Ordóñez copó el protagonismo

  • Tras su etapa de novillero, el hijo de Chicuelo, viva estampa de su padre, fue la ilusión de Sevilla Vestido de rosa y oro hizo el paseo con un capote de su padre bordado con la Giralda y los Hércules

INICIAMOS este serial taurino con seis entregas que tienen como hilo conductor media docena de alternativas concedidas en la plaza de Sevilla y que se quedaron en la memoria. Como se ha producido en tantas ocasiones como registra la historia del toreo, en muchas de ellas, la labor del protagonista principal, el neófito, queda oscurecida por la actuación del padrino o del testigo de la ceremonia.

Empezamos con la alternativa de un hombre que fue la gran esperanza de Sevilla en la segunda mitad de los años cincuenta. Se trata de Rafael Jiménez, hijo del grandioso Manuel Jiménez Chicuelo, y que de novillero hizo concebir muchas ilusiones en la afición de toda España, especialmente en la de Sevilla y no sólo por razones de paisanaje, sino porque su forma de concebir el toreo no se apartaba ni un milímetro de la línea paterna, esa manera barroca y preciosista de hacer el toreo que era la génesis indudable de lo que iba a conocerse como escuela sevillana.

Anunciado bajo el mismo apodo torero que su padre, Rafael fue renombrado por el conocido crítico Delavega como el Murillo del toreo en contraste de su gran rival del momento, Antonio Borrero Chamaco, al que calificó como un Dalí con el capote y la muleta. Eso vino a colación de una triunfal novillada que ambos compartieron en Sevilla el 12 de octubre de 1956.

Pero lo que nos atañe es la tarde en que Rafael Chicuelo se convierte en matador de toros. Se produce el 6 de abril de 1958, Domingo de Resurrección en Sevilla. En aquel tiempo, la corrida de ese día es un festejo con carteles de segunda fila, pero la empresa de la Maestranza decide que ese año sea de mucho tronío. El hijo de Chicuelo es señuelo más que suficiente para el lleno, pero si el padrino se llama Antonio Ordóñez, el testigo es Manolo Vázquez y los toros son de Carlos Núñez, el llenazo está asegurado y así ocurrió.

Chicuelo viste de rosa y oro, Ordóñez va de verde y oro, Manolo de grana y también bordado en oro rutilante. Tres trajes de estreno en una tarde con mucho tronío. Y Rafaelito se enfarda para el paseo en un capote de su padre. Un capote que lleva bordada la Giralda a la que flanquean Hércules y Julio César en claro homenaje a Sevilla por la Giganta y a la Alameda por las dos figuras que la exornan y dan nombre.

El toro de la ceremonia atiende por Cañamazo, lo brinda a la plaza y no le va a ayudar mucho al toricantano, que resuelve la papeleta con bastante brillo en las telas y muy poco en los aceros. Le aplauden cuando dobla su lote, muy a contraestilo, y todas las esperanzas que suscita el artista de la Alameda se posponen para el 19 de abril, a ver si con la corrida de Atanasio...

El gran triunfador de la tarde va a ser el gran Antonio Ordóñez, erigido en figura máxima del toreo y que va a cuajar una faena repleta de majeza en el segundo de su lote. Con su primero ha estado muy por encima del toro, sobresaliendo unas verónicas magníficas, de aquellas suyas de capote grande y las palmas de las manos enfrontilando la cara del enemigo. Con el estoque no anduvo presto y todo quedó aparcado para el cuarto de la tarde.

Y ahí, en ese toro cuarto, el delirio. Excelso con el capote, la muleta en las manos del rondeño era una máquina de acariciar la embestida de un toro brindado a un niño de la familia Domecq. La plaza en pie coreaba la faena de Antonio y cuando mató, que realizó en la suerte de recibir, las dos orejas del gran toro de Núñez fueron a sus manos. Esa faena confirmaba el gran momento que atravesaba el rondeño y que andaba presagiando aquel verano peligroso que protagonizó con su cuñado Luis Miguel.

Estuvo muy lucido Manolo Vázquez con el primero de su lote. Ese toro tercero con el cuarto fueron los únicos del encierro procedente de Los Derramaderos que colaboraron con los toreros. Cuidó mucho Manolo al toro con el capote para cuajarle una faena muy maciza, pura y variada en la que sobresalió un pase de pecho monumental. La obra estaba ahí, pero luego no la coronó con la espada y el toro se fue con sus orejas al desolladero. No obstante, el de San Bernardo dio una clamorosa vuelta al ruedo que Ordóñez contemplaba desde el burladero muy serio, como adelantando que lo mejor estaba por llegar. Menudo era el de Ronda...

Y decíamos más arriba que la ilusión que despertaba Rafaelito Chicuelo quedaba aparcada hasta la corrida de Atanasio, fijada para el día 19 con Manolo Vázquez y Chamaco. No tuvo suerte en el sorteo, estuvo por encima de su primero y se quitó de encima al sexto de la corrida, un pregonao de Antonio Pérez. Por lo tanto, esa ilusión tenía que prorrogarse hasta el 22, a ver si sonaba la flauta con la de Montalvo con Antonio Ordóñez y Curro Girón. La fortuna le fue nuevamente esquiva, pero para peor, ya que el primero de su lote, un manso con las del Caín, lo cogió por la axila derecha cuando quería sacar agua de un pozo seco para herirlo de gravedad. Esa tarde, la mansada salmantina de Montalvo cogió a los tres espadas, pero lo más serio se lo llevó Rafael. Claro que éstas son otras historias sin nada que ver con la de la tarde de su alternativa.

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