Castaño, triunfo de ley con 'miuras'

  • El diestro leonés-salmantino corta la única oreja en la cuarta corrida de los Sanfermines tras una actuación en la que prima el temple · Rafaelillo, voluntarioso, y Robleño, con sitio y oficio, se marchan de vacío

GANADERÍA: Corrida de Miura, en conjunto seria y con cara; con varios toros en el tipo, agalgados y de gran caja. En comportamiento, encierro dispar. TOREROS: Rafael Rubio 'Rafaelillo', de tabaco y oro. Estocada (saludos tras ovación). En el cuarto, estocada (silencio). Fernando Robleño, de rosa y oro. pinchazo y dos descabellos (saludos tras ovación). En el quinto, pinchazo y bajonazo (silencio). Javier Castaño, de blanco y oro. Estocada (oreja). En el sexto, estocada (saludos tras ovación). Incidencias: Plaza de Pamplona. Domingo 8 de julio de 2012. Lleno de No hay billetes.

La corrida de Miura era, en gran medida, la protagonista del espectáculo de ayer, con una terna compuesta por Rafaelillo, Fernando Robleño y Javier Castaño. Un encierro, en conjunto, serio y con cara; con varios toros en el tipo de la casa -agalgados y de gran caja-, que tuvieron un comportamiento dispar y que en todo momento mantuvieron la atención del espectador. El diestro Javier Castaño, un leonés criado taurinamente en Salamanca, que este año atraviesa un momento extraordinario, triunfó ante su lote, cortando la única oreja del festejo a su primer toro.

Castaño, en una actuación sobria, inteligente y templada, se impuso al rebrincado tercero. El torero, que volvía al ruedo de Pamplona tras once años de ausencia, gustó al público, que aplaudió con fuerza todas las series de una faena que comenzó sentado en una silla -suerte que puso en boga Rafael el Gallo y que en nuestros días rescató Morante de la Puebla-, muleteando con la diestra. De pie, toreó de verdad. Si los derechazos fueron buenos en un par de tandas, los naturales resultaron todavía más templados, con dos series en las que hasta se gustó. La dulce tarta del espectáculo la adornó en su epílogo con hasta cuatro cambios de mano, con las zapatillas asentadas. Y como colofón, mató de una gran estocada, para cobrar una oreja de ley.

Con el sexto, el torero castellano, sin alardes ni efectismos, mandó en Navajito -el toro protagonista del encierro-. Labor porfiona y con temple, sacando agua de un pozo seco, de un toro de pinta negra, que resultó reservón e incierto y al que había toreado muy bien a la verónica. Nuevamente mató de una gran estocada.

Rafaelillo, con el peor lote, se mostró voluntarioso. Ante el que abrió plaza, que embistió con la cara alta y se quedaba corto, citó siempre fuera de cacho y anduvo acelerado. Tuvo el gran mérito de recibirlo con dos largas cambiadas de rodillas junto a tablas. Y descolló en la suerte suprema, con una estocada contraria entera. El murciano poco pudo hacer ante el cuarto, sardo, un ejemplar que acometía rebrincado y se frenaba en la muleta.

Fernando Robleño, con sitio y oficio, cumplió ante sus oponentes. Recibió a su primero, noblón, con una larga cambiada de rodillas en los tercios y con unas suaves verónicas, ganando terreno. Entonado trasteo, que acabó con un desplante de rodillas, arrojando la muleta. El fallo a espadas enfrió los ánimos del público, que aplaudió con fuerza varios pasajes.

El impresionante quinto, pese a sus 640 kilos, se movía con agilidad. Desde su salida, midió. Robleño porfió sin poder lucirse artísticamente con un toro mirón, gazapón y peligroso.

Javier Castaño, que retornó a Pamplona tras once años de ausencia, dio un recital de capacidad ante miuras, en un triunfo de ley.

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