El tipo al que no se le movía un músculo

Charles Chaplin nunca pudo toser a Buster Keaton en sus maravillosos largometrajes. De estilos muy distintos, indudablemente, los hallazgos cinematográficos de ambos son inmensos, en el primero de narración y en el sundo de ritmo. Pero es otro cantar cuando nos ponemos a ahablar de sus cortos. Si nadie puede negar, y no puede, que La quimera del oro o El maquinista de La General son dos obras maestras, cualquiera puede contemplar a simple vista que Buster Keaton era un maestro del relato corto y Chaplin no tanto. Aquí está la era del DVD para demostrarlo. La edición de todas las películas cortas de Buster Keaton (al tiempo, por cierto, que las de Chaplin) nos va a descubrir un universo no ya desternillante, que lo es, que sigue haciendo reír a cualquiera, sino unos hallazgos que obligadamente sitúan al hombre de la cara impenetrable en un referente obligado de la evolución de la historia del cine. Su laconismo no era una pose, sino un modo de contar todo con nada. Esto tiene que ver con la elipsis, el talento y, ante todo, el escepticismo.

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