El 'semidrama' de Orfeo

No sin su parte de razón, manifiestan muchos una innata recelosa suspicacia respecto de toda ópera ofrecida "en versión de concierto". Si se acepta que la esencia misma del género estriba precisamente en su carácter mixto, en ésa su bifronte naturaleza de "teatro musical", la apuesta de confinarlo en su faceta meramente sonora podría ser entendida como una suerte de ilegítima y traidora desnaturalización que, privándolo de lo que le es sustantivo, lo condena justamente a presentarse bajo la desnuda epidermis de su carácter adjetivo.

De ahí que se venga optando cada vez más frecuentemente -de cara a abaratar costes sin traicionar por ello en demasía el espíritu- por el camino de en medio de las "versiones semiescenificadas", una solución posible y plausible siempre y cuando se renuncie a emprender el sendero de lo fácil y trillado y, consecuentemente, se ponga a funcionar a todo gas la caldera de la imaginación. La idea motriz sería ésta: que lo efectivamente presentado brille tanto y con tal destello que pueda llegar a compensar y hacer olvidar todo aquello que se esté dejando "en el tintero".

Ése parece ser también el punto de partida del 'Orfeo' concebido al alimón por Claudio Cavina y Francesco Micheli, brindado la noche del pasado sábado en nuestro Teatro Villamarta. Su lectura del mito, rigurosa e "historicista" en lo musical, se muestra sin embargo libérrima e irreverente en lo dramático, sin desdeñar la nota estridente en el diseño de figurines (verdadero "cacao" de estilos y tendencias, en una suerte de "commedia dell'arte" puesta a la hora del día), ni la pincelada humorística en lo coreográfico ("bailoteos" hay que más parecen fin de fiesta de una borrachera compadrera que otra cosa; otros, en cambio, los hubiera acogido gustoso en su repertorio el mismísimo Tony Manero). Haciendo uso apenas de cuatro elementos cotidianos en el atrezzo, regulando con buen pulso la iluminación, dirigiendo a los actores con sentido del drama, se da a la luz una puesta en escena perfectamente válida, convencida y convincente. Queda demostrado con esto, una vez más, que en el teatro el único derroche digno de aplauso es el de imaginación.

Con todo, lo mejor nos llega del capítulo musical del espectáculo. Al frente de una agrupación instrumental tan solvente y entendedora como pulcramente conjuntada, Cavina dibuja una lectura del 'Orfeo' monteverdiano presidida por la delicadeza en el tejido de las texturas, si menos enfática, trepidante y cegadoramente luminosa que las de otras batutas -pienso, por ejemplo, en un Jacobs o un Garrido-, desde luego no menos atractiva ni hechicera. Sobresalen, en el plantel canoro, el Orfeo de Guadagnini, recio, viril e inmaculado, así como la aportación de una Emmanuela Galli plena de intencionalidad expresiva y capacidad para el matiz diccional en su doble rol de Eurídice y de la Música. La veterana Gloria Banditelli, por su parte, firma una recreación absolutamente inatacable de la Mensajera, por su relieve expresivo y su contundente carga dramática. Apuntemos para terminar, con todo, que no cabe registrar error ni fiasco algunos en la selección de cantantes, pues cada cual cumple con lo suyo con sobradas eficiencia y sabiduría dramática.

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