El periodista es el héroe

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Pensada a mayor gloria de los pérez-revertes y jonsistiagas del mundo, nuevos héroes del reporterismo mediático, La sombra del cazador nos trae una supuesta sátira a propósito de las guerras, la política y el periodismo de acción de nuestro tiempo, sátira inspirada en hechos y personajes reales y nacida de un artículo de Scott K. Anderson publicado en la revista Esquire.

Protagonizada por el ubicuo y cada vez menos creíble Richard Gere y por el nuevo sex symbol del star system afroamericano Terrence Howard (Crash), o lo que es lo mismo, por la típica pareja multirracial de colegas dispuesta a entenderse a su pesar, La sombra del cazador juega a las guerras con un ojo guiñado, a saber, intentando parodiar la seriedad y gravedad del asunto con una dosis de vitriolo crítico y algún chiste que otro sobre el papel de los ejércitos, las fuerzas internacionales, los servicios secretos y el periodismo (el que mejor sale parado, por supuesto, esto es un canto a la independencia y el coraje de los grandes profesionales del cuarto poder), todo a costa aquí de las pobres gentes de los Balcanes, marco sobre el que todavía hoy planean oscuros cuervos de corrupción y laissez-faire que mantienen sueltos y campantes a ilustres genocidas.

Como no podía ser de otra manera, nuestros valientes periodistas norteamericanos, curtidos ya en mil y una batallas, aficionados al lingotazo descreído y cínico, llegan al terreno para, escepticismo mediante, quedarse con el último scoop, con la primicia de localizar y entrevistar (y entregar si es preciso) a uno de los tipos más buscados del planeta después de Bin Laden.

La sombra del cazador se articula pronto como un filme de aventuras (pocas) y acción (en sordina) con mensaje antes que como una sátira aguda sobre los tejemanejes de la geopolítica y el periodismo bélico: abunda así el estereotipo, la caricatura y todo lo que sea necesario para que nuestro trío de ases (Gere, Howard y el inevitable becario que se les une) salga éticamente intacto de un conflicto protagonizado por carniceros de tebeo, amenazas de pegote y agentes secretos salidos de la saga de la Pantera Rosa. El problema es que, para entonces, la película hace ya tiempo que ha decidido tomarse a sí misma y a su discurso tan en serio (véanse los risibles accesos de dramatismo o las escenas de peligro resueltas a través de pueriles fórmulas con deus ex machina) que no se sabe ya bien qué es parodia o qué simple incapacidad para ir más lejos.

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