Sevilla | barcelona · la crónica

Cayó en la trampa como un pardillo

  • Amargo El Sevilla le concedió un empate a un mediocre Barcelona por carecer de paciencia cuando lo tuvo todo a su favor Dos partes Los blancos crearon muchas ocasiones hasta el descanso, pero no supieron aprovechar su ventaja después

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Empate con sabor amargo para el Sevilla por mucho que enfrente estuviera ese Barcelona que pelea por acercarse al Real Madrid en la cabeza de la tabla. Los hombres de Manolo Jiménez tendrán motivos para tirarse de los pelos cuando realicen un balance sobre lo sucedido en la noche de ayer en el Sánchez-Pizjuán por la sencilla razón de que cayeron en la trampa tendida por Rijkaard en el descanso como unos verdaderos pardillos. Con uno a cero en el marcador y el partido más que controlado, los sevillistas no supieron aprovecharse del suicidio al que había conducido el entrenador holandés a los suyos. Al contrario, ofrecieron una imagen precipitada, queriendo subir los escalones de la escalera de dos en dos en lugar de hacerlo todo con la tranquilidad y el oficio que exigía el encuentro a esas alturas. Y hasta pueden dar las gracias al final por haber añadido un punto a su casillero clasificatorio.

Tal vez sea el problema originado por las urgencias con las que se mueve este Sevilla en un curso en el que concedió demasiados puntos de ventaja a quienes litigan por los mismos objetivos que él, pero no es bueno caer en la precipitación cuando se quiere recortar semejante distancia, es mucho mejor ir con tranquilidad, con sosiego. De haberlo tenido ayer el Sevilla, en estos momentos podría estar disfrutando de un triunfo grande, de una victoria de prestigio frente a un rival que quedó empequeñecido durante tres cuartas partes del choque y que incluso tuvo opciones para llevarse la alegría completa después de la expulsión de Keita. Se trata ni más ni menos de acudir al libro de las frases hechas y repetir una y mil veces que hay que ir partido a partido, que esas diferencias en la clasificación no se pueden recortar en una sola jornada.

Pero no, el Sevilla, en el análisis exclusivo de este encuentro frente al Barcelona, pecó de precipitado, de no saber leer un partido de fútbol que se le puso cuesta abajo después de madurarlo a conciencia durante el primer periodo. Porque el planteamiento inicial fue el correcto. Como en los dos partidos de Copa, Jiménez diseñaba la contienda con la idea obsesiva de que Xavi e Iniesta, sobre todo el primero, no pudieran recibir el balón. Era la manera ideal de provocar un cortocircuito en el juego de los azulgrana y a ello se dedicó de manera más que generosa Keita. Poulsen, mientras, era el encargado de Iniesta, aunque éste intervenía mucho menos. El resto de los integrantes del Barcelona tenían venia para conservar el balón, aunque siempre que estuvieran más cerca de Víctor Valdés que de Palop.

A partir de ese pilar básico, el Sevilla comenzaba a construir el edificio a través de una circulación rapidísima de la pelota cada vez que la recuperaba en el centro del campo. La forma preferida era llevar el esférico hasta las bandas, entre otras cosas porque el estado físico de Kanoute impedía al francés asegurar la posesión como lo ha hecho en tantas y tantas ocasiones para convertirse en una especie de pivote sobre el que giraba todo el ataque que era letal para los adversarios.

Bajo esos parámetros, tal vez engañosos, pues parecía que el dominio de la situación le correspondía al Barcelona cuando era justamente lo contrario, el Sevilla se sintió cómodo y llegó a provocar un sinfín de ocasiones de gol ante el equipo que menos tantos ha encajado durante todo el campeonato. Sin embargo, Víctor Valdés estuvo estelar en esa fase, aunque tampoco podía tapiar su portería y en una llegada por la derecha de Jesús Navas el pase del palaciego fue rematado a la red por Diego Capel.

Era el premio al fútbol inteligente que estaba desarrollando el Sevilla hasta ese momento. Pero el fútbol es increíble y toda la clarividencia se les fue a los blancos cuando más fácil les puso las cosas Frank Rijkaard. El holandés se la jugó con Márquez y Ronaldinho y se desprotegió tanto atrás que los blancos entendieron que aquello sería un paseo. Sin embargo, el fútbol es contradictorio y entonces fue cuando Víctor Valdés dejó de sufrir.

El Sevilla quiso llegar hasta la portería rival antes de tiempo y al final siempre regalaba el balón por la precipitación, por la mala circulación del balón, ya que todos querían dar el pase de gol definitivo. Eso, lógicamente, llevó a que el Barcelona pudiera moverse más cerca de Palop y en una de ésas Xavi apareció desde atrás para asestar un golpe que dejó noqueados a los locales. El Sevilla hasta pudo perder todo el botín, pero seguro que sus futbolistas se retuercen de rabia cuando recuerden hoy lo fácil que lo tuvieron contra el Barcelona y cómo cayeron en la trampa de Rijkaard. Cosas del fútbol.

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