Jugando al despiste se perdió

"Es difícil enfriar la cabeza después de la batalla de Praga", escribía el joven Pablo Manuel Iglesias Turrión (17-X-1978) en el diario digital Rebelión rememorando los choques entre los antisistema con la Policía checa en la cumbre del FMI y el Banco Mundial. Tenía 22 añitos. Ahora, al borde de los 40, es candidato a la Presidencia del Gobierno. "La experiencia hace que te moderes, es bueno", confesaba hace unos días el movientólogo a Ana Rosa Quintana con su característica sonrisa irregular mientras invitaba a los españoles a apostar por el cambio en un viaje con las alforjas cargadas de moderación y potajes ideológicos (de la socialdemocracia al comunismo pasando por el peronismo) al tiempo que se afanaba en espantar a los fantasmas venezolanos.

Podemos se erigió el pasado 20 de diciembre como tercera fuerza parlamentaria y su comandante en jefe hoy podría ser vicepresidente si Pedro Sánchez hubiera aceptado sus exigencias y el reparto de sillones que le reclamó como si le tirara una tarta a la cara al líder socialista mientras éste despachaba con el rey Felipe VI en la ronda de contactos para la investidura imposible. Ese fue el detonante del envenenamiento de la mala relación entre los dos polos de la izquierda, una mala sintonía que ha dejado al pingüino de Mariano Rajoy en el ascensor del poder cuando bien podía estar en el sótano de los líderes amortizados.

La debilidad del PSOE, con el peor resultado de su historia en unas elecciones generales, y la exigua diferencia de 300.000 votos respecto a Podemos propiciaba el característico protagonismo enfermizo de coleta morada, como se hacía llamar en la campaña del 20-D, mucho más desmesurada a todas luces que la que acabamos de superar, una segunda parte del partido en la que los candidatos han lucido un perfil más discreto, como viejos conocidos que se las saben todas de todos y como temerosos de aumentar el hastío de la ciudadanía tras seis meses de bloqueos y vetos en los que el buen rollo entre los dos astros emergentes, por ejemplo, ha sido reemplazado por una descarnada guerra por el voto.

Es que las expectativas han cambiado. La palabra mágica de Podemos ante la cita del 20-D fue la de remontada. Pintaban bastos en las encuestas, que hasta daban más escaños a Ciudadanos. La realidad virtual actual tras el 20-D era muy distinta. Iglesias sigue hablando a menudo del honor que siente por doquier ante los más variados personajes, aunque no le podía caber uno mayor que el de ir, esa vez sí, de brazo de Izquierda Unida, la pieza del puzle que faltaba para completar (presuntamente) el llamado sorpasso. Durante la campaña del 26-J, Iglesias siempre miró para otro lado ante las invectivas socialistas con la mano tendida. Iglesias juega al ajedrez. "Si para hacer mate hay que sacrificar a la reina, claro que sí", dice, aunque no desvela la identidad de la reina. Como tantas cosas. La vieja línea roja del referéndum catalán se hizo intermitente y ahora parece condenada a pasar a un segundo plano al negociar un pacto de Gobierno con Podemos, por mucho que en los mensajes de Iglesias sigan intactos su propuesta plurinacional y el derecho a decidir.

Pero el duelo de guante blanco con el PSOE no le ha impedido a Iglesias lanzar pullas, como esos elogios a José Luis Rodríguez Zapatero -distanciado de Pedro Sánchez-, "el mejor presidente de la democracia, solvente y humilde", al que suele consultar algunas "dudas sobre temas importantes".

La purga en Madrid hizo que se resintiera la amistad de Iglesias con su número dos, Íñigo Errejón, aunque las aguas volvieron a su cauce. El jefe de campaña de Podemos llamó al "voto en familia" y al "pacto intergeneracional", con la vista puesta en los mayores de 50 años, el talón de aquiles electoral de los morados.

La alianza con Alberto Garzón parecía la panacea. No fue un problema la profusión de banderas republicanas en actos de Unidos Podemos, mientras curiosamente la palabra patria resonaba cada vez más en la terminología del número uno. Podemos diseñó una campaña coral, en la que Igesias redujo sus apariciones en público y se volcó en las apariciones televisivas, cediendo protagonismo al líder de IU (número 5 de la candidatura por Madrid). La tormenta del Brexit complicó la recta final de la campaña de Unidos Podemos, siempre con un ojo puesto en el espejo de sus contradicciones. Garzón defendió la salida del euro, defiende la República... La alianza dio lugar a una suma de mensajes, un batiburrillo que escenificó Iglesias en el cierre de campaña reivindicado la patria y al Partido Comunista. La sonrisa de un país, lema de campaña, no ha podido sobreponerse al discurso del miedo, ese que habla de pulsiones intervencionistas -como la que deslizó el cofundador de Podemos Juan Carlos Monedero al decir que "muchos jueces y guardias civiles esperan un Gobierno de Iglesias que les ordene meter en la cárcel a todos estos sinvergüenzas del PP"-, del lobo con piel de cordero o de travestismo ideológico.

Iglesias cerró esta campaña acuñando un nuevo lema: "Patria, ley, orden e instituciones". Suele jugar al despiste. Decía que su pieza a batir era el PP, pero apuntaba al PSOE. Y ni fu, ni fa.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios