Combatiente en los dos frentes

  • Fallece en Galicia a los 88 años Luis Cid 'Carriega', ex del Sevilla y del Betis

  • El entrenador supo cogerle como nadie la medida al cainismo desde las dos orillas del fútbol según Sevilla

A los 88 años de edad fallecía en su pueblo orensano de Allariz Luis Cid Pérez, Carriega en el mundo del fútbol y uno de los pocos entrenadores que han sido inquilinos de ambos banquillos del fútbol según Sevilla. Primero en el Sevilla y luego, y en dos etapas, en el Betis, la década que abarca desde 1976 a 1986 no se comprendería sin que la figura de este gallego no estuviese bien presente.

Carriega fallecía la noche del lunes víctima de un infarto de miocardio y era considerado como el más importante hombre de fútbol de la provincia de Orense. Tal era su importancia que las instalaciones deportivas de Allariz llevan su nombre. De todas formas, siempre se consideró celtista y tuvo en Vigo su domicilio principal hasta que en estos últimos años se retiró a su pueblo.

La primera vez que Luis Carriega vino a Sevilla fue como futbolista del Oviedo y para jugar en Heliópolis un partido correspondiente a la liguilla de ascenso a Primera División. Ya como entrenador fue con el Sporting de Gijón con el que vendría y ahí, en el equipo asturiano, es donde Carriega empezó a labrarse un nombre en el inestable mundo de los banquillos. Y fue quien puso la primera piedra para un Sporting magnífico y que ya entonces contaba con una delantera tan principal como la que formaban Megido, Quini y Churruca.

Recién ascendido a Primera de la mano de Iriondo, el Zaragoza fichaba a Carriega en junio de 1972 para cubrir una de las etapas más gloriosas del club maño. Era el Zaragoza de los zaraguayos y su nombre se debía, principalmente, a la dupla que formaban en ataque los guaraníes Nino Arrúa y Carlos Diarte. Y con ese Zaragoza, Carriega logró el subcampeonato de Liga 74-75 y el de Copa de 1976.

Esa final fue la última bajo la denominación de Generalísimo, la perdió con el Atlético de Madrid de su tocayo Aragonés y sería su último partido con los maños, ya que Eugenio Montes ya había conseguido su firma como entrenador del Sevilla. Corría junio de 1976 y Carriega era presentado en la vieja secretaría de calle Harinas como sucesor de Roque Olsen, aquel argentino con alma de sargento que había sacado al equipo del pozo de la Segunda y que había completado un digno reingreso en Primera.

Ya era ídolo sevillista Biri Biri, pero una estrella argentina iba a llegar casi a la vez que Carriega. Se trataba de Héctor Horacio Scotta, el hombre que iba a darle la primera alegría a Carriega y a los sevillistas pocos días después. Un scottazo al Betis en la final del Ciudad de Sevilla colmaría de júbilo a media ciudad y elevaría al Gringo a la categoría de ídolo principal de aquel Sevilla.

Era el Sevilla de Superpaco, Gallego, Blanco, Jaén, Rubio, Sanjosé y un Enrique Montero que le debe a Carriega su consolidación como icono sevillista. Y en este caso se dio el viejo dicho de que quien bien te quiere te hará sufrir, pues hay que ver lo que hubo de sufrir aquella noche frente al Sporting en que las cosas no le salían al genio portuense para escuchar la mayor pitada que se recuerda por Nervión cuando fue sustituido.

Tres temporadas estuvo Carriega en Nervión. A la terminación de la primera dejó salir a dos emblemas como eran Enrique Lora y Biri y en el verano del 78, Montes Cabeza tiró la casa por la ventana recuperando al de Gambia y fichando a Gerolami, Juan Carlos, Joaquín y uno de los mayores portentos que vistió de blanco, un argentino que venía de proclamarse campeón del mundo y que atendía por Ricardo Daniel Bertoni. Sería su última campaña en el Sevilla y en ella logró otro Trofeo Ciudad de Sevilla, ser semifinalista de Copa y privar que campeonase la Real Sociedad gracias a una victoria épica en Nervión que agradecería sentimental y económicamente el Real Madrid, afortunado agraciado de aquello. Su último partido como sevillista sería en esa semifinal en el Bernabéu, que presenciaba desde la grada un tal Miguel Muñoz Mozún, ya fichado por un Montes Cabeza subyugado por el glamour del madrileño.

Muy poco fue el tiempo que Carriega estuvo en el paro, ya que se fue en junio del Sevilla y, sorpresivamente, recalaba en el Betis a mediados de septiembre. Sólo dos meses y medio en Allariz junto a su esposa, Luisa, y sus hijos Luis y Paquito. El Betis de León Lasa, recién ascendido, había perdido en casa con el Rayo Vallecano de Fernando Morena y goleado en el Camp Nou. Horribles sensaciones de un equipo que se había reforzado con el portugués Antonio Oliveira y el astur Enrique Morán y que buscaba en la capacidad de trabajo de Carriega su mejoría.

Y Carriega, que había ejercido de antibético furibundo en su etapa anterior, tomó el mando para que a la terminación de la primera vuelta se viese que le había dado la vuelta como a un calcetín. Era ya el Betis de Esnaola; Bizcocho, Peruena, Biosca, Gordillo; López, Alabanda, Cardeñosa, Benítez; Morán y Vital o Hugo Cabezas, una alineación que ya se recitaba de carrerilla. Acabó sexto, Oliveira sólo le había durado un par de meses, y es un curso que registra una de las mayores explosiones de júbilo en un domingo de preferia de 1980 en que el Betis derrota por cuatro a cero al eterno rival.

Y lo que son las cosas, ese antibético furibundo se convierte en bético fervoroso con el paso de los días. En el verano del 80, el presidente, Juan Mauduit, accede a sus deseos y le trae a su futbolista favorito para que la pareja atacante que forman Morán y el Lobo Diarte sea una amenaza cierta en Primera. Una exhibición en Atocha, feudo del vigente campeón de Liga, un 1-3 en el Camp Nou y un 0-4 en el Calderón son las cimas de un gran curso, pero todo en la vida tiene fecha de caducidad.

El 12 de junio de 1981 se escenifica en el hotel Colón el traspaso de poderes, una simbólica cesión de trastos de Carriega a su sucesor, que se llama Luis Aragonés. De esa forma acababa el primer capítulo de la historia que escribieron Carriega y el Betis. Ha pasado el tiempo, el gallego tuvo una fugaz presencia en el Atlético, el Elche y luego en su querido Celta, pero de nuevo iba a entrenar al Betis.

Era marzo del 85 y el Betis, que había competido en Copa de la UEFA, se encontraba en situación de claro peligro de descenso y la directiva que presidía Gerardo Martínez Retamero decidió sustituir a Pepe Alzate por el Gallego Sabio. Se salvaron los muebles en un agónico domingo de preferia en La Rosaleda para, seguidamente, eliminar al campeón de Liga, el Barça de Terry Venables, de la Copa en cuartos y caer ante el Athletic en semifinales en la ausencia más dolorosa de Gordillo, lesionado con la selección. También fue semifinalista de la Copa de la Liga en competida lid con el Atlético.

Ese verano abandonaron el Betis Esnaola y Cardeñosa que colgaban las botas y Gordillo, nuevo jugador del Real Madrid, casi nada el trauma. Vinieron Cervantes y Hadzibegic, la temporada fue muy discreta y en marzo decidían darle el cese para ser sustituido por Luis del Sol. Y ahí acabó la historia de un sevillista feroz en Nervión y bético hasta el tuétano en Heliópolis. Descanse en paz un currelante de los banquillos que supo convivir en las dos orillas del fútbol según Sevilla y al que se conocía como el Gallego Sabio.

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