El particular universo de verdad pictórica

No ha pasado desapercibida esta exposición de Juan Francisco Casas en Madrid. No podía hacerlo por la contundencia de su trabajo y por la espectacularidad de su estructura formal. Además, en este universo artístico de medianías, adocenamientos y escaso sentido creativo una pintura tan particular y única como la del artista nacido en La Carolina no podía dejar indiferente y tenía que trascender, a la fuerza, más allá incluso de los estamentos artísticos -el interés mediático que ha despertado ha sido impresionante-. A nosotros este éxito no nos coge de sorpresa. Juan Francisco Casas es, a pesar de su juventud, un firme y seguro valor de la plástica que ha nacido del entorno granadino y que se ha ido forjando desde los siempre importantes y favorecedores espacios de la Galería Sandunga. Allí conocimos su obra y desde allí hemos seguido los pasos -incluso hasta allí hemos acudido cuando hemos querido contar con la obra de Juanfran Casas para alguna muestra que nosotros hemos comisariado -.

La particularidad de la obra de este artista no reside sólo en su personal motivación estructural desde los siempre complicados esquemas de un dibujo determinante, puesto en escena desde los medios materiales de un bolígrafo bic; es también el desarrollo formal y representativo y, sobre todo, el planteamiento conceptual y esa jocosa manifestación de una realidad que el pintor convierte en casi un juego. Desde el primer momento el artista nos ha situado en un estamento representativo novedoso, con la realidad dejando constancia de una posición distinta que hacía entrever un espacio lleno de ironía, sentido crítico y festiva materialización.

La pintura de Juan Francisco Casas no se queda en los horizontes de un virtuosismo que llega a abrumar. Va mucho más allá, traspasa las fronteras de lo simple y epidérmico y se adentra por un novedoso medio donde la realidad adopta sus modos más inquietantes. En sus imágenes, felizmente acondicionados desde una soltura plástica imponente, el artista acomoda sus intenciones representativas a unos juegos de magia, de complicidad, de festiva naturaleza figurativa donde lo real manifiesta arbitrarios guiños a un espectador que se hace cómplice expectante.

Estamos ante una obra diferente, genial, motivadora y, a la vez, esclarecedora. Nuestra última pintura se encontraba bajo mínimo y, aquí, renace con fuerza para posicionar los máximos planteamientos de un arte siempre nuevo y lleno de fresca naturalidad.

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