la pelota de papel

Veneno y venganza

  • Tras años y años de derbis sevillanos en rojo, viró a un brillante verde por la vulgarización de la plantilla del Sevilla, sin apenas sangre caliente, frente a un Betis fanatizado por Serra

Un momento del partido en el Sánchez-Pizjuán Un momento del partido en el Sánchez-Pizjuán

Un momento del partido en el Sánchez-Pizjuán / Antonio Pizarro

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Unan la desastrosa planificación deportiva del Sevilla de la mano de su presidente, José Castro, y su director deportivo, Óscar Arias, al giro que ha dado el Betis de Ángel Haro conducido por la mirada aguda de Lorenzo Serra, y ahí se explicarán el 3-5, sin precedentes en los derbis de Nervión.

El aficionado sevillista ha recelado de su equipo desde que se llevara aquel mayúsculo susto en el play off de la Champions ante el modesto Basaksehir turco, cuando una falta directa que dio en el palo, en el último minuto, pudo enviar al club blanco a la lona. Luego, las palizas ante Spartak de Moscú, Valencia o Real Madrid, y la atonía del juego a las órdenes de Berizzo, vinieron a justificar esos temores.

El giro que dio Monchi hacia la escuela bielsista al contratar la pasada temporada a Sampaoli, que ha tenido su continuidad con Berizzo, ha cristalizado en una vulgarización de la plantilla, en la que abundan los jugadores de toque hueco, pierna blanda y corazón helado, y que además parecen no atravesar una buena condición física. Un equipo con cierta calidad, sí, pero en franca línea descendente desde sus tres coronas europeas con Unai Emery. Un equipo que se diría todo de algodón, como Platero: un perfil muy peligroso para afrontar un derbi ante un enemigo que supiera manejar los códigos de cómo jugarlo.

Y enfrente, esta vez no saltó a la hierba ese Betis acomplejado y arrugado que cayó 5-1 y 4-0 en recientes partidos de Liga u otra vez 4-0 en otro partido de Copa. Todo lo contrario. Salió un equipo con litros de veneno inoculado en sus venas bajo las directrices del doctor Serra. Un veneno de uso terapéutico, como el de las abejas, para cerrar tanta herida abierta: el Sevilla había ganado 18 de los 36 derbis desde 1999, por sólo ¡cinco! los verdiblancos.

Serra le supo transmitir desde su colmillo y su experiencia a cada recién llegado lo que suponía para el bético ganar el partido del pasado sábado. Encima, Haro dio un giro de tuerca prometiéndoles una prima. Y por si fuera poco, el médico del equipo, Tomás Calero, del que prescindirá el club, les lanzó una arenga en el vestuario antes de jugar: "La cosa más grande que tiene un futbolista en Sevilla es ganar aquí. Si ganáis aquí vais a vivir la mejor experiencia que vais a tener en vuestra vida, incluso más que ganar una Champions".

Serra ha recuperado para la causa a un buen delantero, Sergio León, al que le late el escudo del Betis. Como a Tello, un extremo de calidad que se estaba estancando fuera de España. Ambos marcaron en el Sánchez-Pizjuán. También Fabián, un medio con planta y maneras de pelotero carísimo. Y bético a machamartillo también: "Ha sido el día más feliz de mi vida", confesó en las tripas de Nervión.

Hasta los recién llegados ajenos a la religión bética se bautizaron pronto: Feddal, Guardado o Javi García jugaron con el cuchillo entre los dientes.

Enfrente, el veneno no era el mismo. Kjaer echaba la pelota fuera para que un bético fuera atendido tras varios parones por esa misma causa, cuando el Sevilla echaba el resto para empatar a cuatro. Y la grada, la misma que aplaudía el ardor extremo de Javi Navarro o Pablo Alfaro, enfureció con el danés. Jugar un derbi está lejos de recitar un tratado de buenas maneras.

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