El Lebrijano

  • Su último trabajo, “Yo me llamo Juan” (2003), reúne muchas de las cualidades que adornan a este hombre hecho de música y compás.

Juan Peña Fernández nació en Lebrija en 1941. Estimado como el mayor heredero moderno de la tradición gitano-andaluza. Cantaor, miembro de una familia gitana y cantaora de abolengo, la de Perrate de Utrera, a la que pertenece su madre, María la Perrata.

Bernardo Peña, su padre, tratante de ganado y que no ejercía ninguna faceta del flamenco, era muy aficionado y respetado entre ellos. Juan Peña comenzó muy joven como guitarrista, pero al hacerse evidentes sus posibilidades como cantaor a raíz de su triunfo en el concurso de Mairena del Alcor (1.964), decidió dedicarse en exclusividad al cante. Uno de los primeros trabajos importantes como tal fue con Antonio Gades.

El Lebrijano atrajo desde siempre la atención de los aficionados y estudiosos, que intuían en él un cantaor fuera de lo común, y el tiempo no les defraudaría. Fue enseguida considerado uno de los mejores cantaores de este tiempo, pues a su voz redonda y de hermoso timbre, unía una afición y un conocimiento que le permitían estudiar e interpretar con maestría los más diferentes estilos. Además vivía intensamente el cante en su propia familia, lo que era fundamental.

Irrumpió en el mundo del cante, hace más de tres décadas, con una fuerza arrolladora. En poco tiempo cosechó infinidad de premios y su disco "Persecución" sirvió como enganche para muchos nuevos aficionados.

Pronto tuvo la oportunidad de grabar, y sus primeros discos fueron por añadidura de una gran calidad. Más de treinta grabaciones, acompañado por Niño Ricardo, Manolo Sanlúcar, Juan Habichuela..., le erigen en el adelantado del vanguardismo más sustancial, lo que provoca que Gabriel García Marquez escribiera:"Cuando Lebrijano canta, se moja el agua".

Cabecera de cartel de los más importantes festivales, es el primer cantaor que lleva el flamenco al Teatro Real de Madrid (1.979), y con dimensión didáctica por todas las Universidades de Andalucía (1.993-1.994), a más de crear espectáculos tal que “Persecución” (1.976), “Reencuentro” (1.983), ¡Tierra! (1.992). Con todo, el maestro de Lebrija, como ya hiciera con “La palabra de Dios a un gitano” (1.972).

Donde llevó por vez primera el mundo sinfónico al flamenco, o el nuevo camino, que junto a la Orquesta Andalusí de Tánger, abrió al mundo arábigo andaluz en Encuentro (1.985), sobrepasa en Casablanca (1.998), álbum que se situa entre En directo (1.997), Lagrimas de Cera (1.999), y todo lo que un artista de su capacidad y talento creador había ya dado de sí en obras precedentes.

Tiene el título de Excelentísimo Señor, al otorgarle en 1997 el Ministerio de Cultura la Medalla de Oro al Trabajo.

Su último trabajo, “Yo me llamo Juan” (2003), reúne muchas de las cualidades que adornan a este hombre hecho de música y compás. El eco puro y jondo de su voz se entrega ahora con un sentimiento añejo para dar forma armónica a sus preocupaciones, a sus sueños, a sus utopías, a su manera de ser y de estar en el mundo. Este disco es un punto de inflexión y de evolución en el flamenco ortodoxo de El Lebrijano que armoniza con elegancia el eco puro de su voz con la música en su más amplio sentido, con aquella que definen los clásicos como una sucesión de sonidos agradables.

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