Sin colmillo es imposible... o no

  • El Sevilla, que volvió a acusar las rotaciones en su juego, reincidió en su vocación clemente para mantener vivo a un moribundo, como en Las Palmas

El partido acabó en un lugar temido por el 99% de los sevillistas: los puños de Sergio Rico. Los mismos que en la primera parte despejaron un balón de tibia complicación que acabó rebotado en la nuca de Lenglet, en una jugada a balón parado, que pudo acabar en un ridículo autogol. Cuando esa última acción no fue a mayores y Del Cerro Grande pitó tres veces, el sevillismo tomó una mayúscula bocanada de alivio. Muy similar a la de la última salida a Las Palmas tras esa última acción entre Calleri y Gálvez que pudo acabar con otros dos puntos por el sumidero.

Esas dos sufridas victorias, que van a mantener al Sevilla en puestos europeos y alienta levemente el sueño de Champions al recortar a 8 la desventaja con el Valencia, discurrieron por derroteros similares: enfrente dos enemigos, Las Palmas y Málaga, que evidenciaron con sus carencias tácticas, técnicas y hasta físicas por qué van a luchar por la salvación con otros dos que tal bailan, Levante y Deportivo; el Sevilla que sale mejor; el Sevilla que se adelanta en el marcador; y el Sevilla que acaba mostrándole al enemigo que en su dentadura no tiene colmillos, que su sangre apenas hierve y que su incompetencia para sentenciar a un moribundo es palmaria.

La jugada que precedió a ese despeje postrero de Sergio Rico fue el enésimo canto a la candidez. Ese tiro blando del Mudo Vázquez que atajó un entregado Roberto fue el coherente broche al encuentro que volvió a perpetrar el Sevilla en La Rosaleda.

Esta vez no pudieron argüir los de blanco y rojo que el coliseo malagueño era una hervidero de odio y animadversión a todo lo que olía a sevillano. No fue aquella tarde de primavera de 2003 en que el Sevilla de Caparrós acudió en la penúltima jornada con opciones de jugar la Copa de la UEFA y se dejó remontar por aquel Málaga de Darío Silva y Canabal entre el delirio blanquiazul; o aquel partido de la Liga 13-14, la de la primera Liga Europa con Unai Emery, en que los goles de Samu García y Duda en el cuarto de hora final remontaron el 1-2 que habían facilitado Bacca y Fazio; o el doloroso 4-2 de la pasada temporada, con un tal Sandro disparando la temperatura ya de por sí alta de la caldera malagueña. No. Esta vez La Rosaleda estaba semivacía. Y taciturna. Sólo reaccionó, y levemente, con la entrada de En-Nesyri.

Ni por ésas se enseñoreó el Sevilla del partido. Los recelos que despertó la condicionada alineación de Montella, que recordaba a la del desastre de Éibar, quedaron confirmados punto por punto: entre los fichajes de invierno, Layún, con una amarilla muy pronto, destapó la zona blanda a la que acudió Rolan, mientras que Arana, en su debut, no se complicó jamás y al menos no erró atrás; súmenle a ello el plomo acumulado en las piernas de Sarabia y Banega, el pequeño tanque de gasolina de Nolito y la desidia de Correa y Ben Yedder, y la conclusión es rotunda: un moribundo con dos jugadores con pinta de honorables retirados, como Iturra y Lacen, en el eje se sostuvo en pie hasta el final.

No hay colmillo. No hay mala uva. Falta punch. Sin esos aditamentos es imposible salir victorioso en campos de Primera. O no, si enfrente tienes a Las Palmas o Málaga.

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