La nostalgia es caprichosa e injusta

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Lo kitsch y lo retro se citan cuando Luis Aguilé (Buenos Aires, 1936) se sube al escenario. El cantante hispano-argentino es una suerte de ventana en el tiempo, y con el espectáculo que durante tres días ha estado en el Teatro Alameda nos ha permitido saber de dónde venimos, y entender que, aunque muchos crean lo contrario, no hemos cambiado tanto.

El mayor problema con lo que Luis Aguilé, humorístico y pícaro sobre el escenario en una traducción hispana de la figura del crooner, es que usa de fondo música grabada. Así no, lo siento. Salvo con la mejor intención, lo que Aguilé hace es sólo karaoke. Su problema hoy no es el repertorio, ni sus muy anticuadas maneras de defenderlo, más propias de un cabaret franquista, sexualmente reprimido y moralmente represor, sino que la música en directo le salvaría de parecer apenas una sombra, y no es justo: este hombre compuso Cuando salí de Cuba, más de lo que harán muchos de los que no saben quién es.

¿Por qué se ha arriesgado tanto Luis Aguilé? Con la excusa de presentar un tema de nueva creación, Señor presidente, que pronto aparecerá en un álbum recopilatorio, Ciudadano Aguilé, el autor de Un fiel trovador se ha limitado a repetir un viejo espectáculo, con sus mismo viejos chistes y su anticuada puesta en escena -el momento de Camarero champagne es verdaderamente de otra época-. ¿No es eso tener un manual de estilo propio? Sí y no, claro. Algunos, no muchos, aún recordamos al Aguilé fresco y chispeante de décadas pasadas y le perdonamos, y casi aplaudimos, que crea que es "una lata el evolucionar", que es lo que le pasa, pero esto que hace el hombre de Ven a casa esta navidad no es para nadie que no le ame. Ah, la nostalgia es tan selectiva como injusta.

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