado y que era la sexta versión de la azarosa vida del famoso boxeador, y la esperada comercialidad de las secuelas anteriores, ésta es la cuarta, en la trayectoria fecunda por sus recaudaciones de esta saga. Dice que esta es la última y definitiva entrega de las aventuras del mito legendario de las guerras sucias de nuestro tiempo. El ex soldado vuelve veinte años después de que se estrenara la tercera parte de la infatigable carrera del héroe.

A nadie puede sorprender, tal como están las cosas hoy en la cinematografía norteamericana, que Sylvester Stallone vuelva a lo suyo para arrojarnos de nuevo sin más contemplaciones al infierno de la violencia. Encontramos a John James Rambo de nuevo en la jungla al norte de Tailandia, pescando y cazando cobras para luego venderlas. Todo cambia para él cuando un grupo de misioneros le pide que les guíe hasta la frontera con Birmania para suministrar medicinas y alimentos a unos refugiados que se ven asediados por el cruel ejército birmano. El conflicto que mantienen los birmanos y los karennis dura sesenta años y es la más larga de la historia.

Escrita, producida, interpretada y dirigida por Sylvester Stallone ha pretendido encontrar un pretexto para concluir la saga. Un nuevo, encarnizado y violento enfrentamiento que parece colmar las aspiraciones del vetusto combatiente y a la vez las ambiciones del realizador por rentabilizar la olvidada fama de sus películas sobre este personaje, que, sin duda, hará las delicias de los que recuerden con nostalgia los éxitos de otros tiempos. Una evocación, una añoranza que Stallone trata de conjugar con esa limitación imaginativa que padece Hollywood, que vuelve una y otra vez con nuevas versiones de viejos o recientes éxitos. Al fin y al cabo tiene el mismo derecho que otros a tratar de explotar la memoria de sus triunfos.

Uno ante esta patética y disparatada reaparición ha de tomarse las cosas con la displicencia que merecen. Por eso no entiendo como algunos críticos vuelven a sus dicterios de siempre sobre ciertos planteamientos reaccionarios que disparan por elevación alimentando fobias ya conocidas, recalcitrantes y realmente desgastadas. No merece tomarse en serio este producto comercial, incluidos sus excesos radicales, sus delirios y efusiones sangrientas, que alcanzan extremismos con aires "gore" y mimetismos que nos llevan desde el más desaforado cine bélico a otros modelos difícilmente imitables, aunque puedan encontrarse ciertos parecidos. Dudo que Sylvester Stallone los conozca.

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