Sevilla | barcelona · el otro partido

El respeto, un mal aliado

  • El equipo blanco tuvo el partido en su mano ante un Barça mediocre que empató en un chispazo · Jiménez ordenó a sus jugadores un paso atrás, a la postre letal

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Mucho va a echar de menos el Sevilla los dos puntos que volaron anoche del Sánchez-Pizjuán en uno de esos partidos esperados por afición y jugadores pero que, tras dar el Sevilla una lección de juego en el primer tiempo, se replegó delante de la portería de Palop a esperar que pasasen los minutos. Una decisión errónea de Jiménez, que mostró el respeto que el entrenador nervionense le tiene al Barcelona, aunque sea un grande venido a menos y que sigue vivo en la Liga por los chispazos de sus estrellas.

¿Cómo es posible que un equipo cambie su forma de jugar en el descanso? Miedo, respeto, impotencia... Muchos son los factores que pudieron influir para que el Sevilla no se llevara los tres puntos vitales para su lucha por Europa, aunque la lectura final del choque fue clara: el Sevilla no pudo con una de los peores versiones del Barcelona de Rijkaard.

Todo lo que era fiesta en el pitido inicial y en el descanso, se tornó en una gran decepción el final del encuentro, si bien es verdad que pudo ser peor para los intereses sevillistas al disfrutar el equipo azulgrana de ocasiones en los últimos instantes.

Los Sevilla-Barcelona se han convertido en un clásico del fútbol nacional. Cada vez que estos dos equipos se ven las caras saltan chispas en la hierba y el espectáculo balompédico suele estar a la altura de lo esperado. Las gradas del coliseo nervionense estaban a reventar para ver cómo su equipo dormía en puestos europeos tras tantas penurias sufridas en esta atípica temporada. Una zona de privilegio que no pisa el Sevilla desde la cuarta jornada del campeonato. Y con el calor de sus incondicionales, el conjunto dirigido por Manolo Jiménez comenzó el choque con la electricidad que caracteriza a la mejor versión del equipo blanco. Diego Capel -el mejor de los locales durante todo el partido- hizo lo que quiso con Oleguer, inesperado lateral derecho, y dio varios centros precisos al corazón del área, pero no era la noche de Kanoute, muy mermado físicamente, quien desaprovechó lo que no acostumbra.

El gol era cuestión de tiempo que llegara. La grada empujaba porque veía cómo sus jugadores entraban una y otra vez por ambos costados. Veían a un Barcelona que no sabía cómo parar a los atacantes de blanco. Y por fin veían cómo Daniel asistía a Jesús Navas dentro del área, y el centro del palaciego lo introducía Diego Capel al fondo de la red de Víctor Valdés. Lo más difícil estaba hecho. Ya sólo era cuestión de tiempo que el segundo tanto subiera al electrónico y que la inercia del encuentro llevara al Sevilla a una goleada de escándalo sobre un juguete roto como el Barcelona.

Pero el escenario sería muy diferente en el segundo periodo. Daba la sensación de que el Sevilla no quería ganar el partido. ¿O es que no sabía? Rijkaard situó en el césped un anárquico 4-2-4 que daba toda la ventaja a los de Nervión. El primer pecado de Jiménez fue darle el balón al rival esperando a que éste la perdiera en una zona propicia para el contragolpe. El segundo fue ese pasito atrás que se da cuando se está por delante en el marcador -uno de los aspectos que más se le critica al de Arahal-. El último fue la tardanza de unos cambios cantados por el desgaste de hombres importantes. El Barça empató y dos puntos que ya no se sumarán. La lección final es que a un rival herido hay que rematarlo.

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