Fracaso y violencia, un fútbol arcaico

Un punto, dos goles, una imagen desastrosa, dentro y fuera de los estadios, y un seleccionador a la fuga. Así abandona Rusia la Eurocopa, lejos de las aspiraciones fijadas que pasaban, al menos, por las semifinales.

La dimisión de Leonid Slutski la noche misma de la derrota por 3-0 frente a Gales marca bien el primer fracaso sonado del campeonato continental, el de una selección que sólo ha dado que hablar por el comportamiento violento de sus ultras.

A dos años del Mundial que organizará en sus tierras, la selección rusa tiene por delante un reto de enorme envergadura: recuperar a un equipo que se encuentra a la deriva.

Un fracaso que refleja bien el mal momento que atraviesa el fútbol ruso y que en la selección se ha saldado por una tercera fase final consecutiva sin superar la liguilla de grupos.

Desde que la Rusia liderada por Arshavin alcanzó las semifinales de la Eurocopa de 2008, el equipo ha entrado en una caída en picado paralela a la que sufre el fútbol en Rusia.

La salida tumultuosa de Fabio Capello del banquillo en junio de 2015, con el equipo al borde de la no clasificación para la Eurocopa de Francia, fue sólo un síntoma. Slutski, solución de recambio adoptada como medida de emergencia, sólo pudo detener la sangría. La llegada de un técnico local con un prestigio labrado en el CSKA de Moscú sirvió de revulsivo provisional y, con cuatro triunfos consecutivos, al equipo le llegó para conseguir la clasificación.

Pero ese éxito relativo no ocultó que Rusia es una selección en picado, con una media de edad de 28,8 años y 9 jugadores por encima de los 30, un equipo pensado para el corto plazo y no para preparar un Mundial casero.

Rusia gestionó como pudo la salida del carismático Capello, que se marchó dejando de paso vacías las arcas de su Federación, y Slutski, que sólo cobraría si conseguía buenos resultados, taponó de forma provisional la sangría. Pero al final los problemas surgen. El seleccionador tuvo que alinear a dos 9 en las bandas y componer un equipo sin sus dos principales estrellas, Dzagoev y Denisov, lesionados.

Con prisa, el presidente ruso, Vladimir Putin, nacionalizó a Neustädter, ex internacional alemán nacido en Ucrania, para reforzar al equipo, pero el experimento no ha funcionado.

Slutski, sabedor de que la tarea que le aguardaba era colosal, se marchó asumiendo toda la responsabilidad del fracaso, en un gesto que le honra. "Soy el único responsable de estos resultados. Tuve tiempo suficiente para encontrar a los jugadores. Si no hemos triunfado aquí, es por mi culpa", aseguró en las entrañas del estadio de Toulouse donde certificó su fracaso.

El mismo en cuyas puertas el lunes, poco antes del partido contra Gales, se fotografiaba tan campante Alexadre Shprygin, considerado el líder de los ultras rusos que mancharon para siempre la imagen festiva de la Eurocopa de Francia.

Shprygin, próximo a la ultraderecha rusa y con ciertos elementos del Kremlin, había sido expulsado por las autoridades francesas la semana anterior por desórdenes públicos.

Pero al final entró de forma clandestina en Francia, no sin antes dejar rastro de sus movimientos a través de Twitter, en una clara provocación a las autoridades locales.

El ínclito alborotador ha tenido más pericia y sus violentos objetivos, sin duda, mejores resultados que la selección a la que asegura apoyar.

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